¿Por qué sólo cumplimos nuestras obligaciones cuando hay alguien supervisándonos desde arriba, cuando tenemos a un policia por encima del hombro viendo lo que hacemos?
Esta actidud nuestra, de la que muy pocos nos salvamos, creo que es una de las mayores muestras de egoismo y desconsideración hacia los demás de las que hacemos gala, aunque lo neguemos, y digamos que nosotros sí trabajamos por amor al trabajo, que nosotros si miramos por los demás.
Puede ser la fecha límite para acabar o entregar un trabajo, que se va acercando y entonces nos hace trabajar de una vez por todas. Puede el rector o el vicerrector de nuestro colegio, que sabemos que supervisará nuestro trabajo y nos pedirá cuentas; puede ser el supervisor de educación, o mejor dicho, el miedo a ese supervisor que puede se se asome algún día. Cada uno en su día a día, en su trabajo, puede encontrar ejemplos similares: en nuestro cumplimiento de la ley de tránsito, en nuestra colabaroación en la casa para manenerlo todo limpio y arreglado,... hay muchos ejemplos simialres, y en todos ellos, siempre econtramos alguien arriba, con la maza de la justica o una espada afilada, amenzante.
¿Por qué, por qué mramos siempre al de arriba? ¿Tan imponente aparenta? ¿Y abajo? ¿Alguien se a parado alguna vez a mirar abajo? Muy pocos lo han hecho, porque mirar abajo, mirar a los de abajo, es mirarnos a nosotros mismos, mirar en nuestro interior, y vernos como uno más de un mismo grupo de iguales, como parte de una cadena en la que todos los eslabones son iguales e indispensables los unos para con los otros. Mirar abajo es mirar al alumno que necesita crecer y enriquecerse, es mirar a nuestros padres, madres, abuelos, hermanos, y acompañarles en la taera de compartir realmente la casa-hogar, es mirar al otro conductor vecino, o al peatón que espera en la vereda, y trabajar y poner nuestros esfuerzos en ellos, rendir cuentas no al rector del colegio, sino a nosotros mismos, haciendo lo mejor que sepamos hacer para que el alumno camine y crezca.
Por eso, les invito a que, cuando piensen en su trabajo, en su responsabilidad, no lo hagan para rendir cuentas con el de arriba, sino para acercase al de abajo y a la vez a ustedes mismos. Entonces, todas las desiluisones, todos los malesares, los sinsabores de nuestro trabajo y nuestra vida diaria, irán poco a poco desapareciendo, y nosotros, sin darnos cuenta, creciendo y madurando en el proceso.
Realidad y ficción, una mirada personal al mundo exterior, una puerta de salida para pensamientos atrapados.
El ir y venir luchando por las cosas más queridas, sin bien nos gasta las manos, nos deja abierta la vida.
- Víctor Jara
Páginas
martes, 15 de enero de 2013
sábado, 5 de enero de 2013
Creencias
Estos días, en este país, escucho otra vez voces y más voces que
hablan de Iglesia, de creencias, de Dios, con cierto tono amargo. Y
cuando acaban de hablar, me doy cuenta de que no hablan de creencias, ni
de Dios, sino de política y de mundanos asuntos.
Y, al mismo tiempo, me miran de soslayo, propios y extraños, intentando discernir mis creencias a través de mis poemas, de mis palabras, de mis gustos musicales.
¿Por qué, por qué esta pelea en torno a "lo que uno cree"?
Todos, sí, creo que todos, necesitamos poner nuestra esperanza en algo: en nuestros seres queridos (familia, amigos), en el "sistema" o nuestro modo de vida, en nuestras posesiones, o en una presencia no humana, ya sea superior, o un sentimiento de energía, de unión con los demás, con las demás formas de vida, con los demás objetos de nuestro entorno, con el arte, con el viento. Este mundo nuestro es suficientemente grande para albergar a todas las personas, con todas sus peculiaridades, y, dejando además suficiente espacio para que unos no se molesten a los otros, para que unos se busquen y se junten en un abrazo o en comunión, para que otros se miren sin miedo ni envidia desde los flancos de una línea imaginaria que los separa.
Esa fuerza, ese sentir en que ponemos nuestra esperanza diaria, es nuestro dios. Con mayúsculas o con minúsculas como prefiramos.Y, como es nuestro, lo buscamos y lo representamos de mil y un maneras distinas. Y, como somos gregarios y vivimos en una ceremonia contínua buscamos a otros que siente de una manera similar a la nuestra, y compartimos ritos: en templos que llamamos iglesias, mezquitas, bares, clubes, estadios, patios, o calles. Y encontramos la energía y la fuerza para seguir cada día en un abrazo, en un pedazo de pan, en el abrir los brados al viento en la cima de una montaña, o en la alegría de unos amigos que comparten unas cervezas o unos comentarios en torno a un libro o una película; nos reconfortamos, y caminamos unos pasos más, y volvemos otra vez al ritual: la ronda de vinos a las 7 de la tarde, la misa mayor el domingo a las 12, la despedida interminable a las 3 de la mañana, cuando, algo nos dice que es hora de volver a casa. Toda nuestra vida está marcada por ritos, los cuales, aunque nos neguemos a reconocerlo, están marcados por una creencia que, en mayor o menor medida está presente en nosotros. Necesitamos ceremonias, celebraciones, festejos, que van marcando las disntintas etapas de nuestra vida. Podemos enmarcarlas en un contexto religioso o podemos no hacerlo, pero el rito está ahí, lo ha estado desde el comienzo de la existencia del ser humano, y seguirá ahí, en todas y cada una de las culturas, por muy distitnas que sean entre sí, y por muy diferentes que sean las distitnas creencias.
El problema, en esta sociedad, en este país (o paises) en los que me ha tocado vivir, es que la gente confunde continuamente religión con política, y no sin razón, pues, muchos de los hombres de religión, parecen caer en el mismo error. Hoy día, la Iglesia Católica, que es la que levanta o es el centro de la mayoría de polémicas o discusiones en torno a la religión, ha olvidado lo que realmente debe ser, y ahora no es más que una supraorganización política más, con intereses de poder político y enconómico como cualquier otra. Es una pena, al menos así me lo parece a mí, pero esa es la realidad. Esa es la triste realidad de toda organización, todo grupo, que crece, y en el crecer olvida su motivo, su razón de existencia y empieza a querer ocupar otras esferas, que, si pensase con calma, vería que no necesita. El caso de España va incluso más allá, porque en este país la presencia de la Iglesia Católica en el juego político lleva encardinada siglos.
Parece mentira que puedan haber olvidado aquello "Al cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios". Y parece también mentira que todavía esos que se hacen llamar respetuosos con todas las creencias y puntos de vista, no hayan aprendido a separar religión de Iglesia, a ver que esa Iglesia tiene muchas opiniones, y que, son opiniones todas ellas de humanos, no de Dios. Por eso, como creyente, críado en un seno católico, y, aunque muy descontento y contario como muchos "ateos" a la mayoría de inicaciones y actos de la Iglesia, me duele cuando alguien alza la voz, sin fundamento, arremetiendo contra presonas creyentes, religiosas, como si fueran todas la misma "cosa" despreciable o sin sentido.
Solo cuando consigamos separar nuestras ambiciones -política, dinero, poder- de nuestro corazón, conseguiremos ver en los ojos del otro y aceptarlo como es. Y entonces, sólo entonces, seremos aceptados, porque además nos aceptaremos a nosotros mismos.
"Porque esta rosa es mía
la corto y me la llevo.
Porque esta rosa es tuya
mustia te la devuelvo.
Y entre lo tuyo y lo mío
sin rosas nos quedaremos"
-Pedro Casaldáliga
Y, al mismo tiempo, me miran de soslayo, propios y extraños, intentando discernir mis creencias a través de mis poemas, de mis palabras, de mis gustos musicales.
¿Por qué, por qué esta pelea en torno a "lo que uno cree"?
Todos, sí, creo que todos, necesitamos poner nuestra esperanza en algo: en nuestros seres queridos (familia, amigos), en el "sistema" o nuestro modo de vida, en nuestras posesiones, o en una presencia no humana, ya sea superior, o un sentimiento de energía, de unión con los demás, con las demás formas de vida, con los demás objetos de nuestro entorno, con el arte, con el viento. Este mundo nuestro es suficientemente grande para albergar a todas las personas, con todas sus peculiaridades, y, dejando además suficiente espacio para que unos no se molesten a los otros, para que unos se busquen y se junten en un abrazo o en comunión, para que otros se miren sin miedo ni envidia desde los flancos de una línea imaginaria que los separa.
Esa fuerza, ese sentir en que ponemos nuestra esperanza diaria, es nuestro dios. Con mayúsculas o con minúsculas como prefiramos.Y, como es nuestro, lo buscamos y lo representamos de mil y un maneras distinas. Y, como somos gregarios y vivimos en una ceremonia contínua buscamos a otros que siente de una manera similar a la nuestra, y compartimos ritos: en templos que llamamos iglesias, mezquitas, bares, clubes, estadios, patios, o calles. Y encontramos la energía y la fuerza para seguir cada día en un abrazo, en un pedazo de pan, en el abrir los brados al viento en la cima de una montaña, o en la alegría de unos amigos que comparten unas cervezas o unos comentarios en torno a un libro o una película; nos reconfortamos, y caminamos unos pasos más, y volvemos otra vez al ritual: la ronda de vinos a las 7 de la tarde, la misa mayor el domingo a las 12, la despedida interminable a las 3 de la mañana, cuando, algo nos dice que es hora de volver a casa. Toda nuestra vida está marcada por ritos, los cuales, aunque nos neguemos a reconocerlo, están marcados por una creencia que, en mayor o menor medida está presente en nosotros. Necesitamos ceremonias, celebraciones, festejos, que van marcando las disntintas etapas de nuestra vida. Podemos enmarcarlas en un contexto religioso o podemos no hacerlo, pero el rito está ahí, lo ha estado desde el comienzo de la existencia del ser humano, y seguirá ahí, en todas y cada una de las culturas, por muy distitnas que sean entre sí, y por muy diferentes que sean las distitnas creencias.
El problema, en esta sociedad, en este país (o paises) en los que me ha tocado vivir, es que la gente confunde continuamente religión con política, y no sin razón, pues, muchos de los hombres de religión, parecen caer en el mismo error. Hoy día, la Iglesia Católica, que es la que levanta o es el centro de la mayoría de polémicas o discusiones en torno a la religión, ha olvidado lo que realmente debe ser, y ahora no es más que una supraorganización política más, con intereses de poder político y enconómico como cualquier otra. Es una pena, al menos así me lo parece a mí, pero esa es la realidad. Esa es la triste realidad de toda organización, todo grupo, que crece, y en el crecer olvida su motivo, su razón de existencia y empieza a querer ocupar otras esferas, que, si pensase con calma, vería que no necesita. El caso de España va incluso más allá, porque en este país la presencia de la Iglesia Católica en el juego político lleva encardinada siglos.
Parece mentira que puedan haber olvidado aquello "Al cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios". Y parece también mentira que todavía esos que se hacen llamar respetuosos con todas las creencias y puntos de vista, no hayan aprendido a separar religión de Iglesia, a ver que esa Iglesia tiene muchas opiniones, y que, son opiniones todas ellas de humanos, no de Dios. Por eso, como creyente, críado en un seno católico, y, aunque muy descontento y contario como muchos "ateos" a la mayoría de inicaciones y actos de la Iglesia, me duele cuando alguien alza la voz, sin fundamento, arremetiendo contra presonas creyentes, religiosas, como si fueran todas la misma "cosa" despreciable o sin sentido.
Solo cuando consigamos separar nuestras ambiciones -política, dinero, poder- de nuestro corazón, conseguiremos ver en los ojos del otro y aceptarlo como es. Y entonces, sólo entonces, seremos aceptados, porque además nos aceptaremos a nosotros mismos.
"Porque esta rosa es mía
la corto y me la llevo.
Porque esta rosa es tuya
mustia te la devuelvo.
Y entre lo tuyo y lo mío
sin rosas nos quedaremos"
-Pedro Casaldáliga
Volviendo a ser niño
Estos días, paso las pocas tardes que me quedan a este lado del charco, escapando del frío (poco frío está haciendo este año) viendo películas justo después de comer, para hacer bien la digestión. Y, además, películas para toda la familia. Como antes, como cuando era un crío y, después de comer corria a ver el nuevo episodo de la Willy Fog y la vuelta al mundo en 80 días, o David el Gnomo o Dartakan y los tres mosqueperros, o cualquiera de las otras series que programaban a eso de las 3 y media pasadas, después del horroroso Telediario y del hombre del tiempo.¿Que cómo, cómo he hecho para volver a hacer eso? Flins & Pinículas. Sí, así, como suena. Flins & Pinículas.
Ya no ponen dibujos animados después del Telediario, y, ni siquiera ahora en navidades, y ni siquiera con los ventitantos canales del TDT, puede uno, muchos días, encontrar una película para todos los públicos que no pudra el cerebro con una historia de esas escritas por personas que piensan que los niños son tontos. Pero, uno siempre puede ir al videoclub de la esquina y encontrar cosas muy, muy curiosas.
Yo, estas navidades, me topé, por hazar del destino con una película titulada "Superbrother", que resultó estar distribuida en España por Flins y Pinículas, una compañía audiovisual que se dedica a traer hasta nuestro país cine familiar y de aventuras producido sobre todo en europa, en la vieja europa. Después de ver los trailers de otros títulos que venían en el DVD de Superbrother, me dije "aquí hay algo". Y acerté. Llevo una semana larga pasándomelo como un crio viendo "Fucsia la minibruja", "Rudy el cerdido de carreras", "La montaña mágica", "La isla de las almas perdidas", "Unidos por un sueño" y otros títulos similares.
Películas para ver con ojos de niño, y, sobre todo para ver acompañados de niños. Puede que no tengan los efectos especiales de Hollywood, pero, al lado de los bodrios 3 D, con muchos efectos especiales y sin historia, estos títulos les dan mil vueltas. Son historias sencillas, pero no por ello simplonas, que seguro gustarán a todo niño (y adulto) que aún no haya perdido su capacidad de soñar y acostarse con una bonita moraleja en su cabeza.
Yo he vuelto a verme en el espejo interior como un mocoso de 10 años. Todo un soplo de aire fresco.
Os dejo la dirección de la página web, donde podéis ver la sinopsis y trailers de sus títulos. Tienen un poco de todo, pero sobre todo, títulos para toda la familia.
Flins & Pinículas
Y gracias a la gente de Flins & Pinículas por traernos estos pequeños regalos.
sábado, 29 de diciembre de 2012
Tamyankariun
Daisy mashipak, kuyaywan.
El sol brillaba con fuerza en lo alto del cielo. Sus rayos calentaban y secaban poco a poco los campos, los arroyos, y los labios de las personas, cada vez más temblorosos y faltos de esperanza. El verano, extendía sus dominios más allá de sus propios meses y amenazaba no irse nunca.
Con una expresión de incertidumbre en su rostro, miraba el yucal próximo a la casa. Su pelo, lacio y negro, cubría a medias su rostro, tostado por el calor del sol durante treinta veranos. "La cosecha se va a echar a perder este año", pensó. El campo estaba seco. El río bajaba sin fuerza, apenas acariciando la tierra. Apartó su vista de la ventana y observó con cariño su vientre, mientras lo acariciaba con ternura. Se había movido.
¿Cuántos, cuantos meses iban ya? Ya faltaba poco, lo sabía, lo sentía, y ese sentimiento le llenaba de alegría y miedo: tanto, tanto tiempo había esperado a esa hija, ahora por fin llegaba, pero ¿por qué ahora? ¿por qué en este tiempo de incertidumbre, de sequía, en el que parece que la esperanza se secaba como se secaban los labios y la piel bajo el fuego del sol de un verano eterno.
Rucumama, siempre ocupada, siempre tranquila, se acercó a su lado y le acarició el cabello:
-Ama manchay, ama wakay. Tamyankariun, tamyankariun...
Los días pasaban lentos, el sol brillaba con fuerza marchitando poco a poco el verdor perenne de la selva. El trabajo parecía haberse vuelto monótono, los pies le dolían y se sentía cansada; en esos momentos, algo en su interior se movía, recordándole que pronto, habría cambios en su vida. Ella, empujada por ese coraje que sólo las madres tiene, continuaba cargando un peso que llevaba con alegría, intentado adivinar el futuro leyendo a través del polvo que cubría carreteras y caminos, de regreso al hogar cada día, siempre pensativa, mirando a través de la ventana de un bus, o de la casa.
-Tamyankariun, tamyankariun... -las palabras de rukumama resonaban en aquellos momentos de incertidumbre, eran un eco sabio que le devolvía de vuelta a la realidad... y la esperanza, sí. la esperanza.
Y el futuro llegó. Fue una noche oscura. Se despertó sobresaltada, sintiendo un dolor nuevo y conocido a la vez en su vientre. Un dolor bueno que le habló en sueños con la voz de rukumama "Rikchariy, rikchariy, uktalla"! El viento, fresco, soplaba con fuerza moviendo los tules del mosquitero, haciendo sonar las hojas de los árboles como campanas que anunciaban una nueva.
La casa se llenó de pronto de vida: luces que se encendían aquí y allá, unos pies que corrían silenciosos trayendo agua caliente, compresas, unas manos cálidas y fuertes, que le cogían con amor de sus manos, unos labios suaves sobre su cabello y su frente, una vida, que se asomaban con fuerza a través de otros labios, esos que también hablan de amor y de vida. De pronto, un último grito, un llanto, un trueno. Una nueva vida, descansaba en los brazos de mamá con los ojos entreabiertos a un nuevo mundo, a la vez de unas débiles gotas de lluvia comenzaba su repiqueteo en el tejado para convertirse poco a poco en un aguacero, inundando los campos de nueva, renacida esperanza.
-Rikuychikchu? Tamyanmi!- Rukumama contemplaba a la recién nacida, mientras comenzaba a cantar una canción que sonaba a lluvia y era tan antigua como la lluvia misma.
El sol brillaba con fuerza en lo alto del cielo. Sus rayos calentaban y secaban poco a poco los campos, los arroyos, y los labios de las personas, cada vez más temblorosos y faltos de esperanza. El verano, extendía sus dominios más allá de sus propios meses y amenazaba no irse nunca.
Con una expresión de incertidumbre en su rostro, miraba el yucal próximo a la casa. Su pelo, lacio y negro, cubría a medias su rostro, tostado por el calor del sol durante treinta veranos. "La cosecha se va a echar a perder este año", pensó. El campo estaba seco. El río bajaba sin fuerza, apenas acariciando la tierra. Apartó su vista de la ventana y observó con cariño su vientre, mientras lo acariciaba con ternura. Se había movido.
¿Cuántos, cuantos meses iban ya? Ya faltaba poco, lo sabía, lo sentía, y ese sentimiento le llenaba de alegría y miedo: tanto, tanto tiempo había esperado a esa hija, ahora por fin llegaba, pero ¿por qué ahora? ¿por qué en este tiempo de incertidumbre, de sequía, en el que parece que la esperanza se secaba como se secaban los labios y la piel bajo el fuego del sol de un verano eterno.
Rucumama, siempre ocupada, siempre tranquila, se acercó a su lado y le acarició el cabello:
-Ama manchay, ama wakay. Tamyankariun, tamyankariun...
Los días pasaban lentos, el sol brillaba con fuerza marchitando poco a poco el verdor perenne de la selva. El trabajo parecía haberse vuelto monótono, los pies le dolían y se sentía cansada; en esos momentos, algo en su interior se movía, recordándole que pronto, habría cambios en su vida. Ella, empujada por ese coraje que sólo las madres tiene, continuaba cargando un peso que llevaba con alegría, intentado adivinar el futuro leyendo a través del polvo que cubría carreteras y caminos, de regreso al hogar cada día, siempre pensativa, mirando a través de la ventana de un bus, o de la casa.
-Tamyankariun, tamyankariun... -las palabras de rukumama resonaban en aquellos momentos de incertidumbre, eran un eco sabio que le devolvía de vuelta a la realidad... y la esperanza, sí. la esperanza.
Y el futuro llegó. Fue una noche oscura. Se despertó sobresaltada, sintiendo un dolor nuevo y conocido a la vez en su vientre. Un dolor bueno que le habló en sueños con la voz de rukumama "Rikchariy, rikchariy, uktalla"! El viento, fresco, soplaba con fuerza moviendo los tules del mosquitero, haciendo sonar las hojas de los árboles como campanas que anunciaban una nueva.
La casa se llenó de pronto de vida: luces que se encendían aquí y allá, unos pies que corrían silenciosos trayendo agua caliente, compresas, unas manos cálidas y fuertes, que le cogían con amor de sus manos, unos labios suaves sobre su cabello y su frente, una vida, que se asomaban con fuerza a través de otros labios, esos que también hablan de amor y de vida. De pronto, un último grito, un llanto, un trueno. Una nueva vida, descansaba en los brazos de mamá con los ojos entreabiertos a un nuevo mundo, a la vez de unas débiles gotas de lluvia comenzaba su repiqueteo en el tejado para convertirse poco a poco en un aguacero, inundando los campos de nueva, renacida esperanza.
-Rikuychikchu? Tamyanmi!- Rukumama contemplaba a la recién nacida, mientras comenzaba a cantar una canción que sonaba a lluvia y era tan antigua como la lluvia misma.
domingo, 16 de diciembre de 2012
Luz de esperanza
A orillas de un mar en calma,
en un desierto cubierto de luz de luna,
en la selva tropical bajo la lluvia,
en los campos cubieros de nieve blanca;
surge una luz.
En grandes edificios en las ciudades,
en casas humildes de barro y caña,
junto al pastor y el rebaño en las montañas,
entre las rejas y muros de las cárceles;
surge una luz.
En los tristes ojos del desamparado,
en las cálidas manos del que comparte
su casa, su mesa, su suerte,
en las manos cerradas del avaro;
surge una luz.
En la mesa vacía del pobre,
en un corazón repleto de amor,
en aquel que siente un dolor
y para sanarlo su puerta abre;
nace Jesús.

...Feliz navidad a todos...
en un desierto cubierto de luz de luna,
en la selva tropical bajo la lluvia,
en los campos cubieros de nieve blanca;
surge una luz.
En grandes edificios en las ciudades,
en casas humildes de barro y caña,
junto al pastor y el rebaño en las montañas,
entre las rejas y muros de las cárceles;
surge una luz.
En los tristes ojos del desamparado,
en las cálidas manos del que comparte
su casa, su mesa, su suerte,
en las manos cerradas del avaro;
surge una luz.
En la mesa vacía del pobre,
en un corazón repleto de amor,
en aquel que siente un dolor
y para sanarlo su puerta abre;
nace Jesús.
...Feliz navidad a todos...
¿Prácticos o humanos?
Son las nueve y cuarto pasadas. He llegado temprano a la ciudad para hacer papeleo. La última vez me tomó medio día obtener el certificado, así que prefiero ser precavido. Llevo todos los papeles listos, lo primero, al banco a pagar la tasa, que seguro que ya está abierto: rápido sin problemas. Camino en dirección al portal donde esta la oficina oficial a la que voy... 24, 26, 28... he llegado. Me sorprende encontrarme con un local nuevo, en la planta baja, con una puerta automática de cristal tras la cual se encuentra una minúscula sala de espera: una decena de las típicas sillas-banco, un tablón de anuncios colmado de información, una máquina expendedora de turnos y su apéndice: la pantalla de luces rojas donde van desfilando los turnos. No hay nadie, eligo mi opción, sale mi turno impreso en papel y casi al instante sale mi número en la pantalla de letras rojas. Por otra puerta automática de cristal entro en una oficina más o menos grande, dividida en multitud de puestos de atención independientes, separados entre ellos por biombos de cristal traslúcido de media altura, todos con su ordenador, su impresora, su teléfono y su componente humano.
-Buenos días, vengo por un certificado -no se porqué me molesto en decirlo, pues ya lo sabe, el sistema le a transmitido la orden que yo elegí al poner mi dedo en la máquina de turnos-.
-Déjeme los papeles y su DNI.
Se lo entrego todo. Los mira, teclea. Sale un papel, le da la vuelta y lo vuelve a introducir en la máquina. Descuelga el teléfono y dice directamente "necesito una autorización". La impresora se demora más de lo normal. Comentario al uso y mirada nerviosa al usuario que espera. Pocos segundos después:
-Aquí tiene su certificado.
-¿Esto es todo? ¿No tengo que hacer nada más?
-Eso es todo.
-Gracias.
Salgo del local un tanto incrédulo. Camino por las calle un tanto desconcertado, miro el relog y empiezo a pensar qué hacer. ¡15 minutos, a lo sumo me ha llevado unos 15 o 25 minutos el trámite, si sumo el tiempo que estuve en el banco, y eso porque la cajera del banco estaba ocupada cuando entre! ¿Y ahora qué hago? Yo contaba con echar la mañana en la ciudad... y encima ahora parece que quiere empezar a llover.
Decido aprovechar, y, a pear de la lluvia caminar un rato por la ciudad... el centro es peatonal, hay edificios antiguos, la catedral... si se pone a llover, corro a la estación de bus y leo un libro. Mientras paseo, pienso en la última vez que hice el mismo trámite. En la misma ciudad, más o menos a la misma hora, pero hace 4 años. Entonces la oficina estaba en un primer piso o una entreplanta, me costó encontrarla porque el letrero en el portal del edificio no se veía bien desde lejos. Una vez dentro, en un piso, un recibidor con un enorme mostrador de madera, tras el, varios funcionarios trabajando en diversas mesas y dos llendo y viniendo del mostrador, atendiendo a las personas. Se va la persona que estaba delante de mí y un simpático hombre de mediana edad, pelo gris, jersey camisa de cuadros asomándole por el cuello, me pregunta que quiero.
-Un certificado.
-¿Un certificado? A ver, déjame los papeles, el carnet... Ah, veo que ya fuiste el banco. ¿Y el certificado, para qué lo quieres? -No tiene necesidad de preguntar eso, está en los papeles, pero le gusta dar conversación-
-Me voy al estranjero, a Ecuador, de voluntario.
El hombre sonrie.
-¿Voluntarío? ¿Y voluntario en qué exacatamente?
-Me voy de profesor a la selva.
-¡Vaya hay que ser valiente!. Se de la vuelta y se pierde entre las mesas. A los pocos minutos aparece con mi certificado.
-Toma ya está. Ahora tienes que irte al tribuna a que te pongan la apostilla. ¿No eres de aquí verdad? Mira, está cerca de aquí, sales por la puerta y a la derecha todo recto. Es un edificio antiguo, ese que tienes en la foto en ese cuadro.
El hombres señala un cuadro en la pared de la sala. Recién me doy cuenta de que la oficina está decorada con cuadros con fotos de varios edificios históricos de la ciudad. Conozco algunos, incluído el que alberga el tribunal.
-Gracías, sí, creo que ya se donde és.
-Bueno, que te vaya bien, y suerte.
Dí con el tribunal rápido. Vaya edificio. Un antiguo palacio que ahora alberga dentro oficinas públicas. Es una buena manera de mantener edificios patrimoniales. Un guardia civil estaba abosrto sentado al lado del escaner de seguridad. Le saludo y empiezo a vaciar mis bolsillos de monedas, llaves, el móvil. El guardia sonrie:
-Déjalo, déjalo. ¿Donde vás?
-A que me ponga la apostilla en este certificado
-Venga pasa, en el primer piso, justo aquella puerta entreabierta de allí. -Señala con el dedo al segundo piso, justo enfrete el escaner de seguridad, al otro lado del patio cubierto que ocupa el centro del edificio.
En la oficina de las apostillas, me reciben los papeles y me dicen que vuelva al día siguiente. Le explico que vengo de fuera, y que le agradecería mucho si me lo pueden entregar hoy.
-Hoy... El secretario está en una reunión... Bueno, vente después de la una.
Salgo del edificio un tanto molesto. Son así como las 10 y media de la mañana y tengo que esperar ¡hasta la una! Ya me tocó almorzar en la ciudad. En fin, no quedaba otra. Pasee, miré escaparates, revolví en una tienda de discos, comí algo, y a la una pasé a recoger mi certificado sellado, que ya estaba listo.
Hace cuatro años maldije a aquel secretario que debía firmar apostillas velocidad de una a la hora, y volví a quejarme, una vez más, de la maldita burocracía. Hoy, añoro a aquellas personas tan tradicionales, tan humanas, tan españolas quizás, qué, quizá se demoraban un poco más en dar los papeles, pero le hacían sentirse a uno como en casa. Y sin embargo, siento también que me atrapa alguno de los tentáculos de la vida práctima y me dice "pero lo que importa es el certificado, ahora es automático, imagínate que te hubieran hecho esperar un día entero".
Camino por rápido por la calle rumbo a la estación porque parece que la lluvia quiere arreciar, mientras mis pensamientos, dan vueltas sobre cuál modelo de atención es mejor, el de ahora o el de antes, para desparecer ante la preumra del aguacero y la hora de salida del autobús.
-Buenos días, vengo por un certificado -no se porqué me molesto en decirlo, pues ya lo sabe, el sistema le a transmitido la orden que yo elegí al poner mi dedo en la máquina de turnos-.
-Déjeme los papeles y su DNI.
Se lo entrego todo. Los mira, teclea. Sale un papel, le da la vuelta y lo vuelve a introducir en la máquina. Descuelga el teléfono y dice directamente "necesito una autorización". La impresora se demora más de lo normal. Comentario al uso y mirada nerviosa al usuario que espera. Pocos segundos después:
-Aquí tiene su certificado.
-¿Esto es todo? ¿No tengo que hacer nada más?
-Eso es todo.
-Gracias.
Salgo del local un tanto incrédulo. Camino por las calle un tanto desconcertado, miro el relog y empiezo a pensar qué hacer. ¡15 minutos, a lo sumo me ha llevado unos 15 o 25 minutos el trámite, si sumo el tiempo que estuve en el banco, y eso porque la cajera del banco estaba ocupada cuando entre! ¿Y ahora qué hago? Yo contaba con echar la mañana en la ciudad... y encima ahora parece que quiere empezar a llover.
Decido aprovechar, y, a pear de la lluvia caminar un rato por la ciudad... el centro es peatonal, hay edificios antiguos, la catedral... si se pone a llover, corro a la estación de bus y leo un libro. Mientras paseo, pienso en la última vez que hice el mismo trámite. En la misma ciudad, más o menos a la misma hora, pero hace 4 años. Entonces la oficina estaba en un primer piso o una entreplanta, me costó encontrarla porque el letrero en el portal del edificio no se veía bien desde lejos. Una vez dentro, en un piso, un recibidor con un enorme mostrador de madera, tras el, varios funcionarios trabajando en diversas mesas y dos llendo y viniendo del mostrador, atendiendo a las personas. Se va la persona que estaba delante de mí y un simpático hombre de mediana edad, pelo gris, jersey camisa de cuadros asomándole por el cuello, me pregunta que quiero.
-Un certificado.
-¿Un certificado? A ver, déjame los papeles, el carnet... Ah, veo que ya fuiste el banco. ¿Y el certificado, para qué lo quieres? -No tiene necesidad de preguntar eso, está en los papeles, pero le gusta dar conversación-
-Me voy al estranjero, a Ecuador, de voluntario.
El hombre sonrie.
-¿Voluntarío? ¿Y voluntario en qué exacatamente?
-Me voy de profesor a la selva.
-¡Vaya hay que ser valiente!. Se de la vuelta y se pierde entre las mesas. A los pocos minutos aparece con mi certificado.
-Toma ya está. Ahora tienes que irte al tribuna a que te pongan la apostilla. ¿No eres de aquí verdad? Mira, está cerca de aquí, sales por la puerta y a la derecha todo recto. Es un edificio antiguo, ese que tienes en la foto en ese cuadro.
El hombres señala un cuadro en la pared de la sala. Recién me doy cuenta de que la oficina está decorada con cuadros con fotos de varios edificios históricos de la ciudad. Conozco algunos, incluído el que alberga el tribunal.
-Gracías, sí, creo que ya se donde és.
-Bueno, que te vaya bien, y suerte.
Dí con el tribunal rápido. Vaya edificio. Un antiguo palacio que ahora alberga dentro oficinas públicas. Es una buena manera de mantener edificios patrimoniales. Un guardia civil estaba abosrto sentado al lado del escaner de seguridad. Le saludo y empiezo a vaciar mis bolsillos de monedas, llaves, el móvil. El guardia sonrie:
-Déjalo, déjalo. ¿Donde vás?
-A que me ponga la apostilla en este certificado
-Venga pasa, en el primer piso, justo aquella puerta entreabierta de allí. -Señala con el dedo al segundo piso, justo enfrete el escaner de seguridad, al otro lado del patio cubierto que ocupa el centro del edificio.
En la oficina de las apostillas, me reciben los papeles y me dicen que vuelva al día siguiente. Le explico que vengo de fuera, y que le agradecería mucho si me lo pueden entregar hoy.
-Hoy... El secretario está en una reunión... Bueno, vente después de la una.
Salgo del edificio un tanto molesto. Son así como las 10 y media de la mañana y tengo que esperar ¡hasta la una! Ya me tocó almorzar en la ciudad. En fin, no quedaba otra. Pasee, miré escaparates, revolví en una tienda de discos, comí algo, y a la una pasé a recoger mi certificado sellado, que ya estaba listo.
Hace cuatro años maldije a aquel secretario que debía firmar apostillas velocidad de una a la hora, y volví a quejarme, una vez más, de la maldita burocracía. Hoy, añoro a aquellas personas tan tradicionales, tan humanas, tan españolas quizás, qué, quizá se demoraban un poco más en dar los papeles, pero le hacían sentirse a uno como en casa. Y sin embargo, siento también que me atrapa alguno de los tentáculos de la vida práctima y me dice "pero lo que importa es el certificado, ahora es automático, imagínate que te hubieran hecho esperar un día entero".
Camino por rápido por la calle rumbo a la estación porque parece que la lluvia quiere arreciar, mientras mis pensamientos, dan vueltas sobre cuál modelo de atención es mejor, el de ahora o el de antes, para desparecer ante la preumra del aguacero y la hora de salida del autobús.
jueves, 29 de noviembre de 2012
Fue hace mucho tiempo
Un leve zumbido casi imperceptible recorría la habitación. El sistema estaba conetctado. El cuarto esperaba, tranquilo, las órdenes de su maestro. Las paredes, el techo, el piso, emitían la diáfana luz blanca de la espera.
Jorge entró el cuarto con aire cansado, absorto en si mismo, ausente del cuearto, se sentó en el sillón reclinable que esperaba vacío en el centro de la habitación. Se dejó recostar léntamente sobre él, la cabeza en apoyada en el respaldo y las manos sobre los brazos articulados del sillón. Poco a poco, el sillón fue reclinándose hasta quedar casi horizontal. Uno suabes guatnes recubrieron las manos de Jorge mientras un caso plástico flexible se ajustaba suavemente a su cabeza. Cerró unos segundo los ojos, aunque sabía que no era necesario. ¿Qué sería hoy? Su mente penso y eligió: bosque, río, naturaleza.
En unos instantes estuvo caminando por la orilla de un río en un bosque, escuchando el sonido de los insectos y los pájaros. Le encantaban las salidas a la naturaleza, sentir las hojas, el viento, el agua del río fresca en sus pies. Unos días iba al desierto, otros a la tundra, otros aunas altas montañas nevadas. Su mente le llevaba y le traía. Otras veces caminaba por antiguas ciudades y civilizaciones pasadas, pero sus viajes favorios eran a la naturaleza. Pensaba que era así por fue esa la primera experiencia que tuvo, cuando, siendo a penas un bebé de unos meses, conectado al sistema de sus padres, había descansado en un lecho de frescas hojas cercano a un río. Desde entonces, esos paseso por la naturaleza, especialmente por un río en el bosque, habían sido sus favoritos. Recordaba como, en la escuela, cuando aprendía a manejar el sistema, y el profesor les invitaba a viajar a distintos lugares, tiempos y realidades, él siempre cerraba los ojos y dejaba que el pensamiento del blosque y el río fluyese en él; para enfado del profesor, claro.
Llevaba ya aproximadamente dos horas caminando porla orilla del río, empezaba a sentir cierto cansacio agradable y un poco de hambre: era hora de regresar. Se sentó tranquilament en la orilla, comenzó a acariciar una hoja seca de arbol, luego la solto, se recostó, cerró los ojos, y a los pocos segundos su pensamiento quedó en blanco. El sistema leyó su pensamiento y le devolvió a la realidad.
Descansado, Jorge se levantó del sillón y salío lentamente del cuarto. Su apartamento, como todos de la ciudad, era un cubo dividido en varias habitaciones cuadradas de mayor o menor tamaño. Entró en la cocina. Las luces parpadeantes del horno le indicaban que la cena ya estaba lista: abrió la puerta y sacó una bandeja individual que colocó sobre una pequeña mesa que había pegada a una de las paredes. Automáticamente, un asiento surgió de uno de los extremos de la mesa. Jorge se sentó y comenzó a comer lentamente. Se quedó pensativo unos segundos mirando la blanca pared de la concia. ¿Por qué la había cambiado a blanco? Parecía un quirófano. Se levantó, tecleó en una pequeña pantalla táctil a un lado de la puerta y al instante la cocina quedó pintada de color azul con motivos de hojras y flores amarillas. Así estaba mucho mejor.
Terminada la cena, depositó la bandeja sobre el aparato lavaplatos y salío de la concia dejando tras de sí el leve zumbido de los electrodomésticos. Era ya tarde. Entró en el dormitorio, encendió únicamente la luz de la cabecera de la cama, se quitó el traje autoajustable, se cambió de ropa interior, arrojó toda la ropa usada por la abertura del departamento de limpieza, y se metió en la cama.
A las 7:00 el zumbido del desperdador le sacó de su descanso. La luz del dormitorio eraahora cálida e intensa, pero sin molestar a la vista.. Se levantó y fue directo al baño contigüo, se dió una ducha, se puso un nuevo traje autoajustable y se dirigió a la cocina. El desayuno estaba ya listo, apuró el capfe´, se levantó, colocó todo en el aparato lavaplatos, recogió su ID, y salío de la casa.
La gran galería 95-J tenía hoy un color extraño. La luz del techo era un tanto anormal. Debían estar haciendo alguna corrección en el filtro solar ultravioleta. Indiferente, caminó unos pasos alfrente y espero a que se detuviese el siguiente monorail que recorría la avenida. Como si fuese un ritual, decenas de vecinos se fueron ubicando a su izquierda y derecha, esperando.
Por fin llegó el monorrail. Jorge ocupó su asiento, y se sentó indiferente con la mirada perdida. Cinco paradas después, caminó a un ascensor, descendió 7 plantas y tomó otro monorail hasta la avenida 82-W. Entró en las oficinas del Registro Ciudadano Universal, deslizó su ID por el lector de la puerta de personal, la cual se abrió automáticamente, y caminó hasta su puesto: 778-I. Cada puesto era un pequeño cubo de cristal traslúcido con una cómoda silla y una gran pantalla táctil que cubría todo un lateral del cubículo. La pantalla táctil detectó las huellas dactilares de Jorge e inició el sistema.
Había ya varias peticiones de información de distintos ministerios y empresas. Comenzó poco a poco atenderlas. Llevaba ya una hora trabajando cuando empezó a tener problemas con varias fichas de ciudadanos de la serie XJR: le llegaban datos fragmentados. Despues de mucho teclear, logro completar prácticamente todas las fichas. Dejó un mensaje para el servicio de mantenimiento sobre errores en el servidor A76WY2, y las fichas incompletas en turno de espera. A los pocos segundos la ficha correspondiente al sujeto JW0087657422, empezó a parpadear resaltada de color rojo. Por lo visto, la información de ese sujeto era muy urgente. Chequeó los avisos del servicio técnico: aún no había confirmación sobre el estado del servidor. No obstante, intentó de nuevo recabar la información del sujeto. Nada, imposible, sólo mensajes de error del servidor.
Reportó la incidencia y sigió trabajando. La luz roja parpadeó de nuevo a los pocos minutos: JW0087657422-URGENTE. Ahora la orden venía directametne del coodinador general de su sección. Jorge entró en el chat y explicó personalmente los inconvenientes. A los pocos minutos recibió la respuesta:
CONFIRMADO. SERVIDOR DAÑADO. REPARACIÓN EN 16 HORAS. NO OBSTANTE, INFORMACIÓN JW0087657422 DEBE SER ENVIADA AHORA. ACUDA ARCHIVO 1008-P. PRIORIDAD ABSOLUTA.
Ya le había sucedido antes. Servidor dañado, acceso a microfilms originales. Le llevaría unos 15 minutos de monorail llegar hasta el archivo. Buscó la dirección del archvivo en la pantalla y comprobó que 1008-P no arrojaba ningún resultado en el directorio de archivos de microfilms. Introudjo la referencia en el sistema de búsqueda avanzada. A los pocos segundos, la pantalla pidió su identificación dactilar. Solía suceder en caso de datos con cierta confidencialidad especial. Colocó su mano, y al instante vió la dirección del archivo: AVENIDA 16-A. Estaba algo más lejos de lo que imaginaba. De hecho, nunca antes había descendido por debajo del nivel 30. Sin más esperas, cerró sesión en el sistema y se dirigió al monorail.
Cuando llegó a la avenida 16-A le llamó la atención la poca actividad de personas y el escaso tráfico de monorailes que habia en ella. Sebajó del monorail en la puerta 1008-P. Ubicó su ID en el lector y entro. Se sorperendió al encontrarse sólo con una pantalla táctil y una puerta de seguridad cerrada y sin lector de ID. Colocó su mano en la pantalla táctil. A los pocos segundos aparecieron en la pantalla las instrucciones:
PASILLO 5, FILA 18, EST. 3, CARP. 2-II. Clasificado 1663, microfilmar y llevar microfilm a 1623-M.
Pulsó en Ok, y un pequeño escaner de microfilmar surgió de una gaveta empotrada en la pared de la izquierda. Al retirar el aparato, la puerta de seguridad se abrió.
Jorge se detuvo unos instantes en el umbral. Aquello era... un archivo con documentos originales, sin microfilmar. Creía que todo habia sido microfilmado hacía muchos, muchos años. Entró con cierto nerviosismo. Nunca había manejado documentos, nunca había microfilmado nada, auqneue era obvio que el funcionamiento del aparato era bien sencillo.
Aquello era algo diferente: tener que caminar entre aquellos estantes repletos de carpetas selladas... Sentía una sensación extraña, un miedo... ¿Miedo a qué, a documentos antiguos? se dijo a sí mismo. Llegó a su destino: Pasillo 5, Fila 18, estante 3, Carpeta 2-II. Sintió que la mano le flaqueaba mientras tomaba la capeta. La abrió lentamente, con miedo a dañarla o a que algo extraño hubiese en su interior; extrajo con cuidado el expediente y empezó a microfilmarlo. La tarea resultaba facil: las hojas plásticas estaban en buen estado. Le pareció chistoso encontrarse con esas hojas. Aquel efímero invento de las hojas plásticas sintéticas como sustituto del papel: lo habia estudiado en clase de historia en la escuela... Que estupidez: sólo por no saltar directamente y de una vez por todas al mundo digital: no había ya árboles, no había papel, y se les ocurrió inventar las hojas plásticas. Sólo unos renegados retrógrados podían haber inventado eso, y por eso duró tan poco tiempo la tontería.
De repente, al pasar las hojas, una pequeña funda plástica se desprendió de una de las hojas. Se agachó a recogerla y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo cuando vió us contenido: hojas, pétalos del flores, secos, guardados ahí durante... ¿cuánto, 200 años o más? Todo el mundo sabia que no había plantas de hacía siglos, a nadie le importaba ya, pero... Sintió una sensación extraña. Y si... porqué no... Lentamente abrió la funda, sacó una de las hojas secas y empezó a acariciarla. se estrmeció, sintió un nudo en su garganta y empezó a llorar. Cientos, miles de veces había viajado en el sistema al bosqu, habia tocado, sentido, saboreado las hojas, las flores, verdes, secas, las había arrancado con sus propias manos..., pero el tacto de aquella hoja seca consu mano le transmitía algo más, era, era, ¿más real? ¿Cómo podía ser? ¿A caso no era perfecto el sistema? Y sin embargo, el tacto, el olor de aquella hoja...
Vació el contenido dela funda, y, se sentó en el suelo, tocando, oliendo, pasando por su rostro y sus laios aquellas hojas y pétalos secos mientras las lágrimas le caían por el rostro.
Jorge entró el cuarto con aire cansado, absorto en si mismo, ausente del cuearto, se sentó en el sillón reclinable que esperaba vacío en el centro de la habitación. Se dejó recostar léntamente sobre él, la cabeza en apoyada en el respaldo y las manos sobre los brazos articulados del sillón. Poco a poco, el sillón fue reclinándose hasta quedar casi horizontal. Uno suabes guatnes recubrieron las manos de Jorge mientras un caso plástico flexible se ajustaba suavemente a su cabeza. Cerró unos segundo los ojos, aunque sabía que no era necesario. ¿Qué sería hoy? Su mente penso y eligió: bosque, río, naturaleza.
En unos instantes estuvo caminando por la orilla de un río en un bosque, escuchando el sonido de los insectos y los pájaros. Le encantaban las salidas a la naturaleza, sentir las hojas, el viento, el agua del río fresca en sus pies. Unos días iba al desierto, otros a la tundra, otros aunas altas montañas nevadas. Su mente le llevaba y le traía. Otras veces caminaba por antiguas ciudades y civilizaciones pasadas, pero sus viajes favorios eran a la naturaleza. Pensaba que era así por fue esa la primera experiencia que tuvo, cuando, siendo a penas un bebé de unos meses, conectado al sistema de sus padres, había descansado en un lecho de frescas hojas cercano a un río. Desde entonces, esos paseso por la naturaleza, especialmente por un río en el bosque, habían sido sus favoritos. Recordaba como, en la escuela, cuando aprendía a manejar el sistema, y el profesor les invitaba a viajar a distintos lugares, tiempos y realidades, él siempre cerraba los ojos y dejaba que el pensamiento del blosque y el río fluyese en él; para enfado del profesor, claro.
Llevaba ya aproximadamente dos horas caminando porla orilla del río, empezaba a sentir cierto cansacio agradable y un poco de hambre: era hora de regresar. Se sentó tranquilament en la orilla, comenzó a acariciar una hoja seca de arbol, luego la solto, se recostó, cerró los ojos, y a los pocos segundos su pensamiento quedó en blanco. El sistema leyó su pensamiento y le devolvió a la realidad.
Descansado, Jorge se levantó del sillón y salío lentamente del cuarto. Su apartamento, como todos de la ciudad, era un cubo dividido en varias habitaciones cuadradas de mayor o menor tamaño. Entró en la cocina. Las luces parpadeantes del horno le indicaban que la cena ya estaba lista: abrió la puerta y sacó una bandeja individual que colocó sobre una pequeña mesa que había pegada a una de las paredes. Automáticamente, un asiento surgió de uno de los extremos de la mesa. Jorge se sentó y comenzó a comer lentamente. Se quedó pensativo unos segundos mirando la blanca pared de la concia. ¿Por qué la había cambiado a blanco? Parecía un quirófano. Se levantó, tecleó en una pequeña pantalla táctil a un lado de la puerta y al instante la cocina quedó pintada de color azul con motivos de hojras y flores amarillas. Así estaba mucho mejor.
Terminada la cena, depositó la bandeja sobre el aparato lavaplatos y salío de la concia dejando tras de sí el leve zumbido de los electrodomésticos. Era ya tarde. Entró en el dormitorio, encendió únicamente la luz de la cabecera de la cama, se quitó el traje autoajustable, se cambió de ropa interior, arrojó toda la ropa usada por la abertura del departamento de limpieza, y se metió en la cama.
A las 7:00 el zumbido del desperdador le sacó de su descanso. La luz del dormitorio eraahora cálida e intensa, pero sin molestar a la vista.. Se levantó y fue directo al baño contigüo, se dió una ducha, se puso un nuevo traje autoajustable y se dirigió a la cocina. El desayuno estaba ya listo, apuró el capfe´, se levantó, colocó todo en el aparato lavaplatos, recogió su ID, y salío de la casa.
La gran galería 95-J tenía hoy un color extraño. La luz del techo era un tanto anormal. Debían estar haciendo alguna corrección en el filtro solar ultravioleta. Indiferente, caminó unos pasos alfrente y espero a que se detuviese el siguiente monorail que recorría la avenida. Como si fuese un ritual, decenas de vecinos se fueron ubicando a su izquierda y derecha, esperando.
Por fin llegó el monorrail. Jorge ocupó su asiento, y se sentó indiferente con la mirada perdida. Cinco paradas después, caminó a un ascensor, descendió 7 plantas y tomó otro monorail hasta la avenida 82-W. Entró en las oficinas del Registro Ciudadano Universal, deslizó su ID por el lector de la puerta de personal, la cual se abrió automáticamente, y caminó hasta su puesto: 778-I. Cada puesto era un pequeño cubo de cristal traslúcido con una cómoda silla y una gran pantalla táctil que cubría todo un lateral del cubículo. La pantalla táctil detectó las huellas dactilares de Jorge e inició el sistema.
Había ya varias peticiones de información de distintos ministerios y empresas. Comenzó poco a poco atenderlas. Llevaba ya una hora trabajando cuando empezó a tener problemas con varias fichas de ciudadanos de la serie XJR: le llegaban datos fragmentados. Despues de mucho teclear, logro completar prácticamente todas las fichas. Dejó un mensaje para el servicio de mantenimiento sobre errores en el servidor A76WY2, y las fichas incompletas en turno de espera. A los pocos segundos la ficha correspondiente al sujeto JW0087657422, empezó a parpadear resaltada de color rojo. Por lo visto, la información de ese sujeto era muy urgente. Chequeó los avisos del servicio técnico: aún no había confirmación sobre el estado del servidor. No obstante, intentó de nuevo recabar la información del sujeto. Nada, imposible, sólo mensajes de error del servidor.
Reportó la incidencia y sigió trabajando. La luz roja parpadeó de nuevo a los pocos minutos: JW0087657422-URGENTE. Ahora la orden venía directametne del coodinador general de su sección. Jorge entró en el chat y explicó personalmente los inconvenientes. A los pocos minutos recibió la respuesta:
CONFIRMADO. SERVIDOR DAÑADO. REPARACIÓN EN 16 HORAS. NO OBSTANTE, INFORMACIÓN JW0087657422 DEBE SER ENVIADA AHORA. ACUDA ARCHIVO 1008-P. PRIORIDAD ABSOLUTA.
Ya le había sucedido antes. Servidor dañado, acceso a microfilms originales. Le llevaría unos 15 minutos de monorail llegar hasta el archivo. Buscó la dirección del archvivo en la pantalla y comprobó que 1008-P no arrojaba ningún resultado en el directorio de archivos de microfilms. Introudjo la referencia en el sistema de búsqueda avanzada. A los pocos segundos, la pantalla pidió su identificación dactilar. Solía suceder en caso de datos con cierta confidencialidad especial. Colocó su mano, y al instante vió la dirección del archivo: AVENIDA 16-A. Estaba algo más lejos de lo que imaginaba. De hecho, nunca antes había descendido por debajo del nivel 30. Sin más esperas, cerró sesión en el sistema y se dirigió al monorail.
Cuando llegó a la avenida 16-A le llamó la atención la poca actividad de personas y el escaso tráfico de monorailes que habia en ella. Sebajó del monorail en la puerta 1008-P. Ubicó su ID en el lector y entro. Se sorperendió al encontrarse sólo con una pantalla táctil y una puerta de seguridad cerrada y sin lector de ID. Colocó su mano en la pantalla táctil. A los pocos segundos aparecieron en la pantalla las instrucciones:
PASILLO 5, FILA 18, EST. 3, CARP. 2-II. Clasificado 1663, microfilmar y llevar microfilm a 1623-M.
Pulsó en Ok, y un pequeño escaner de microfilmar surgió de una gaveta empotrada en la pared de la izquierda. Al retirar el aparato, la puerta de seguridad se abrió.
Jorge se detuvo unos instantes en el umbral. Aquello era... un archivo con documentos originales, sin microfilmar. Creía que todo habia sido microfilmado hacía muchos, muchos años. Entró con cierto nerviosismo. Nunca había manejado documentos, nunca había microfilmado nada, auqneue era obvio que el funcionamiento del aparato era bien sencillo.
Aquello era algo diferente: tener que caminar entre aquellos estantes repletos de carpetas selladas... Sentía una sensación extraña, un miedo... ¿Miedo a qué, a documentos antiguos? se dijo a sí mismo. Llegó a su destino: Pasillo 5, Fila 18, estante 3, Carpeta 2-II. Sintió que la mano le flaqueaba mientras tomaba la capeta. La abrió lentamente, con miedo a dañarla o a que algo extraño hubiese en su interior; extrajo con cuidado el expediente y empezó a microfilmarlo. La tarea resultaba facil: las hojas plásticas estaban en buen estado. Le pareció chistoso encontrarse con esas hojas. Aquel efímero invento de las hojas plásticas sintéticas como sustituto del papel: lo habia estudiado en clase de historia en la escuela... Que estupidez: sólo por no saltar directamente y de una vez por todas al mundo digital: no había ya árboles, no había papel, y se les ocurrió inventar las hojas plásticas. Sólo unos renegados retrógrados podían haber inventado eso, y por eso duró tan poco tiempo la tontería.
De repente, al pasar las hojas, una pequeña funda plástica se desprendió de una de las hojas. Se agachó a recogerla y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo cuando vió us contenido: hojas, pétalos del flores, secos, guardados ahí durante... ¿cuánto, 200 años o más? Todo el mundo sabia que no había plantas de hacía siglos, a nadie le importaba ya, pero... Sintió una sensación extraña. Y si... porqué no... Lentamente abrió la funda, sacó una de las hojas secas y empezó a acariciarla. se estrmeció, sintió un nudo en su garganta y empezó a llorar. Cientos, miles de veces había viajado en el sistema al bosqu, habia tocado, sentido, saboreado las hojas, las flores, verdes, secas, las había arrancado con sus propias manos..., pero el tacto de aquella hoja seca consu mano le transmitía algo más, era, era, ¿más real? ¿Cómo podía ser? ¿A caso no era perfecto el sistema? Y sin embargo, el tacto, el olor de aquella hoja...
Vació el contenido dela funda, y, se sentó en el suelo, tocando, oliendo, pasando por su rostro y sus laios aquellas hojas y pétalos secos mientras las lágrimas le caían por el rostro.
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