Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

domingo, 16 de diciembre de 2012

¿Prácticos o humanos?

Son las nueve y cuarto pasadas. He llegado temprano a la ciudad para hacer papeleo. La última vez me tomó medio día obtener el certificado, así que prefiero ser precavido. Llevo todos los papeles listos, lo primero, al banco a pagar la tasa, que seguro que ya está abierto: rápido sin problemas. Camino en dirección al portal donde esta la oficina oficial a la que voy... 24, 26, 28... he llegado. Me sorprende encontrarme con un local nuevo, en la planta baja, con una puerta automática de cristal tras la cual se encuentra una minúscula sala de espera: una decena de las típicas sillas-banco, un tablón de anuncios colmado de información, una máquina expendedora de turnos y su apéndice: la pantalla de luces rojas donde van desfilando los turnos. No hay nadie, eligo mi opción, sale mi turno impreso en papel y casi al instante sale mi número en la pantalla de letras rojas. Por otra puerta automática de cristal entro en una oficina más o menos grande, dividida en multitud de puestos de atención independientes, separados entre ellos por biombos de cristal traslúcido de media altura, todos con su ordenador, su impresora, su teléfono y su componente humano.
-Buenos días, vengo por un certificado -no se porqué me molesto en decirlo, pues ya lo sabe, el sistema le a transmitido la orden que yo elegí al poner mi dedo en la máquina de turnos-.
-Déjeme los papeles y su DNI.
Se lo entrego todo. Los mira, teclea. Sale un papel, le da la vuelta y lo vuelve a introducir en la máquina. Descuelga el teléfono y dice directamente "necesito una autorización". La impresora se demora más de lo normal. Comentario al uso y mirada nerviosa al usuario que espera. Pocos segundos después:
-Aquí tiene su certificado.
-¿Esto es todo? ¿No tengo que hacer nada más?
-Eso es todo.
-Gracias.

Salgo del local un tanto incrédulo. Camino por las calle un tanto desconcertado, miro el relog y empiezo a pensar qué hacer. ¡15 minutos, a lo sumo me ha llevado unos 15 o 25 minutos el trámite, si sumo el tiempo que estuve en el banco, y eso porque la cajera del banco estaba ocupada cuando entre! ¿Y ahora qué hago? Yo contaba con echar la mañana en la ciudad... y encima ahora parece que quiere empezar a llover.
Decido aprovechar, y, a pear de la lluvia caminar un rato por la ciudad... el centro es peatonal, hay edificios antiguos, la catedral... si se pone a llover, corro a la estación de bus y leo un libro. Mientras paseo, pienso en la última vez que hice el mismo trámite. En la misma ciudad, más o menos a la misma hora, pero hace 4 años. Entonces la oficina estaba en un primer piso o una entreplanta, me costó encontrarla porque el letrero en el portal del edificio no se veía bien desde lejos. Una vez dentro, en un piso, un recibidor con un enorme mostrador de madera, tras el, varios funcionarios trabajando en diversas mesas y dos llendo y viniendo del mostrador, atendiendo a las personas. Se va la persona que estaba delante de mí y un simpático hombre de mediana edad, pelo gris, jersey camisa de cuadros asomándole por el cuello, me pregunta que quiero.
-Un certificado.
-¿Un certificado? A ver, déjame los papeles, el carnet... Ah, veo que ya fuiste el banco. ¿Y el certificado, para qué lo quieres? -No tiene necesidad de preguntar eso, está en los papeles, pero le gusta dar conversación-
-Me voy al estranjero, a Ecuador, de voluntario.
El hombre sonrie.
-¿Voluntarío? ¿Y voluntario en qué exacatamente?
-Me voy de profesor a la selva.
-¡Vaya hay que ser valiente!. Se de la vuelta y se pierde entre las mesas. A los pocos minutos aparece con mi certificado.
-Toma ya está. Ahora tienes que irte al tribuna a que te pongan la apostilla. ¿No eres de aquí verdad? Mira, está cerca de aquí, sales por la puerta y a la derecha todo recto. Es un edificio antiguo, ese que tienes en la foto en ese cuadro.
El hombres señala un cuadro en la pared de la sala. Recién me doy cuenta de que la oficina está decorada con cuadros con fotos de varios edificios históricos de la ciudad. Conozco algunos, incluído el que alberga el tribunal.
-Gracías, sí, creo que ya se donde és.
-Bueno, que te vaya bien, y suerte.

Dí con el tribunal rápido. Vaya edificio. Un antiguo palacio que ahora alberga dentro oficinas públicas. Es una buena manera de mantener edificios patrimoniales. Un guardia civil estaba abosrto sentado al lado del escaner de seguridad. Le saludo y empiezo a vaciar mis bolsillos de monedas, llaves, el móvil. El guardia sonrie:
-Déjalo, déjalo. ¿Donde vás?
-A que me ponga la apostilla en este certificado
-Venga pasa, en el primer piso, justo aquella puerta entreabierta de allí. -Señala con el dedo al segundo piso, justo enfrete el escaner de seguridad, al otro lado del patio cubierto que ocupa el centro del edificio.
En la oficina de las apostillas, me reciben los papeles y me dicen que vuelva al día siguiente. Le explico que vengo de fuera, y que le agradecería mucho si me lo pueden entregar hoy.
-Hoy... El secretario está en una reunión... Bueno, vente después de la una.

Salgo del edificio un tanto molesto. Son así como las 10 y media de la mañana y tengo que esperar ¡hasta la una! Ya me tocó almorzar en la ciudad. En fin, no quedaba otra. Pasee, miré escaparates, revolví en una tienda de discos, comí algo, y a la una pasé a recoger mi certificado sellado, que ya estaba listo.

Hace cuatro años maldije a aquel secretario que debía firmar apostillas velocidad de una a la hora, y volví a quejarme, una vez más, de la maldita burocracía. Hoy, añoro a aquellas personas tan tradicionales, tan humanas, tan españolas quizás, qué, quizá se demoraban un poco más en dar los papeles, pero le hacían sentirse a uno como en casa. Y sin embargo, siento también que me atrapa alguno de los tentáculos de la vida práctima y me dice "pero lo que importa es el certificado, ahora es automático, imagínate que te hubieran hecho esperar un día entero".
Camino por rápido por la calle rumbo a la estación porque parece que la lluvia quiere arreciar, mientras mis pensamientos, dan vueltas sobre cuál modelo de atención es mejor, el de ahora o el de antes, para desparecer ante la preumra del aguacero y la hora de salida del autobús.