El ir y venir luchando por las cosas más queridas, sin bien nos gasta las manos, nos deja abierta la vida.
- Víctor Jara

miércoles, 15 de julio de 2009

Desde el emisferio austral

"Vente en julio que tengo vacaciones de invierno". Cuando mi amigo Alfredo me dijo esto, yo me quedé extrañado. ¿Invierno en Julio? ¿Qué es eso, el mundo del revés? Luego, mi cabeza empezó a razonar científicamente -algo que hace rara vez- y me di cuenta de que en el emisferio sur, es al revés que en el norte: el agua gira para el otro lado y cuando en España están en pleno verano tostándose al sol, en Chile están en pleno invierno tiritando con bufanda.
Aún con mis razonamientos, después de un año en el trópico, el cambio no deja de sorprenderme. Sobre todo porque surgió en a penas 5 horas, el tiempo que tarda el avión desde Quito (literalmente el centro de la tierra, en pleno ecuador geográfico o casi) hasta Santiago de Chile, en mitad de este enorme país alargado como una flauta.
Llevo como 3 días en Chile. Y, aunque voy maravillándome de la arquitectura, los paisajes, y las gentes del lugar, mi principal admiración está en el clima y en la sensación de vuelta mágica a la civilización: cambiar de repente las embarradas calles de Lago Agrio o el desorden de un Quito, poruna ciudad o pueblo de Chile, es un cambio notable. Esto -Chile- tiene un aire mucho más parecido a aquella Europa que dejé hace casi un año. Resulta increible como cambian las cosas tan sólo pasando una frontera.
El clima también ayuda a acentuar ese cambio y esa sensación de cercanía con mi tierra. Después de un año de calor tropical empezaba ya a echar de menos un poco de frío, empezaba a cansarme de la monotonía de la selva, donde el único cambio es que a veces llueve un poco más o hace un poco más de calor. Necesitaba las 4 estaciones.
Santiago de Chile la ví de pasada el domingo, un primer vistazo, para dejar el mensaje de "espera ahí 15 días que ya vuelvo". Me gustó el primer contacto por la ciudad y me gustó el clima. Ese frío que te despeja la cara en la mañana que yo tanto añoraba ya.
A la tarde pusimos rumbo al archipiélago de Chiloé, en el paralelo 42, latidud sur, una isla grande, rodeada de otras más chiquitas donde da la sensación bien de que el tiempo se a parado o de que uno ha llegado a un universo como de cuento de hadas. Da la sensación de que la gente de acá vive en un mundo diferente al del continente, y eso se ve en su forma de ser, en los paisajes, las ciudades. Para mí es algo nuevo, algo con lo que no tengo comparación en mi vida, en los lugares cercanos o lejanos que conozco.
Es una tierra verde, fría, por estar tan al sur, que a menudo me da la sensación de estar en la montaña para luego descubrir que esto es mar. Ancud, la ciudad en la que me encuentro es como un pueblo grande, de gentes tranquilas que salen lo necesario y descansan y se esconden del frío en sus casas. Unas casitas de madera, de pintorescos colores, forradas por fuera las típicas de lentejuelas de madera de alerce, las modernas de horribles chapas de cinc. Casas de una o dos plantas sembradas a lo largo de calles, de campos... Llevó dos días paseando por aquí y aún camino como echizado viendo la arquitectura de la ciudad...
Pero aún me queda mucho más: La gastronomía es bien especial, me dicen, y también las costumbres, la mitología de este archipiélago, que aún se escapa de los grandes circuitos turísticos, de la influencia estandarizadora del mundo occidental -y continental- y mantiene una entidad propia muy especial.
Mientras me dejo llevar por estos aires, os regalo algunas primeras fotos de esta tierra fría y acogedora...

lunes, 13 de julio de 2009

Paseos culturales por Quito

Quito es una ciudad realmente con encanto, con muchas cosas escondidas. Es una ciudad grande, alargada, con un millón y medio de habitantes -lo cual alguien me dirá que es poco al lado de otras grandes urbes latinoamericanas- pero, hay que reconocer, que algo desordenada, con un tráfico excesivo e incluso caótico en sus horas puntas. Esta desorganización hace que, fuera del circuito del Quito colonial, no sean muchas las personas que se acercan a otras partes de la ciudad.
El centro histórico es precioso, pero también hay otras zonas perdidas por la ciudad que merecen la pena ser visitadas: el teleférico, el panecillo, la zona peatonal de la Avda. Amazonas y la Mariscal, la Mitad del Mundo (que está como a una hora de Quito, al norte), por ejemplo.
En las tres o cuatro veces que he pasado por Quito este año, poco a poco he ido conociendo todos estos lugares, en algunos casos por primera vez, en otros redescubriéndolos y mirándolos ahora con ojos de adulto (estuve de crío por Ecuador, allá en el 92) Esta última visita decidí que no podía dejar pasar más tiempo dos lugares que les recomiendo encarecidamente que no dejen de visitar si se van a Quito.
Uno es el Museo de Banco Central, donde hay una magnífica e impresionante colección de arte preincaico, es decír de las múltiples culturas que habitaron ecuador antes y durante la dominación Inca y hasta la llegada de los españoles. Siempre he sentido una curiosidad especial por la prehistoria y por todas estas primeras civilizaciones poco conocidas, y Ecuador tiene una riqueza especial al respecto: Valdivia, Chorrera, Machalilla,... hasta la Cultura Napo de los Omaguas, que me hace recordar que me quedó pendiente la visita al Museo de Pompeya en Orellana... otra vez será. Dicen que siempre hay que dejar algo pendiente para regresar en el futuro.

Además de visitar este museo y encontrarse con el sugerente y atrayente arte de estos primeros pobladores, en el que yo encuentro una magia, un simbolismo especial, otro lugar importante y especial también en el aspecto espiritual, es la Capilla del Hombre de Oswaldo Guayasamin. No conocía mucho de este pintor ecuatoriano, de su vida, su obra; y para mi fue todo un descubrimiento: una persona que se me hace humana desde lo más profundo, comprometida, luchadora, y mística también, capaz de expresar en un rostro, en la representación de una persona todos esos sentimientos y vidas que llevaría decenas de páginas expresar por escrito. Pero, no solo sobrecojen y llevan a la reflexión sus pinturas. El lugar es sin duda único y mágico. La primera capilla -dice- creada para el hombre y no para un dios. Un lugar para sentarse a ver arte y reflexionar sobre el hombre y sobre la vida.

Fue realmente espcial e inesperado acabar allí la tarde del viernes. Horas allí sentados en el museo y paseando por el singular lugar que Guayasamín eligió para edificar su casa y sembrar su arte. Hay algo mágico en estos lugares y en estas gentes. No dejen de visitarles, déjense llevar por los implusos de alma y mente.

jueves, 9 de julio de 2009

La espera

Que dificil es decir adiós. Que dificil es marcharse si mirar atrás sin soltar una lágrima. Pero aún más dificil, más duro, es esperar. Esperar a que llegue el momento de poner rumbo hacia otras tierras, otras experiencias.
Me fuí de Lago rápido, el mismo día que acabé mi trabajo allí, porque los días de espera se me hacían eternos en esa tierra verde, y ahora se me hacen eternos los días de espera en esta ciudad. El tiempo pasa lento para mí y sin embargo la gente corre de un lado para otro por las calles de Quito. Creo que aún arrastro conmigo parte de esa tranquilidad, ese dejarse llevar del día a día, sin prisas, siempre tranquilos y despreocupados, de la gente del oriente. Me paseo tranquilo por las calles de esta ciudad, visito museos e iglesias, y miro el reloj y compruebo que sigo sin conseguir matar el tiempo de una vez por todas.
Cúando llegará el sábado, me digo una y otra vez. Cúando. No es que esté a disgusto aquí, pero algo me incomoda. Quiero partir y no puedo. El día está fijado y me toca esperar a que llegue.
Leo, pienso, paseo, escribo. Espero. Intento distraerme pero no puedo. Estoy varado en tránsito y mi mente no descansa tranquila y no me deja expresar bien mis pensamientos. Y empieza a faltarme la actividad que avandoné en el oriente. Y también alguien con quien compartir las penas y alegrías del día a día, alguien con quien compartir la espera. Es dificil estar sólo y esperando.

The waiting is the hardest part, dice la canción.
Así es. Duro. Dificil. Una prueba más de la vida, supongo. Una lección más que aprender: vive el último minuto a cien, descansa lo estrictamente neceario, y busca compañía. No camines solo.
Para los indígenas el hombre que vive y anda solo es algo inconcedible. El gurpo humano es lo único válido y necesario.
Cúanta sabiduría hay en esos valores ancestrales que nos empeñamos en tapar y olvidar con valores y normas nuevas, constuídas a golpe de cemento y acero. Cada vez estoy más convencido de que hay que volver al jardín, y olvidarnos de todas estas necesidades y comodidades creadas para que el ser humano olvide quién es.

Vive con poco, crea algo propio y compártelo. Sé humilde.

-Cuando muere, todo el mundo tiene que dejar algo detrás, decía mi abuelo. Un hijo, un libro, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos. O un jardín plantado. Algo que tu mano tocará de un modo especial, de modo que tu alma tenga algún sitio a donde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor, que tú plantaste, tú estarás allí. “No importa lo que hagas –decía-, en tanto que cambies algo respecto a como era antes de tocarlo, convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separes de ellos tus manos. La diferencia entre el hombre que se limita a cortar el césped y un auténtico jardinero está en el tacto. El cortado de césped igual podría no haber estado allí, el jardinero estará allí para siempre.”

- Ray Bradbury, Fahrenheit 451.

Despedidas

Esta mañana me a vuelto a despertar el tráfico. Cientos de autos y buses que corren por esta rudiosa avenida quiteña que, casualidades del destino, se llama Río Amazonas. El dulce sonido de pájaros, monos e insectos del oriente es sutituído por el ruido de autos y aviones de este mundo monderno que avanza tan deprisa; miro al frente, y la verde selva mutilada de Sucumbíos se sutituye por un paisaje de edificios, cables del tendido eléctrico y el cielo gris de Quito.
Ya se acabó la amazonía. Llevo ya 4 días en esta ciudad, pero esta mañana creo que lo acabé de asumir. Sucumbíos está a 8 horas en bus de aquí, pero la distancia para mi es muy grande. Sé que algún día volveré, pero ahora los vientos soplan en otra dirección y me toca fijar de nuevo rumbo, buscar mi camino otra vez en esta vida, buscar nuevas gentes, nuevas esperiencias.
Este último año ha sido muy rico en experiencias para mí, sobre todo en el plano humano. Mi maleta vuelve casi con lo mismo que llego, pero mi espíritu se ha enriquecido y llenado, y también ha dejado su huella en estas tierras. Ha sido un año tan pleno que casi me cuesta creer que hayan pasado 10 meses desde que llegué aquí. 10 meses. Increible. Podría llenar un libro entero contando las experiencias, las anectodas, de mi vida este pasado año en Sucumbíos, en el Colegio Abya Yala. Algunas de esas experiencias están aquí en este blog. Otras, quedan guardadas en el recuerdo, en el corazón.

Me es dificil expresar mis sentimientos, pero creo que todo se resumen con una sola palabra: GRACIAS. Gracias a las gentes de aquí y de allá que me acogieron este año y compartieron su tiempo conmigo. La lista es muy larga para citarlos a todos, pero los nombres de algunos deben quedar aquí escritos:

Alfredo
Daniela
Walter
Jose Luís
Juan Pablo
Pacho
Harold
Juanita
Anita
Carmita
Kurinua
Alexandra
Marco
Pablo
Stiven
Rinna
Ana María
Julia
María
Martín
Eder
Segundo
P. Juanito
Hnas. Lauritas
P. Armando
Kabiru
Hnas. Guadalupanas
P. Jesús A.
P. Juan B.

Y por su puesto a todos los alumnos del colegio Abya Yala, en especial a los cursos de 10º y 1º de Bachillerato. A todos los muchachos del itnernado, los que no me dejaban dormir, los tranquilos y calmados.

Y a mi tío el P. Pablo, por invitarme y abrirme las puertas a esta maravillosa experiencia.

Y a todos los otros que por despiste de mi mente o al emoción del momento, no aparecen aquí.:

GRACIAS

Legué como profesor voluntario y me fuí como aprendiz. Llegué sólo sin saber bien a donde iba y encontré un lugar y una familia. Siempre estarán en mi corazón. Dondequiera que el viento me lleve, siempre les recordaré.
Que sigamos todos caminando bien firmes por este sendero que es la vida, tendiendo manos amigas a todos aquellos que se crucen en nuestro camino.

jueves, 2 de julio de 2009

En estos días tristes e inciertos

En estos días tristes e inciertos

intento secar mis lagrimas,

controlar mis sentimientos.

Miro a la selva, las plantas, las estrellas;

en estos días tristes e inciertos

trato de encontrar respuestas.


En estos días tristes e inciertos

mis ojos se aguan con pena

y un nudo en la garganta

me impide despedirme de los que no se quedan.

Y yo mismo me quedo quieto, sin fuerza

en estos días tristes e inciertos.


Me muevo como por inercia,

gota a gota voy llenando la maleta

de ropas, libros, recuerdos,

de lágrimas de resentimiento amargo

de estos días tristes e inciertos.


Pero también con flores y alegrías

de momentos más placenteros

recuerdos felices que borran la hipocresía

de estos días tristes e inciertos.


La lucha humana día a día aquí en la selva.

Quiero gritar, alzar mi voz, abrir ojos

pero

en estos días tristes e inciertos

mi voz sólo clama en el desierto.


Los sentimientos entrechocan diciendo:

quédate y lucha y abraza

a los que viven riendo y sintiendo,

no dejes que ganen aquellos

que viven de orgullo ciegos.

Se la voz del cambio

en estos días tristes e inciertos.


Pero solo y cansado preparo mi hatillo.

Algo ha quedado: mi huella, mi aliento;

algo que no se borrara de esta tierra, de estas gentes,

en un futuro incierto.

miércoles, 24 de junio de 2009

Piedras

Los sentimientos son como piedras que se meten en los bolsillos de uno y le impiden caminar, le impiden dar ese paso adelante, tomar esa decisión. Es complicado dejarlos a un lado e impedir que tu vida se guíe por los miedos y sentimientos encontrados, pero al final, uno tiene que tomar la decisión, plantarse firme y decir: Yo soy el capitán de este barco, yo decido mi destino. Y atreverse, y seguir adelante con lo que venga, lo bueno y lo malo, pues no hay un camino más fácil que otro, no hay una opción de vida mejor que otra. Recuerdo aquellas palabras del hombre-libro que releí hace poco:

“Detesto a un romano llamado Statu Quo”, me dijo. “Llena tus ojos de ilusión –decía-. Vive como si fueras a morir dentro de diez segundos. Ve al mundo. Es más fantástico que cualquier sueño real o imaginario. No pidas garantías, no pidas seguridad. Nunca ha existido algo así. Y, si existiera, estaría emparentado con el gran perezoso que cuelga boca debajo de un árbol, y todo y cada uno de los días, empleando la vida en dormir. Al diablo con eso –dijo- sacude el árbol y haz que el gran perezoso caiga sobre su trasero.”*

Y es que el hombre-libro tenía toda la razón. Nos volvemos cómodos y perezosos. O mejor dicho, nos volvemos débiles y temerosos. Temerosos de perder esa falsa seguridad que nos venden. Pensamos que con un buen trabajo y una casa y una vida sencilla en un país avanzado hemos alcanzado nuestra meta, estamos a salvo. Cuando la verdad es, que en este mundo, la desgracia y los tiempos duros se pueden presentar en cualquier casa en cualquier momento. Y el que lo niegue es un iluso.

Pensando en eso, me decido, o intento decidirme otra vez a fijar rumbo. A elegir entre norte, sur, este y oeste. A enfrentar viejos miedos que arrinconé atrás en lugares lejanos, y a pensar en lo que pueda depararme ese tiempo futuro aún por escribir. Me cuesta. Me cuesta un montón tomar decisiones. Pero al final, después de muchos calentones de cabeza, algo me obliga a moverme. A tirar los dados “Alea jacta est” me digo, y pongo rumbo a lo desconocido. Me conozco y sé que lo que más me cuesta es partir. Luego… lo que venga vendrá y saldremos adelante. Lo importante es seguir moviéndonos, sentirse vivo, algo que, por lo que mi breve vida me ha enseñado, no tiene nada que ver con el “estado de bienestar”. Más bien, a menudo hay que pasarlo un poco mal para sentirse “vivo”.

Así que aquí estoy. Contemplando esta inmensa selva, con los ojos algo aguados pensando en los rostros y espíritus que dejo acá, pero seguro de que debo seguir moviéndome. Me gustaría continuar aquí más tiempo, pero algo me dice que debo partir y seguir el viento. Aún así esos sentimientos encontrados siguen en mí, ¿Miedo? ¿Huídas escapando de problemas o situaciones incómodas? ¿O simple necesidad de moverse, de calmar ese picor y ese miedo por probar cosas nuevas? Supongo que estos miedos, estas indecisiones, sentimientos no comprendidos, este choque de fuerzas es lo que nos hace ir avanzando poco a poco en nuestra vida. Una vez más, llegó el tiempo de partir:

Me dicen que mi vida es un velero
al que el mar del tiempo hace dar vueltas.
Y sé que hay un único capitán
que puede guiar ese barco.
¿Acaso los ojos despiertos del alma que busca y pregunta
ven dentro y luego solos?
Silenciosamente la verdad habla más alto
que lo que sale de mi boca.
Parece que los sueños son las alas de un espíritu
sin los que no se pueden inflar las velas de este navío.
De su viento viene la luz de la inspiración
y la oscuridad de la duda.
Vendavales de rabia que menguáis hacia la calma,
por favor llevadme bien lejos
de esta enrevesada y mundana explicación
del espacio que llamamos Hoy.
Navega.
Navega lejos de la costa.

Las situaciones echan el ancla una vez más.
Gene Clark, “Silent Crusade” en Two Sides to Every Story (1977) Letra original en ingles aquí.

*Ray Bradbury, Fahrenheit 451 (1953)

El club chimbilaco

¡Qué fuerza tiene aquí la naturaleza! Quince días sin entrar en una casa vacía y los animales ya se han adueñado de ella. Entro el domingo pasado en mi dormitorio en la residencia de varones, la cual abandono cuando se van los estudiantes, y me encuentro con que toda una familia de murciélagos ha encontrado mi escritorio como el mejor sitio para colgarse y dormir todo el día hasta que el sol se oculte y salga la luna.

¡Qué simpáticas estaban las criaturitas, ahí colgadas boca abajo plácidamente, soltando algún que otro rrruuuug o algo similar! En cuando me sintieron levantaron vuelo y se escondieron debajo de la litera, de la estantería, o se fueron volando a otro rincón oscuro de la residencia. Pero en cuanto cerraba la puerta, ahí regresaba la familia murciélago otra vez. Me costó toda la mañana del domingo conseguir que me devolviesen mi cuarto. Limpié la habitación a conciencia, e incluso tuve que impregnar la mesa y las tablas de la cama con diesel para que el olor les ahuyentase. Ahora viene de paso por las noches –oigo su característico aletear en la madrugada- pero ya no se quedan.

La verdad, no tengo nada en contra de los animales, ni siquiera de los murciélagos, que a tanta gente le dan repelús. Incluso les dejo estar, pues ellos, los sapos y las arañas son el mejor remedio para acabar con los molestos mosquitos, cucarachas y otros insectos. Pero convivir con ellos se hace un tanto difícil por lo sucios que son: no hay mierda que salga pero y huela peor que los excrementos de murciélago. Igual me resultaría algo incómodo compartir mi duchan con la tarantulota que dormía en ella este domingo y a la cual yo vine a molestar con legía y estropajo.

Y es que, aquí, en las puertas de la selva, cuando uno se descuida, la naturaleza reclama y se lleva el trozo de tierra que el hombre le ha robado. Si uno se va un mes de casa, a la vuelta se la encuentra tomada por plantas y animales. Es increíble la fuerza que tiene. Estoy seguro que, si algún día el hombre se marcha de aquí, la naturaleza volverá a cubrirlo todo, igual que hace cientos de años cubrió las ciudades mayas en el Yucatán. Da igual lo bruto y cerril que llegue a ser el hombre. Da igual que construya edificios increíbles capaces de soportar un terremoto o un tornado. Da igual que use los venenos más abrasivos para doblegar a la naturaleza a su voluntad. Al final, ésta acaba ganando la batalla, ya sea cubriéndolo todo de nuevo con plantas o convirtiéndolo todo en un desierto inhóspito.