Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

miércoles, 24 de junio de 2009

Piedras

Los sentimientos son como piedras que se meten en los bolsillos de uno y le impiden caminar, le impiden dar ese paso adelante, tomar esa decisión. Es complicado dejarlos a un lado e impedir que tu vida se guíe por los miedos y sentimientos encontrados, pero al final, uno tiene que tomar la decisión, plantarse firme y decir: Yo soy el capitán de este barco, yo decido mi destino. Y atreverse, y seguir adelante con lo que venga, lo bueno y lo malo, pues no hay un camino más fácil que otro, no hay una opción de vida mejor que otra. Recuerdo aquellas palabras del hombre-libro que releí hace poco:

“Detesto a un romano llamado Statu Quo”, me dijo. “Llena tus ojos de ilusión –decía-. Vive como si fueras a morir dentro de diez segundos. Ve al mundo. Es más fantástico que cualquier sueño real o imaginario. No pidas garantías, no pidas seguridad. Nunca ha existido algo así. Y, si existiera, estaría emparentado con el gran perezoso que cuelga boca debajo de un árbol, y todo y cada uno de los días, empleando la vida en dormir. Al diablo con eso –dijo- sacude el árbol y haz que el gran perezoso caiga sobre su trasero.”*

Y es que el hombre-libro tenía toda la razón. Nos volvemos cómodos y perezosos. O mejor dicho, nos volvemos débiles y temerosos. Temerosos de perder esa falsa seguridad que nos venden. Pensamos que con un buen trabajo y una casa y una vida sencilla en un país avanzado hemos alcanzado nuestra meta, estamos a salvo. Cuando la verdad es, que en este mundo, la desgracia y los tiempos duros se pueden presentar en cualquier casa en cualquier momento. Y el que lo niegue es un iluso.

Pensando en eso, me decido, o intento decidirme otra vez a fijar rumbo. A elegir entre norte, sur, este y oeste. A enfrentar viejos miedos que arrinconé atrás en lugares lejanos, y a pensar en lo que pueda depararme ese tiempo futuro aún por escribir. Me cuesta. Me cuesta un montón tomar decisiones. Pero al final, después de muchos calentones de cabeza, algo me obliga a moverme. A tirar los dados “Alea jacta est” me digo, y pongo rumbo a lo desconocido. Me conozco y sé que lo que más me cuesta es partir. Luego… lo que venga vendrá y saldremos adelante. Lo importante es seguir moviéndonos, sentirse vivo, algo que, por lo que mi breve vida me ha enseñado, no tiene nada que ver con el “estado de bienestar”. Más bien, a menudo hay que pasarlo un poco mal para sentirse “vivo”.

Así que aquí estoy. Contemplando esta inmensa selva, con los ojos algo aguados pensando en los rostros y espíritus que dejo acá, pero seguro de que debo seguir moviéndome. Me gustaría continuar aquí más tiempo, pero algo me dice que debo partir y seguir el viento. Aún así esos sentimientos encontrados siguen en mí, ¿Miedo? ¿Huídas escapando de problemas o situaciones incómodas? ¿O simple necesidad de moverse, de calmar ese picor y ese miedo por probar cosas nuevas? Supongo que estos miedos, estas indecisiones, sentimientos no comprendidos, este choque de fuerzas es lo que nos hace ir avanzando poco a poco en nuestra vida. Una vez más, llegó el tiempo de partir:

Me dicen que mi vida es un velero
al que el mar del tiempo hace dar vueltas.
Y sé que hay un único capitán
que puede guiar ese barco.
¿Acaso los ojos despiertos del alma que busca y pregunta
ven dentro y luego solos?
Silenciosamente la verdad habla más alto
que lo que sale de mi boca.
Parece que los sueños son las alas de un espíritu
sin los que no se pueden inflar las velas de este navío.
De su viento viene la luz de la inspiración
y la oscuridad de la duda.
Vendavales de rabia que menguáis hacia la calma,
por favor llevadme bien lejos
de esta enrevesada y mundana explicación
del espacio que llamamos Hoy.
Navega.
Navega lejos de la costa.

Las situaciones echan el ancla una vez más.
Gene Clark, “Silent Crusade” en Two Sides to Every Story (1977) Letra original en ingles aquí.

*Ray Bradbury, Fahrenheit 451 (1953)