Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

lunes, 8 de junio de 2009

Cansancio

Uno se cansa de muchas cosas: se cansa del vivir siempre en el mismo sitio, se cansa de hacer siempre un mismo trabajo, se cansa del clima monótono o, por qué no, de vivir siempre con la misma persona.
La solución contra ese cansancio es bien sencilla: moverse, cambiar de aires, viajar, probar cosas nuevas, arriesgarse. Vivir la vida al minuto y no dejarse arrastrar por falsas comodidades. Leía algo así en algún libro. Ese era el tipo de cansancio que me invadía a mi antes de cruzar el charco. Y, curiosa la vida, ahora que ya encontré la medicina contra él, me encuentro con otro tipo de cansancio que hace, no que me deprima y no encuentre razones o fuerzas para moverme, sino que me deja tan machacado físicamente que me hace renunciar a hacer todo lo que quisiera hacer.
Estos últimos meses estoy cansadísimo físicamente. Siento que mi cuerpo no da más y que sigo adelante por esa fuerza de voluntad, entusiasmo, entrega y responsabilidad a las que no renuncio ni renunciaré. Y me da rabia ver que mi cuerpo no aguanta, que me quedo dormido por los rincones y busco estrategias para mantenerme despierto y seguir trabajando. Me pregunto si mi vida anterior fue tan tranquila que ahora me ahogo en un poco actividad contínua 24h. o si realmente mi ritmo de trabajo es demasiado rápido y demasiado absorvente.
Ni siquiera en mis tiempo de universidad recuerdo estar tan cansado que se me cerrasen los ojos involuntariamente mientras tecleo y que el tiempo se me fuese sin acabar ninguna tarea, como si estuviese trabajando a cámara lenta a pesar de todos mis esfuerzos.
Así que creo que me inclino por la segunda opción. Vamos que intento hacer demasiadas cosas y mi cuerpo dice basta. Y eso me llena de rabia. Me encanta el trabajo que hago, me gustaría seguir y seguir y hacer más de lo que hago, y sin embargo me quedan cosas a medias ¿Por qué? Simplemente porque el cuerpo humano tiene un límite y, aunque uno se arme de fuerza de voluntad y diga adelante, al final los ojos se cierran solos y uno no encuentra fuerza para abrirlos.
Supongo que en mi caso también se debe al cambio de una vida sedentaria a una en la que apenas estoy quieto 5 minutos, en la que duermo a medias, con un ojo abierto y otro cerrado vigilando a los que duermen. Una vida que transcurre en medio del trópico, donde el clima va desgastando poco a poco al cuerpo, sobre todo a aquellas personas como yo, que nacimos en lugares tan distintos y distantes en formas y costumbres y inclemencias como los miles de kilómetros que las separan. Salvando las distancias, me siento como esos conquistadores viajando amazonas arriba buscando el dorado. Ni soy conquistador, ni busco un dorado. Pero si a ellos les derrotó el clima, a mi empieza a pasarme factura.Y al final, al final de esta carta y de esta experiencia, aquí sigo, intentando descansar, intentando mantenerme despierto. Dando vueltas a la cabeza e intentando averiguar un nuevo por qué. Por qué si uno está tan a gusto y contento, el cuerpo le tiene que obligar a parar, a tomarse un respiro, a cambiar, otra vez. Qué injusta es la vida. O quizás, que egoístas somos nosotros hasta para con nosotros mismos.