Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

lunes, 1 de abril de 2013

Cine clásico

Hay algo mágico en el cine clásico, en ese cine hecho allá por los años 40, 50 o 60, especialmente en Hollywood. Lo descubrí durante mis años de instituto gracias a José Luis Garci y su programa de televisión ¡Qué grande es el cine!, y con el paso de los años lo había olvidado. Hacía mucho, mucho que no me sentaba delante del televisor -ahora computadora- para descansar viendo una de esas sencillas comedias o dramas o intrigas con James Stewart, o Rock Hudson o Jack Lemmon, o Kim Novak, o Cary Grant, por citar sólo algunos nombres que me vienen ahora a la mente, y, el reencontrarme de pronto con esos viejos amigos, en esas sencillas y agradables historias “para pasar la tarde”, me ha vuelto a dejar una sonrisa en la cara.

No quiero hacer comparaciones, pero aunque suene a cliché repetido un millón de veces, ya no hacen películas como esas. Y, digan lo que digan esos seres extraños a los que se les indigesta todo aquello que tenga mas de 20 o 30 años, estas películas clásicas no tienen fecha de caducidad, siguen igual de frescas como el primer día. Uno tiene la sensación de estar leyendo una de esas novelas clásicas que nunca pasarán de moda, o uno de esos cuentos tradicionales escritos o recopilados por alguien cuyo nombre se pierde ya en el inconsciente colectivo, porque la magia está en el cuento y no el mago.
Frente a las películas con historias anodinas, chistes malos y humor zafio, seductores cuerpos desnudos, historias dirigidas a un cierto tipo de público, o con ciertas pretensiones, estas películas de la llamada edad dorada del cine, seducen con su mirada y llegan a todos, nos enamoran y nos dejan una sonrisa en el rostro y el corazón.

Como decía aquella canción de Aute: Cine, cine, cine, más cine por favor. Que toda la vida es cine y los sueños cine son.