Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

miércoles, 24 de abril de 2013

Dos mundos separados

La vida en esta región del planeta a menudo se me asemeja a dos mundos separados por un ancho cuyas orillas se pueden cruzar, pero nunca unir aunque a menudo parezcan encajar la una en la otra como si fuesen piezas de un puzle.
Para muchos la otra orilla no existe, o la miran con desdén, como tierra sin dueño, vacía o que “mejor estaría vacía”. Para otros es tierra a conquistar o reconquistar según el bando, y para otros -pocos- son dos piezas de un puzzle que intentan encajar.

Para el 90% de las personas, la selva no es más que plantas. Un lugar desconocido, inhóspito, lleno de mosquitos y peligros donde no hay nada. Ni siquiera son conscientes de que es de debajo de esa selva que sacan el petróleo. Son muy pocas las personas que conocen y reconocen que en esa selva viven también personas, personas que son tan ciudadanos como cualquier otro ciudadano del país, personas a las que se les ha negado el derecho a ser individuos y ciudadanos simplemente por vivir de una manera diferente.
Y para aquellos pocos que lo reconocen, la convivencia se hace muy complicada. Incluso aquellos que trabajan con ahinco y esperanza para hacer encajar el puzle no acaban de entender bien la realidad que enfrentan: las fórmulas, los modelos, los esquemas organizativos de vida que se aplican en otros lugares del país no se adaptan a la realidad de una geografía y unas gentes muy distintas. La reacción ante esto suele ser de enfado con las gentes, que no quieren hacer un esfuerzo por adaptarse, cuando debería ser un enfado con uno mismo que no quiere adaptarse a la realidad. Ese proceso de adaptación debería darse de ambos lados pero ¿dónde fijar el límite?

Yo mismo tengo claro que esto no es Quito. Ni siquiera es una zona rural cualquiera del país. Muchos esquemas y modelos no encajan, por las limitaciones geográficas, y sobre todo por un modelo de vida y de encarar el mundo muy distinto al occidental y tan válido como este. Por eso pienso que quizá nunca nos podremos de acuerdo, nunca conseguiremos que encaje el puzzle. Al final será la ley del más fuerte, y una de las dos orillas sucumbirá a la otra, quedando reducida su riqueza original a unas tenues pinceladas de color sobre los edificios y el trajín cotidiano. Porque la otra solución, es casi totalmente utópica: mantener las dos orillas separadas. Utópica porque sólo interesa a unos pocos, muy pocos, una minoría que aspira a vivir sus días en ese mundo, ese universo particular que no va más allá de los límites de la selva, esos límites del mundo, como el abismo donde antaño acaba el mar.

Los límites del mundo los pone el ser humano y en este mundo hay muchos otros mundos perfectamente definidos. Sigo pensando que la coexistencia de todos ellos es posible siempre y cuando partamos del respeto a los otros. No niego el espíritu de aventura, de crecimiento, de ir más allá de lo desconocido, pues es parte intrínseca del alma humana, pero ello no implica la destrucción del otro, sino todo lo contrario: la admiración y el respeto ante otras formas de organizar el universo y el universo particular que es nuestra vida.

Seguiré pues, haciendo campaña para que se deje solos y tranquilos a unos, en sus bohíos en medio de la selva, como seguiré respetando y sonriendo ante algunas costumbres locales, aunque desordenen los horarios, no encuentren justificación en la burocracia y nos parezca que son un atraso que va en contra del progreso del país y del bienestar de unas “pobres gentes que no saben lo que hacen porque no han recibido educación”.