Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

sábado, 26 de enero de 2013

Sentir el suelo, sentir a las personas

Un papel, sí. El Papel. Ya me han dado el dichoso papel, uno blanco y membretado que dice que tengo que mandar. Que tengo que ser el capitán del barco durante 6 meses. Sabía ya hace tiempo que me iban a dar el dichoso papel, pero esperaba -vana ilusión- que algo hiciera cambiar las tornas. No ha sido así, y desde el primero del mes próxmo, a mandar amigo, y, con el papel guardado en el cajón del escritorio y la mirada perdida en la pantalla de mi ordenador, empecio a sentir esa mezcla de angustia, preocupación y miedo.

No se bien a qué se debe. En parte, supongo, al hecho de que me nombran capitán de un barco sin contramaestre, sin brújua o cartas de navegación que seguir, con unos marineros desanimados que sólo saben remar al son de los tambores de las galeras, un barco que además zozobra sin aparente remedio. No quiero sonar pesimista, pero así son las cosas acá, incluso peor: el dueño del barco dice no ser el dueño, "el barco no es mío es de otros", y no hace otra cosa que invertir dinero, como si con dinero se pudiese hacer todo. Pobre iluso.
Me duele que el barco se hunda, no lo niego, pero mi anguista se debe más por las energías puestas en el durante años, y sobre todo, por los sueños de las personas que llevamos en el pasaje, todas ellas aún con los ojos detrás de ese velo que les oculta los rescollos de la vida adulta.

Es una pena decirlo, pero esa es la triste realidad, una triste realidad, en cierto modo fomentada por personas que un día subieron bien alto, y que, ahora, desde ahí arriba, nos dicen -o mejor dicho, no nos dicen- lo que tenemos que hacer. Personas que parecen haber olvidado, entre papeles y trámites, entre reuniones con gente importante, entre planes de futuro propios y colectivos, que al final, lo que importan no son cifras, fotos, acuerdos, sin ellos el último de los puntos son las personas. Que el gestor de un colegio parezca olvidarse de que lo primero son los niños y jóvenes, es triste, y además, me da miedo.

Sí, creo que lo que más siento es el miedo. No miedo por ese gestor que un día se sentó en su cargo y se olvidó de nosotros, de cómo vivmos día a día; ni tampoco es miedo por el tremendo trabajo, la carga que se me viene a los hombros, esa sólo me produce anguista y desesperanza -a veces-. Siento miedo al pensar en que quizá pueda acabar como esos hombres que se han hecho uno con su puesto, que se han sentado arriba, y, entre los papeles y más papeles, han olvidado a los que están abajo, quienes son y siempre deben ser la primera y  casi única razón de su trabajo.

Tengo miedo estos días de olvdiar quién soy, de qué estoy hecho, a quién me debo. De undirme en reuniones y papeleos interminables, de ocultarme tras la coraza del poder, de emborracharme con su fragancias, y dejar de ver a los niños qué, con el desparpajo y libertad que les da la niñez, se cuelan en mi despacho, para molestar un poco al profe y romper su rutina, esos mismos que miran al futuro aún con ojos llenos de brillo, que sueñan con un futuro aún no escrito del que ellos serán los verdaderos artífices. Por eso, pido todos los días no olvidar quién soy, no separar los pies de la tierra, no olvidarme de los ojos del de enfrente, para que esos ojos sigan siempre a mi misma altura, nunca por debajo, tampoco por encima, ojos que miran en mis ojos, de igual a igual.