Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

viernes, 9 de mayo de 2008

Mundo Yo

Podría parecer una historia de ciencia ficción de las que tanto me gustan a mí. Pero no. Es sencillamente el mundo que hay al otro lado de la ventana de esta habitación, un mundo del que, creo, trato de esconderme voluntariamente, pues no comparto sus acciones, sus fines, sus inquietudes. Y además, supongo, tengo miedo de acabar convirtiéndome en uno más de los que yo llamo individuos Yo.
Vivimos en una sociedad totalmente egocéntrica. Todo gira en torno a la persona individual, a lo que a uno le gusta, lo que a uno le parece válido, donde todo el mundo se pelea por expresar su opinión personal sobre cualquier tema y hacer que esta sea oída a voz en grito por encima de la de los demás. Cada persona construye su mundo en torno a sí misma, y actúa de modo que el resto de figuras –las otras personas- bailen a su alrededor según las necesidades personales que le surgen en cada momento.
Lo que interesa es mi bienestar actual, mi familia, mis bienes, mi futuro. Hemos perdido toda visión universal de la humanidad. No sólo no nos preocupamos por otras personas fuera de nuestro círculo más próximo –que cada vez se reduce más y más a esta familia nuclear que por otro lado se va rompiendo poco a poco-, sino que incluso cuando nos preocupamos de alguien lo hacemos desde nuestra propia visión egocéntrica. Somos incapaces de ponernos en los ojos de otra persona y ver la vida como él la ve, sin prejuicios personales, y de este modo, una y otra vez intentamos modificarla –la vida de esta otra persona, me refiero- según nuestros propios gustos, inquietudes. Y cuando esa persona se niega a darnos la razón, o duda respecto nuestras proposiciones, pues muy a menudo no son las nuestras, le volvemos la espalda y le miramos como si estuviese loco o enfermo, que, desde este planteamiento egocéntrico es lo mismo, pues por locura incurable sólo entendemos esa de raíz genética o física que ocultamos dentro de casas con barrotes y adormecemos con pastillas para no tener que verla a diario.
Me da miedo. Realmente me da miedo salir y contar mis inquietudes, mis sueños porque se que no tienen cabida en esta sociedad egocéntrica y personalista, simplemente porque no son los sueños de la mayoría, o quizá peor aún, esta mayoría individualista se ha olvidado de lo que realmente es soñar, de qué son los verdaderos sueños, y no esos de plástico con los que se conforma a diario.
De todos modos no quiero prejuzgar aquí a los demás desde mi propio yo interior, pues soy consciente y acepto que mi punto de vista de las cosas no tiene porqué coincidir con el de los demás. No tiene ni siquiera porqué ser aceptado. Pero sí respetado. Eso es algo que siempre he hecho y que pienso seguir haciendo: respetar el punto de vista de los demás, y apoyarles y ayudarles a realizar sus sueños, por muy distintos de los míos que sean, por muy raros, utópicos, materialistas, o comunes que sean. Creo que en este mundo hay sitio para todos los puntos de vista, para todas las maneras de ser, siempre que tengamos claro ese único límite que describió Rousseau: la libertad de uno acaba donde empieza la del otro. Pero, además de respetar la posición del otro, creo nuestro deber apoyarle en sus decisiones.
¿Por qué, por qué nos cuesta tanto ponernos en la piel del otro e intentar ver los problemas como él los ve? ¿Por qué nos cuesta tanto ayudarle y valorar con el las cosas, sin vestir nuestras palabras con nuestros propios gustos, fines, ideas?
No lo se. No acabo de entender por qué para la mayoría de la gente es tan difícil. Yo aún no he caído en esa práctica y me he propuesto no caer nunca. Tengo mis ideas, las expreso, pero no las intento imponer a los demás ni recrimino y prejuzgo a los demás cuando expresas ideas contrarias a las mías pidiéndome consejo o simplemente buscando a alguien con quien comentar sus nuevas.
Siempre estoy dispuesto a ayudar a los demás, a ponerme detrás de la retina del vecino y ver la vida como el la ve. Y me llevo palos y más palos cuando espero que el vecino haga lo mismo por mi. ¿Qué quieres vestir de azul? Bueno, a mi no me gusta, pero te acompaño y buscamos la ropa adecuada para que seas el rey de los azules y seas feliz.
Luego me toca a mi. Digo que quiero vestir de púrpura y me llaman loco, me dicen que tiro mi vida a la basura, que no voy a ninguna parte, me ofrecen una y otra vez el azul como lo único válido y si me sigo decantando por el púrpura me dan la espalda y me condenan a un silencio frío esperando que la presión del mismo me haga cambiar de color.
Palos y más palos. Siempre lo mismo. Cada vez que sucede me dan ganas de saltar al río, no para cruzarlo a nado, sino para descansar en el fondo, lo mismo que cuando me dejo convencer e intento ser esa persona que los demás dicen que hay que ser pero que por más que lo intente no soy. Por suerte e aprendido a sobreponerme de todos esos palos. Cada vez que me deprimo debido a todas estos palos que me lanzan los demás, encuentro salida a mi depresión interna divagando sobre el papel o sobre este blog. Perdón a mis lectores si muy a menudo les sumerjo en este mar de tempestades. Es una de las pocas maneras que conozco para salir a flote.
Todo el mundo debería estudiar psicología y aprender algo de esos profesionales que tan mala prensa tienen a veces, aunque suene raro a fecha de 2008. Ellos sí saben mirar desde los ojos del de enfrente y apoyarle y aconsejarle en sus decisiones sin imponerle o sugerirle otras ideas ajenas. Gracias. Creo que he recibido algunos consejos de valor incalculable.