Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

lunes, 19 de mayo de 2008

Fría lluvia de otoño un mes de mayo

No sabía donde estaba. No recordaba dónde había estado. Miró a su alrededor recogiendo detalles. Sí, era un cementerio. Uno viejo, muy viejo, lleno de tumbas viejas llenas de huesos aún más viejos. La mayoría eran lápidas de piedra labradas a mano, coronadas por desesperados ángeles góticos para espantar a los vivos.
La hiedra y el musgo crecían por doquier, cubriendo tumbas y mausoleos, escalando la vieja tapia de piedra y renredantose en la herrumbrosa verja de la entrada. Había estado lloviendo, el cielo segía cubierto, las nubes de tonos grises dejaban pasar a duras penas un diáfana luz solar que no permitía saber qué hora del día era. El viento, soplando frío arremolinaba hojas caídas, llevándolas de una tumba a otra, arrastrando consigo los susurantes mensajes de los habitantes eternos del camposanto.
Caminó lentamente entre las tumbas, mirando a izquierda y derecha queriendo leer el epitafio de alguna de ellas pero sin atreverse a acercarse y trazar de nuevo con el dedo las letras labradas que el tiempo había borrado lentamente.
Fue entonces cuando le vio. Sentado en una lápida, tres calles más allá, había unhombre vestido de negro. Estaba quieto, con las manos cruzadas, la cabeza gacha. ¿El enterrador? No. Sus ropas estaban gastadas, rozadas. No sabía por qué pero no sentía miedo, lentamente, continuaba su paseo entre las tumbas hacia aquel hombre. El viento le arremolinaba los cabellos lacios, entrando y saliendo del fino vestido de primavera. No sentía frío, tampoco calor, no podía decir nada respecto del clima, de la fragancia del lugar, no sentía su corazón palpitar con fuerza, con miedo, mientras caminaba hacia aquel hombre. Éste levanto lentamente la cabeza al verla llegar mostrando una sonrisa forza.
-Hola, mi chica pálida.-
Era un hombre delgado, de miembros largos y huesudos, facciones marcadas, pelo rizado y sedoso, mojado por la reciente lluvia, y piel pálida, muy pálida. Su rostro era joven, pero en sus descoloridos ojos se adivinaban las historias de muchos años.
-Hola.- La chica se aparto de nuevo el pelo de la cara. Por primera vez se miró a si misma. Llevaba su vestido negro de noche, fragil, vaporosos. Su piel estaba blanca como la leche pero sin ese brillo habitual. Una gota de lluvia calló sobre su brazo. Se extraño. No la sintió, sólo la vio caer, recorrer su brazo y caer aún más abajo.
- Te estaba esperando.- dijo el hombr
-¿A mi?
-No hay nadie más aquí fuera. Nadie más vendrá. No hasta que caiga la noche. Faltan aún varias horas...
-¿Tú eres, estas...?
-¿Muerto? Oh, no más que otros.

El hombre sonrió. La chica volvió a mirarse su pálida piel de marfil apagado y mate. Se tocó un brazo, no para sentir, solo para ver cómo su mano tocaba lentamente su brazo, sin miedo, sin prisa. Miró a los ojos del hombre, haciéndole una pregunta que su garganta se negaba a formular. El hombre del cementrio la miró sabiamente, se levantó de la lápida y dándose media vuelta quedó mirando el gastado epitafio, repasando con los dedos las gastadas letras. La chica estaba ahora a su lado, observando el lento movimiento de la mano del hombre.
-Hace ya tanto tiempo -dijo él-, pero ahora ya no importa, ven mi chica pálida. Te contaré una historia.

"Hace años, más allá de la vieja tapia de este cementerio, allá donde terminan los caminos de cipreses y comienzan los caminos alfrombrados de los vivos, en una vieja ciudad, escondidio en una una vetusta casa en el barrio antiguo vivia un chico. Era un chico feliz, lleno de fantasías, de promesas, también de miedo, valiente en unas cosas, temeroso en otras, como todos los chicos que aún no han dado ese paso hacia la vida aldulta, como todos los adultos que viven sin olvidar a ese chico que fueron.
Todas las noches, sentado junto a la ventana, bajo la ténue luz de una vieja y polvorienta lámpara de araña, se sentaba y tocaba el viejo piano, acariciándolo con los dedos unas veces, golpeándolo con fuerza otras, sacando las más viradas melodías. Tiernas y cálidas, lúgubres también, y llenas de rabia cada vez más amenudo. Tocaba, tocaba, tocaba. Tenía unos dedos largos y ágiles, y muy buen oído.
Tocaba, tocaba, y mientras lo hacía, soñaba. Soñaba viéndose en un gran escenario, con traje de gala, la centelleante luz de las candilejas brillando en sus lustrosos zapatos mientras saludaba al público; soñaba con aquella chica cuyo pelo olía a jazmín y fresas en la biblioteca, con su sonrisa, sus ojos; soñaba que estaba en medio de la plaza de la ciudad, tocando, bailando, mientras el piano, solo, seguía cantando una alegre melodía el se perdía dando vueltas entre parejas y más parejas danzando, envuelto en aromas de jazmín y fresas.
Todos los días, después de la dura jornada, se sentaba, destapaba aquella enorme sonrisa, y acariciandole los dientes le hacía reír. El chico tocaba, tocaba durante horas, y se escapaba volando entre notas, lejos de aquella ciudad, y veía países y gentes bailando al son de su piano.
La gente le miraba de reojo, esperando ver en él esa señal tan madura, tan adulta, tan esperada por muchos. "Eso note va a dar de comer", le decían. "Búscate un trabajo de verdad, vuelve a la realidad". El tocaba, tocaba, tocaba cada vez más fuerte, con más rabia, intentando callar las voces del exterior.
Poco a poco se fue viendo solo. Amigos que cambiaban, amigos que se iban, otros que ya no escuchaban. Quiso salir, quiso buscar otras gentes con oídos más amables, ah, pero el mundo se había vuelto tan curel y despiadado según había ido creciendo y perdiendo su inocencia infantil.
El mundo exterior, libre, se antojaba tan lejano. Las paredes de la habitación eran ahora más cálidas y acogedoras, el piano, los sentimientos, cada vez pesaban más, sus pies eran lentos, sus dedos poco a poco se fueron haciendo más torpes, fueron olvidando como hacer cosquillas al viejo piano.
El día de su trigésimo cumpleaños decidió que ya era demasiado viejo para seguri sus sueños infantiles. Desde una esquina del cuarto observó como sacaba y se llevaban el viejo piano y colocaban en su lugar un metódico escritorio de oficinista. Echó una última mirada al piano mientras sus pies le arrastraban lentamente hacia el aterciopelado escritorio donde día tras día, ordenó y cubrió papeles el resto de su vida.
Sí, y se casó, y tuvo hijos, un coche, dinero, nuevos amigos y viejos amigos reencontrados, con histoiras y risas... y se hizo viejo, enjuto. Se jubiló. Cuentan que pasó sus últimos días sentado en aquel escritorio, con la cabeza erguida, los ojos entreabiertos y una lágrima escapándose mientras sus dedos tamborileaban por el borde del escritorio siguiendo alguna vieja pauta hacía tiempo olvidada".

La chica miró al hombre viejo-joven. Los dedos de este repliqueaban ahora sobre el borde de una tumba. Le delvolvió la mirada y le tomó del brazo, continuando el paseo.
-Sí- le dijo a la chica- ha pasado muco tiempo... Aquí todos hemos muerto dos veces. Primero de jóvenes y luego de viejos. Matamos nuestra alma cuando aún éramos rápidos y estabamos sanos, creyendo que con el cuerpo bastaba, pero el cuerpo se fue estropenado y secando, convirtiéndose en un trasto inútil y ahora no es más que un montón de polvo y hueso debajo de esas lápidas, mientras nuestras almas vagan por este cementerio lamentándose no haber vivido. Allí descansa un niño que quería ser biólogo en el amazonas, aquí un amante de dinosaurios y fantasmas que un día se deshizo de todos su cuentos. Más allá un actor que nunca actuó, y una escritora cuyos cuentos nunca llegaron a salir de ella. Y una chica que quiso vivir viajando pero se conformó con vídeos y postales en el calor de su salón; y ahí un muchacho que disfrutaba con olor de la uva recién pisada pero que acabó rodeado del olor del dinero que ganaba como abogado; y aquí...

Se habían detenido ante una tumba blanca como la cal. Una que aún no había sido decorada con musgo y yedra, cuyo epígrafe aún no había sido borrado por el tiempo pues aún no había sido escrito.
-Aquí quizá labren el nombre de una chica que soñaba con viajar y pintar cuadros vivos en las viejas ciudades de Europa, en las llanuras americanas y las costas alegres de pequeños pueblos olivados del mediterráneo, respiando olores y dándoles color, una chica que pintaba pero abandonó los pinceles y acabó en una facultad estudiando y enseñando lo que pintaban otros...

Una ráfaga de viento enmarañó los cabellos de la chica. Sintió el viento frío golpenándola el rostro, el olor a tierra húmeda del cementerio, las gélidas gotas de la lluvia calándola hasta los huesos, y empezó a llorar. Sus lágrimas resbalaban por las mejillas hasta la comisura de los labios dejándole un regusto salado. Su corazón empezó a latir con fuerza, sentía algo quemándole por dentro.
El chico joven-viejo ya no estaba. Se estremeció y echo a correr, fuera, lejos del cementerio.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Kkko: Otra de tus buenas historias, para variar ;)