Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

jueves, 12 de abril de 2007

En un pueblo sin nombre. Séptima parte.

"A la mañana siguiente desperte un tanto aturdido y fatigado, enseguida recordé dónde estaba y qué había pasado el día anterior, miré mi reloj: las nueve y diez pasadas. Había dormido bastante más de lo que hubiese deseado, mi intención era ver cómo amanecía el pueblo e ir a recojer a Jose a la estación, ahora tenía que pensar en otro plan.
Me acercaría por tu casa, Jose, sí. Era lo mejor que podía hacer, eso, o quedarme esperando como un tonto. A través de los cristales de la puerta del cine pude ver la calle desierta. Decidí equiparme bien antes de salir. Cruzé de una carrera a casa y busque mi vieja mochila de acampada. Metí en ella varias latas de conserva (era lo único comestible que pude encontrar por casa), velas y cerillas a falta de alguna linterna más, la cámara de fotos y una chaqueta. Desde el portal volví a mirar a ambos lados antes de emprezar la marcha. La calle seguía desierta, pero había "algo extraño" en el aire, una tranquilidad especial, no era como el día pasado, no, sentía como si alguien estuviese al acecho, pero no veía a nadie.
Coloqué mi linterna de tubo de acomodador en el bolsillo derecho de mi pantalón, dispuesto a desenfundar como Clint Eastwood y dejar cao al primero que se cruzase en mi camino y comencé a caminar nervioso en dirección a la plaza, apenas había llegado al final de la calle, me di defrente con... ¡Víctor!. Estaba allí quieto, a la vuelta de la esquina. No había nadie más en toda la plaza, él solo, a la vuelta de la esquina, hierático.

Tardé unos segundos en reaccionar, no me había acordado de él. No se por qué pero no había pensando en él. Según nuestras últimas comunicaciones por teléfono antes de fin de curso, yo llegaría el primero. Víctor llegaría un día después al pueblo, es decir, ayer al mediodía en el autobús que viene del pueblo de al lado, pues el expreso no para aquí, pero por alguna razón, no me había acoerdado de él. Pues bien, allí estaba, quieto, como de piedra, a la vuelta de la esquina.

-¡Víctor!- Exclamé con sorpresa.
Él, lentamente, mostró una sonrisa en su cara y dijo inexpresivamente: -hola.
-Dios, que bien que hallas llegado, yo... ¿Cómo...? Quiero decir, cuándo has llegado ¿ayer? Se me pasó del todo, el pueblo, el pueblo, le pasa algo, y tuve un día bastante agetreado, siento no haber ido a buscarte... Pero bueno, dónde..., ¿dónde has estado? ¿escondido? No se si sabes, seguro que si, le pasa algo a la gente del pueblo y...
-Llegué antes de ayer al mediodía- interrumpió secamente Víctor.
-Pero, entonces, cómo no me buscate, yo...
-He sabido perfectamente donde estabas todo el tiempo. No hacía falta ir a buscarte. Ya no. No aquí -dijo Víctor
-No te entiendo, ¿Qué quieres decir con eso?
-Lo sabes perfectamente. Sí. Eso es. Éste es uno de los pueblos elegidos. El lugar del comienzo y del fin. Tú, con tu arrogancia y curiosidad, te resistes. Pobre infeliz. Está comenzando una nueva era. Habrá más como tú, seguro, pero no significáis nada. Tarde o temprano os uniréis. No teneis elección, no hay escapatoria alguna. Ven. Acompáñame.

Victor hizo una larga pausa. Pude ver entonces esa mirada inexpresiva, muerta, la misma mirada que había visto en el resto de personas del pueblo. Hizo un ademán para que le siguiese. Yo quería y no quería seguirle, ¿Era o no era mi amigo? Una parte de mí decía "desenfúnda, ciégale, huye". Finalmente decidí seguirle, necesitaba saber más, aunque fuese peligroso. Nos dirigimos hacia las afueras del pueblo. A nuestro paso, las calles iban cobrando vida, gente aparecía en las puertas de las calles, en los bancos, en las tiendas, parecían surgir de la nada y actuaban como si ya llevasen horas por la calle en plena rutina diaria, todos despreocupados, todos metidos en sus asuntos. Sin embargo, sabía que no eran ellos, y ellos parecían saber que yo lo sabía, tenía la sensación de que al pasar, me seguían mirando por el rabillo del ojo.