Daisy mashipak, kuyaywan.
El sol brillaba con fuerza en lo alto del cielo. Sus rayos calentaban y secaban poco a poco los campos, los arroyos, y los labios de las personas, cada vez más temblorosos y faltos de esperanza. El verano, extendía sus dominios más allá de sus propios meses y amenazaba no irse nunca.
Con una expresión de incertidumbre en su rostro, miraba el yucal próximo a la casa. Su pelo, lacio y negro, cubría a medias su rostro, tostado por el calor del sol durante treinta veranos. "La cosecha se va a echar a perder este año", pensó. El campo estaba seco. El río bajaba sin fuerza, apenas acariciando la tierra. Apartó su vista de la ventana y observó con cariño su vientre, mientras lo acariciaba con ternura. Se había movido.
¿Cuántos, cuantos meses iban ya? Ya faltaba poco, lo sabía, lo sentía, y ese sentimiento le llenaba de alegría y miedo: tanto, tanto tiempo había esperado a esa hija, ahora por fin llegaba, pero ¿por qué ahora? ¿por qué en este tiempo de incertidumbre, de sequía, en el que parece que la esperanza se secaba como se secaban los labios y la piel bajo el fuego del sol de un verano eterno.
Rucumama, siempre ocupada, siempre tranquila, se acercó a su lado y le acarició el cabello:
-Ama manchay, ama wakay. Tamyankariun, tamyankariun...
Los días pasaban lentos, el sol brillaba con fuerza marchitando poco a poco el verdor perenne de la selva. El trabajo parecía haberse vuelto monótono, los pies le dolían y se sentía cansada; en esos momentos, algo en su interior se movía, recordándole que pronto, habría cambios en su vida. Ella, empujada por ese coraje que sólo las madres tiene, continuaba cargando un peso que llevaba con alegría, intentado adivinar el futuro leyendo a través del polvo que cubría carreteras y caminos, de regreso al hogar cada día, siempre pensativa, mirando a través de la ventana de un bus, o de la casa.
-Tamyankariun, tamyankariun... -las palabras de rukumama resonaban en aquellos momentos de incertidumbre, eran un eco sabio que le devolvía de vuelta a la realidad... y la esperanza, sí. la esperanza.
Y el futuro llegó. Fue una noche oscura. Se despertó sobresaltada, sintiendo un dolor nuevo y conocido a la vez en su vientre. Un dolor bueno que le habló en sueños con la voz de rukumama "Rikchariy, rikchariy, uktalla"! El viento, fresco, soplaba con fuerza moviendo los tules del mosquitero, haciendo sonar las hojas de los árboles como campanas que anunciaban una nueva.
La casa se llenó de pronto de vida: luces que se encendían aquí y allá, unos pies que corrían silenciosos trayendo agua caliente, compresas, unas manos cálidas y fuertes, que le cogían con amor de sus manos, unos labios suaves sobre su cabello y su frente, una vida, que se asomaban con fuerza a través de otros labios, esos que también hablan de amor y de vida. De pronto, un último grito, un llanto, un trueno. Una nueva vida, descansaba en los brazos de mamá con los ojos entreabiertos a un nuevo mundo, a la vez de unas débiles gotas de lluvia comenzaba su repiqueteo en el tejado para convertirse poco a poco en un aguacero, inundando los campos de nueva, renacida esperanza.
-Rikuychikchu? Tamyanmi!- Rukumama contemplaba a la recién nacida, mientras comenzaba a cantar una canción que sonaba a lluvia y era tan antigua como la lluvia misma.
Realidad y ficción, una mirada personal al mundo exterior, una puerta de salida para pensamientos atrapados.
El ir y venir luchando por las cosas más queridas, sin bien nos gasta las manos, nos deja abierta la vida.
- Víctor Jara
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sábado, 29 de diciembre de 2012
domingo, 16 de diciembre de 2012
Luz de esperanza
A orillas de un mar en calma,
en un desierto cubierto de luz de luna,
en la selva tropical bajo la lluvia,
en los campos cubieros de nieve blanca;
surge una luz.
En grandes edificios en las ciudades,
en casas humildes de barro y caña,
junto al pastor y el rebaño en las montañas,
entre las rejas y muros de las cárceles;
surge una luz.
En los tristes ojos del desamparado,
en las cálidas manos del que comparte
su casa, su mesa, su suerte,
en las manos cerradas del avaro;
surge una luz.
En la mesa vacía del pobre,
en un corazón repleto de amor,
en aquel que siente un dolor
y para sanarlo su puerta abre;
nace Jesús.

...Feliz navidad a todos...
en un desierto cubierto de luz de luna,
en la selva tropical bajo la lluvia,
en los campos cubieros de nieve blanca;
surge una luz.
En grandes edificios en las ciudades,
en casas humildes de barro y caña,
junto al pastor y el rebaño en las montañas,
entre las rejas y muros de las cárceles;
surge una luz.
En los tristes ojos del desamparado,
en las cálidas manos del que comparte
su casa, su mesa, su suerte,
en las manos cerradas del avaro;
surge una luz.
En la mesa vacía del pobre,
en un corazón repleto de amor,
en aquel que siente un dolor
y para sanarlo su puerta abre;
nace Jesús.
...Feliz navidad a todos...
¿Prácticos o humanos?
Son las nueve y cuarto pasadas. He llegado temprano a la ciudad para hacer papeleo. La última vez me tomó medio día obtener el certificado, así que prefiero ser precavido. Llevo todos los papeles listos, lo primero, al banco a pagar la tasa, que seguro que ya está abierto: rápido sin problemas. Camino en dirección al portal donde esta la oficina oficial a la que voy... 24, 26, 28... he llegado. Me sorprende encontrarme con un local nuevo, en la planta baja, con una puerta automática de cristal tras la cual se encuentra una minúscula sala de espera: una decena de las típicas sillas-banco, un tablón de anuncios colmado de información, una máquina expendedora de turnos y su apéndice: la pantalla de luces rojas donde van desfilando los turnos. No hay nadie, eligo mi opción, sale mi turno impreso en papel y casi al instante sale mi número en la pantalla de letras rojas. Por otra puerta automática de cristal entro en una oficina más o menos grande, dividida en multitud de puestos de atención independientes, separados entre ellos por biombos de cristal traslúcido de media altura, todos con su ordenador, su impresora, su teléfono y su componente humano.
-Buenos días, vengo por un certificado -no se porqué me molesto en decirlo, pues ya lo sabe, el sistema le a transmitido la orden que yo elegí al poner mi dedo en la máquina de turnos-.
-Déjeme los papeles y su DNI.
Se lo entrego todo. Los mira, teclea. Sale un papel, le da la vuelta y lo vuelve a introducir en la máquina. Descuelga el teléfono y dice directamente "necesito una autorización". La impresora se demora más de lo normal. Comentario al uso y mirada nerviosa al usuario que espera. Pocos segundos después:
-Aquí tiene su certificado.
-¿Esto es todo? ¿No tengo que hacer nada más?
-Eso es todo.
-Gracias.
Salgo del local un tanto incrédulo. Camino por las calle un tanto desconcertado, miro el relog y empiezo a pensar qué hacer. ¡15 minutos, a lo sumo me ha llevado unos 15 o 25 minutos el trámite, si sumo el tiempo que estuve en el banco, y eso porque la cajera del banco estaba ocupada cuando entre! ¿Y ahora qué hago? Yo contaba con echar la mañana en la ciudad... y encima ahora parece que quiere empezar a llover.
Decido aprovechar, y, a pear de la lluvia caminar un rato por la ciudad... el centro es peatonal, hay edificios antiguos, la catedral... si se pone a llover, corro a la estación de bus y leo un libro. Mientras paseo, pienso en la última vez que hice el mismo trámite. En la misma ciudad, más o menos a la misma hora, pero hace 4 años. Entonces la oficina estaba en un primer piso o una entreplanta, me costó encontrarla porque el letrero en el portal del edificio no se veía bien desde lejos. Una vez dentro, en un piso, un recibidor con un enorme mostrador de madera, tras el, varios funcionarios trabajando en diversas mesas y dos llendo y viniendo del mostrador, atendiendo a las personas. Se va la persona que estaba delante de mí y un simpático hombre de mediana edad, pelo gris, jersey camisa de cuadros asomándole por el cuello, me pregunta que quiero.
-Un certificado.
-¿Un certificado? A ver, déjame los papeles, el carnet... Ah, veo que ya fuiste el banco. ¿Y el certificado, para qué lo quieres? -No tiene necesidad de preguntar eso, está en los papeles, pero le gusta dar conversación-
-Me voy al estranjero, a Ecuador, de voluntario.
El hombre sonrie.
-¿Voluntarío? ¿Y voluntario en qué exacatamente?
-Me voy de profesor a la selva.
-¡Vaya hay que ser valiente!. Se de la vuelta y se pierde entre las mesas. A los pocos minutos aparece con mi certificado.
-Toma ya está. Ahora tienes que irte al tribuna a que te pongan la apostilla. ¿No eres de aquí verdad? Mira, está cerca de aquí, sales por la puerta y a la derecha todo recto. Es un edificio antiguo, ese que tienes en la foto en ese cuadro.
El hombres señala un cuadro en la pared de la sala. Recién me doy cuenta de que la oficina está decorada con cuadros con fotos de varios edificios históricos de la ciudad. Conozco algunos, incluído el que alberga el tribunal.
-Gracías, sí, creo que ya se donde és.
-Bueno, que te vaya bien, y suerte.
Dí con el tribunal rápido. Vaya edificio. Un antiguo palacio que ahora alberga dentro oficinas públicas. Es una buena manera de mantener edificios patrimoniales. Un guardia civil estaba abosrto sentado al lado del escaner de seguridad. Le saludo y empiezo a vaciar mis bolsillos de monedas, llaves, el móvil. El guardia sonrie:
-Déjalo, déjalo. ¿Donde vás?
-A que me ponga la apostilla en este certificado
-Venga pasa, en el primer piso, justo aquella puerta entreabierta de allí. -Señala con el dedo al segundo piso, justo enfrete el escaner de seguridad, al otro lado del patio cubierto que ocupa el centro del edificio.
En la oficina de las apostillas, me reciben los papeles y me dicen que vuelva al día siguiente. Le explico que vengo de fuera, y que le agradecería mucho si me lo pueden entregar hoy.
-Hoy... El secretario está en una reunión... Bueno, vente después de la una.
Salgo del edificio un tanto molesto. Son así como las 10 y media de la mañana y tengo que esperar ¡hasta la una! Ya me tocó almorzar en la ciudad. En fin, no quedaba otra. Pasee, miré escaparates, revolví en una tienda de discos, comí algo, y a la una pasé a recoger mi certificado sellado, que ya estaba listo.
Hace cuatro años maldije a aquel secretario que debía firmar apostillas velocidad de una a la hora, y volví a quejarme, una vez más, de la maldita burocracía. Hoy, añoro a aquellas personas tan tradicionales, tan humanas, tan españolas quizás, qué, quizá se demoraban un poco más en dar los papeles, pero le hacían sentirse a uno como en casa. Y sin embargo, siento también que me atrapa alguno de los tentáculos de la vida práctima y me dice "pero lo que importa es el certificado, ahora es automático, imagínate que te hubieran hecho esperar un día entero".
Camino por rápido por la calle rumbo a la estación porque parece que la lluvia quiere arreciar, mientras mis pensamientos, dan vueltas sobre cuál modelo de atención es mejor, el de ahora o el de antes, para desparecer ante la preumra del aguacero y la hora de salida del autobús.
-Buenos días, vengo por un certificado -no se porqué me molesto en decirlo, pues ya lo sabe, el sistema le a transmitido la orden que yo elegí al poner mi dedo en la máquina de turnos-.
-Déjeme los papeles y su DNI.
Se lo entrego todo. Los mira, teclea. Sale un papel, le da la vuelta y lo vuelve a introducir en la máquina. Descuelga el teléfono y dice directamente "necesito una autorización". La impresora se demora más de lo normal. Comentario al uso y mirada nerviosa al usuario que espera. Pocos segundos después:
-Aquí tiene su certificado.
-¿Esto es todo? ¿No tengo que hacer nada más?
-Eso es todo.
-Gracias.
Salgo del local un tanto incrédulo. Camino por las calle un tanto desconcertado, miro el relog y empiezo a pensar qué hacer. ¡15 minutos, a lo sumo me ha llevado unos 15 o 25 minutos el trámite, si sumo el tiempo que estuve en el banco, y eso porque la cajera del banco estaba ocupada cuando entre! ¿Y ahora qué hago? Yo contaba con echar la mañana en la ciudad... y encima ahora parece que quiere empezar a llover.
Decido aprovechar, y, a pear de la lluvia caminar un rato por la ciudad... el centro es peatonal, hay edificios antiguos, la catedral... si se pone a llover, corro a la estación de bus y leo un libro. Mientras paseo, pienso en la última vez que hice el mismo trámite. En la misma ciudad, más o menos a la misma hora, pero hace 4 años. Entonces la oficina estaba en un primer piso o una entreplanta, me costó encontrarla porque el letrero en el portal del edificio no se veía bien desde lejos. Una vez dentro, en un piso, un recibidor con un enorme mostrador de madera, tras el, varios funcionarios trabajando en diversas mesas y dos llendo y viniendo del mostrador, atendiendo a las personas. Se va la persona que estaba delante de mí y un simpático hombre de mediana edad, pelo gris, jersey camisa de cuadros asomándole por el cuello, me pregunta que quiero.
-Un certificado.
-¿Un certificado? A ver, déjame los papeles, el carnet... Ah, veo que ya fuiste el banco. ¿Y el certificado, para qué lo quieres? -No tiene necesidad de preguntar eso, está en los papeles, pero le gusta dar conversación-
-Me voy al estranjero, a Ecuador, de voluntario.
El hombre sonrie.
-¿Voluntarío? ¿Y voluntario en qué exacatamente?
-Me voy de profesor a la selva.
-¡Vaya hay que ser valiente!. Se de la vuelta y se pierde entre las mesas. A los pocos minutos aparece con mi certificado.
-Toma ya está. Ahora tienes que irte al tribuna a que te pongan la apostilla. ¿No eres de aquí verdad? Mira, está cerca de aquí, sales por la puerta y a la derecha todo recto. Es un edificio antiguo, ese que tienes en la foto en ese cuadro.
El hombres señala un cuadro en la pared de la sala. Recién me doy cuenta de que la oficina está decorada con cuadros con fotos de varios edificios históricos de la ciudad. Conozco algunos, incluído el que alberga el tribunal.
-Gracías, sí, creo que ya se donde és.
-Bueno, que te vaya bien, y suerte.
Dí con el tribunal rápido. Vaya edificio. Un antiguo palacio que ahora alberga dentro oficinas públicas. Es una buena manera de mantener edificios patrimoniales. Un guardia civil estaba abosrto sentado al lado del escaner de seguridad. Le saludo y empiezo a vaciar mis bolsillos de monedas, llaves, el móvil. El guardia sonrie:
-Déjalo, déjalo. ¿Donde vás?
-A que me ponga la apostilla en este certificado
-Venga pasa, en el primer piso, justo aquella puerta entreabierta de allí. -Señala con el dedo al segundo piso, justo enfrete el escaner de seguridad, al otro lado del patio cubierto que ocupa el centro del edificio.
En la oficina de las apostillas, me reciben los papeles y me dicen que vuelva al día siguiente. Le explico que vengo de fuera, y que le agradecería mucho si me lo pueden entregar hoy.
-Hoy... El secretario está en una reunión... Bueno, vente después de la una.
Salgo del edificio un tanto molesto. Son así como las 10 y media de la mañana y tengo que esperar ¡hasta la una! Ya me tocó almorzar en la ciudad. En fin, no quedaba otra. Pasee, miré escaparates, revolví en una tienda de discos, comí algo, y a la una pasé a recoger mi certificado sellado, que ya estaba listo.
Hace cuatro años maldije a aquel secretario que debía firmar apostillas velocidad de una a la hora, y volví a quejarme, una vez más, de la maldita burocracía. Hoy, añoro a aquellas personas tan tradicionales, tan humanas, tan españolas quizás, qué, quizá se demoraban un poco más en dar los papeles, pero le hacían sentirse a uno como en casa. Y sin embargo, siento también que me atrapa alguno de los tentáculos de la vida práctima y me dice "pero lo que importa es el certificado, ahora es automático, imagínate que te hubieran hecho esperar un día entero".
Camino por rápido por la calle rumbo a la estación porque parece que la lluvia quiere arreciar, mientras mis pensamientos, dan vueltas sobre cuál modelo de atención es mejor, el de ahora o el de antes, para desparecer ante la preumra del aguacero y la hora de salida del autobús.
jueves, 29 de noviembre de 2012
Fue hace mucho tiempo
Un leve zumbido casi imperceptible recorría la habitación. El sistema estaba conetctado. El cuarto esperaba, tranquilo, las órdenes de su maestro. Las paredes, el techo, el piso, emitían la diáfana luz blanca de la espera.
Jorge entró el cuarto con aire cansado, absorto en si mismo, ausente del cuearto, se sentó en el sillón reclinable que esperaba vacío en el centro de la habitación. Se dejó recostar léntamente sobre él, la cabeza en apoyada en el respaldo y las manos sobre los brazos articulados del sillón. Poco a poco, el sillón fue reclinándose hasta quedar casi horizontal. Uno suabes guatnes recubrieron las manos de Jorge mientras un caso plástico flexible se ajustaba suavemente a su cabeza. Cerró unos segundo los ojos, aunque sabía que no era necesario. ¿Qué sería hoy? Su mente penso y eligió: bosque, río, naturaleza.
En unos instantes estuvo caminando por la orilla de un río en un bosque, escuchando el sonido de los insectos y los pájaros. Le encantaban las salidas a la naturaleza, sentir las hojas, el viento, el agua del río fresca en sus pies. Unos días iba al desierto, otros a la tundra, otros aunas altas montañas nevadas. Su mente le llevaba y le traía. Otras veces caminaba por antiguas ciudades y civilizaciones pasadas, pero sus viajes favorios eran a la naturaleza. Pensaba que era así por fue esa la primera experiencia que tuvo, cuando, siendo a penas un bebé de unos meses, conectado al sistema de sus padres, había descansado en un lecho de frescas hojas cercano a un río. Desde entonces, esos paseso por la naturaleza, especialmente por un río en el bosque, habían sido sus favoritos. Recordaba como, en la escuela, cuando aprendía a manejar el sistema, y el profesor les invitaba a viajar a distintos lugares, tiempos y realidades, él siempre cerraba los ojos y dejaba que el pensamiento del blosque y el río fluyese en él; para enfado del profesor, claro.
Llevaba ya aproximadamente dos horas caminando porla orilla del río, empezaba a sentir cierto cansacio agradable y un poco de hambre: era hora de regresar. Se sentó tranquilament en la orilla, comenzó a acariciar una hoja seca de arbol, luego la solto, se recostó, cerró los ojos, y a los pocos segundos su pensamiento quedó en blanco. El sistema leyó su pensamiento y le devolvió a la realidad.
Descansado, Jorge se levantó del sillón y salío lentamente del cuarto. Su apartamento, como todos de la ciudad, era un cubo dividido en varias habitaciones cuadradas de mayor o menor tamaño. Entró en la cocina. Las luces parpadeantes del horno le indicaban que la cena ya estaba lista: abrió la puerta y sacó una bandeja individual que colocó sobre una pequeña mesa que había pegada a una de las paredes. Automáticamente, un asiento surgió de uno de los extremos de la mesa. Jorge se sentó y comenzó a comer lentamente. Se quedó pensativo unos segundos mirando la blanca pared de la concia. ¿Por qué la había cambiado a blanco? Parecía un quirófano. Se levantó, tecleó en una pequeña pantalla táctil a un lado de la puerta y al instante la cocina quedó pintada de color azul con motivos de hojras y flores amarillas. Así estaba mucho mejor.
Terminada la cena, depositó la bandeja sobre el aparato lavaplatos y salío de la concia dejando tras de sí el leve zumbido de los electrodomésticos. Era ya tarde. Entró en el dormitorio, encendió únicamente la luz de la cabecera de la cama, se quitó el traje autoajustable, se cambió de ropa interior, arrojó toda la ropa usada por la abertura del departamento de limpieza, y se metió en la cama.
A las 7:00 el zumbido del desperdador le sacó de su descanso. La luz del dormitorio eraahora cálida e intensa, pero sin molestar a la vista.. Se levantó y fue directo al baño contigüo, se dió una ducha, se puso un nuevo traje autoajustable y se dirigió a la cocina. El desayuno estaba ya listo, apuró el capfe´, se levantó, colocó todo en el aparato lavaplatos, recogió su ID, y salío de la casa.
La gran galería 95-J tenía hoy un color extraño. La luz del techo era un tanto anormal. Debían estar haciendo alguna corrección en el filtro solar ultravioleta. Indiferente, caminó unos pasos alfrente y espero a que se detuviese el siguiente monorail que recorría la avenida. Como si fuese un ritual, decenas de vecinos se fueron ubicando a su izquierda y derecha, esperando.
Por fin llegó el monorrail. Jorge ocupó su asiento, y se sentó indiferente con la mirada perdida. Cinco paradas después, caminó a un ascensor, descendió 7 plantas y tomó otro monorail hasta la avenida 82-W. Entró en las oficinas del Registro Ciudadano Universal, deslizó su ID por el lector de la puerta de personal, la cual se abrió automáticamente, y caminó hasta su puesto: 778-I. Cada puesto era un pequeño cubo de cristal traslúcido con una cómoda silla y una gran pantalla táctil que cubría todo un lateral del cubículo. La pantalla táctil detectó las huellas dactilares de Jorge e inició el sistema.
Había ya varias peticiones de información de distintos ministerios y empresas. Comenzó poco a poco atenderlas. Llevaba ya una hora trabajando cuando empezó a tener problemas con varias fichas de ciudadanos de la serie XJR: le llegaban datos fragmentados. Despues de mucho teclear, logro completar prácticamente todas las fichas. Dejó un mensaje para el servicio de mantenimiento sobre errores en el servidor A76WY2, y las fichas incompletas en turno de espera. A los pocos segundos la ficha correspondiente al sujeto JW0087657422, empezó a parpadear resaltada de color rojo. Por lo visto, la información de ese sujeto era muy urgente. Chequeó los avisos del servicio técnico: aún no había confirmación sobre el estado del servidor. No obstante, intentó de nuevo recabar la información del sujeto. Nada, imposible, sólo mensajes de error del servidor.
Reportó la incidencia y sigió trabajando. La luz roja parpadeó de nuevo a los pocos minutos: JW0087657422-URGENTE. Ahora la orden venía directametne del coodinador general de su sección. Jorge entró en el chat y explicó personalmente los inconvenientes. A los pocos minutos recibió la respuesta:
CONFIRMADO. SERVIDOR DAÑADO. REPARACIÓN EN 16 HORAS. NO OBSTANTE, INFORMACIÓN JW0087657422 DEBE SER ENVIADA AHORA. ACUDA ARCHIVO 1008-P. PRIORIDAD ABSOLUTA.
Ya le había sucedido antes. Servidor dañado, acceso a microfilms originales. Le llevaría unos 15 minutos de monorail llegar hasta el archivo. Buscó la dirección del archvivo en la pantalla y comprobó que 1008-P no arrojaba ningún resultado en el directorio de archivos de microfilms. Introudjo la referencia en el sistema de búsqueda avanzada. A los pocos segundos, la pantalla pidió su identificación dactilar. Solía suceder en caso de datos con cierta confidencialidad especial. Colocó su mano, y al instante vió la dirección del archivo: AVENIDA 16-A. Estaba algo más lejos de lo que imaginaba. De hecho, nunca antes había descendido por debajo del nivel 30. Sin más esperas, cerró sesión en el sistema y se dirigió al monorail.
Cuando llegó a la avenida 16-A le llamó la atención la poca actividad de personas y el escaso tráfico de monorailes que habia en ella. Sebajó del monorail en la puerta 1008-P. Ubicó su ID en el lector y entro. Se sorperendió al encontrarse sólo con una pantalla táctil y una puerta de seguridad cerrada y sin lector de ID. Colocó su mano en la pantalla táctil. A los pocos segundos aparecieron en la pantalla las instrucciones:
PASILLO 5, FILA 18, EST. 3, CARP. 2-II. Clasificado 1663, microfilmar y llevar microfilm a 1623-M.
Pulsó en Ok, y un pequeño escaner de microfilmar surgió de una gaveta empotrada en la pared de la izquierda. Al retirar el aparato, la puerta de seguridad se abrió.
Jorge se detuvo unos instantes en el umbral. Aquello era... un archivo con documentos originales, sin microfilmar. Creía que todo habia sido microfilmado hacía muchos, muchos años. Entró con cierto nerviosismo. Nunca había manejado documentos, nunca había microfilmado nada, auqneue era obvio que el funcionamiento del aparato era bien sencillo.
Aquello era algo diferente: tener que caminar entre aquellos estantes repletos de carpetas selladas... Sentía una sensación extraña, un miedo... ¿Miedo a qué, a documentos antiguos? se dijo a sí mismo. Llegó a su destino: Pasillo 5, Fila 18, estante 3, Carpeta 2-II. Sintió que la mano le flaqueaba mientras tomaba la capeta. La abrió lentamente, con miedo a dañarla o a que algo extraño hubiese en su interior; extrajo con cuidado el expediente y empezó a microfilmarlo. La tarea resultaba facil: las hojas plásticas estaban en buen estado. Le pareció chistoso encontrarse con esas hojas. Aquel efímero invento de las hojas plásticas sintéticas como sustituto del papel: lo habia estudiado en clase de historia en la escuela... Que estupidez: sólo por no saltar directamente y de una vez por todas al mundo digital: no había ya árboles, no había papel, y se les ocurrió inventar las hojas plásticas. Sólo unos renegados retrógrados podían haber inventado eso, y por eso duró tan poco tiempo la tontería.
De repente, al pasar las hojas, una pequeña funda plástica se desprendió de una de las hojas. Se agachó a recogerla y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo cuando vió us contenido: hojas, pétalos del flores, secos, guardados ahí durante... ¿cuánto, 200 años o más? Todo el mundo sabia que no había plantas de hacía siglos, a nadie le importaba ya, pero... Sintió una sensación extraña. Y si... porqué no... Lentamente abrió la funda, sacó una de las hojas secas y empezó a acariciarla. se estrmeció, sintió un nudo en su garganta y empezó a llorar. Cientos, miles de veces había viajado en el sistema al bosqu, habia tocado, sentido, saboreado las hojas, las flores, verdes, secas, las había arrancado con sus propias manos..., pero el tacto de aquella hoja seca consu mano le transmitía algo más, era, era, ¿más real? ¿Cómo podía ser? ¿A caso no era perfecto el sistema? Y sin embargo, el tacto, el olor de aquella hoja...
Vació el contenido dela funda, y, se sentó en el suelo, tocando, oliendo, pasando por su rostro y sus laios aquellas hojas y pétalos secos mientras las lágrimas le caían por el rostro.
Jorge entró el cuarto con aire cansado, absorto en si mismo, ausente del cuearto, se sentó en el sillón reclinable que esperaba vacío en el centro de la habitación. Se dejó recostar léntamente sobre él, la cabeza en apoyada en el respaldo y las manos sobre los brazos articulados del sillón. Poco a poco, el sillón fue reclinándose hasta quedar casi horizontal. Uno suabes guatnes recubrieron las manos de Jorge mientras un caso plástico flexible se ajustaba suavemente a su cabeza. Cerró unos segundo los ojos, aunque sabía que no era necesario. ¿Qué sería hoy? Su mente penso y eligió: bosque, río, naturaleza.
En unos instantes estuvo caminando por la orilla de un río en un bosque, escuchando el sonido de los insectos y los pájaros. Le encantaban las salidas a la naturaleza, sentir las hojas, el viento, el agua del río fresca en sus pies. Unos días iba al desierto, otros a la tundra, otros aunas altas montañas nevadas. Su mente le llevaba y le traía. Otras veces caminaba por antiguas ciudades y civilizaciones pasadas, pero sus viajes favorios eran a la naturaleza. Pensaba que era así por fue esa la primera experiencia que tuvo, cuando, siendo a penas un bebé de unos meses, conectado al sistema de sus padres, había descansado en un lecho de frescas hojas cercano a un río. Desde entonces, esos paseso por la naturaleza, especialmente por un río en el bosque, habían sido sus favoritos. Recordaba como, en la escuela, cuando aprendía a manejar el sistema, y el profesor les invitaba a viajar a distintos lugares, tiempos y realidades, él siempre cerraba los ojos y dejaba que el pensamiento del blosque y el río fluyese en él; para enfado del profesor, claro.
Llevaba ya aproximadamente dos horas caminando porla orilla del río, empezaba a sentir cierto cansacio agradable y un poco de hambre: era hora de regresar. Se sentó tranquilament en la orilla, comenzó a acariciar una hoja seca de arbol, luego la solto, se recostó, cerró los ojos, y a los pocos segundos su pensamiento quedó en blanco. El sistema leyó su pensamiento y le devolvió a la realidad.
Descansado, Jorge se levantó del sillón y salío lentamente del cuarto. Su apartamento, como todos de la ciudad, era un cubo dividido en varias habitaciones cuadradas de mayor o menor tamaño. Entró en la cocina. Las luces parpadeantes del horno le indicaban que la cena ya estaba lista: abrió la puerta y sacó una bandeja individual que colocó sobre una pequeña mesa que había pegada a una de las paredes. Automáticamente, un asiento surgió de uno de los extremos de la mesa. Jorge se sentó y comenzó a comer lentamente. Se quedó pensativo unos segundos mirando la blanca pared de la concia. ¿Por qué la había cambiado a blanco? Parecía un quirófano. Se levantó, tecleó en una pequeña pantalla táctil a un lado de la puerta y al instante la cocina quedó pintada de color azul con motivos de hojras y flores amarillas. Así estaba mucho mejor.
Terminada la cena, depositó la bandeja sobre el aparato lavaplatos y salío de la concia dejando tras de sí el leve zumbido de los electrodomésticos. Era ya tarde. Entró en el dormitorio, encendió únicamente la luz de la cabecera de la cama, se quitó el traje autoajustable, se cambió de ropa interior, arrojó toda la ropa usada por la abertura del departamento de limpieza, y se metió en la cama.
A las 7:00 el zumbido del desperdador le sacó de su descanso. La luz del dormitorio eraahora cálida e intensa, pero sin molestar a la vista.. Se levantó y fue directo al baño contigüo, se dió una ducha, se puso un nuevo traje autoajustable y se dirigió a la cocina. El desayuno estaba ya listo, apuró el capfe´, se levantó, colocó todo en el aparato lavaplatos, recogió su ID, y salío de la casa.
La gran galería 95-J tenía hoy un color extraño. La luz del techo era un tanto anormal. Debían estar haciendo alguna corrección en el filtro solar ultravioleta. Indiferente, caminó unos pasos alfrente y espero a que se detuviese el siguiente monorail que recorría la avenida. Como si fuese un ritual, decenas de vecinos se fueron ubicando a su izquierda y derecha, esperando.
Por fin llegó el monorrail. Jorge ocupó su asiento, y se sentó indiferente con la mirada perdida. Cinco paradas después, caminó a un ascensor, descendió 7 plantas y tomó otro monorail hasta la avenida 82-W. Entró en las oficinas del Registro Ciudadano Universal, deslizó su ID por el lector de la puerta de personal, la cual se abrió automáticamente, y caminó hasta su puesto: 778-I. Cada puesto era un pequeño cubo de cristal traslúcido con una cómoda silla y una gran pantalla táctil que cubría todo un lateral del cubículo. La pantalla táctil detectó las huellas dactilares de Jorge e inició el sistema.
Había ya varias peticiones de información de distintos ministerios y empresas. Comenzó poco a poco atenderlas. Llevaba ya una hora trabajando cuando empezó a tener problemas con varias fichas de ciudadanos de la serie XJR: le llegaban datos fragmentados. Despues de mucho teclear, logro completar prácticamente todas las fichas. Dejó un mensaje para el servicio de mantenimiento sobre errores en el servidor A76WY2, y las fichas incompletas en turno de espera. A los pocos segundos la ficha correspondiente al sujeto JW0087657422, empezó a parpadear resaltada de color rojo. Por lo visto, la información de ese sujeto era muy urgente. Chequeó los avisos del servicio técnico: aún no había confirmación sobre el estado del servidor. No obstante, intentó de nuevo recabar la información del sujeto. Nada, imposible, sólo mensajes de error del servidor.
Reportó la incidencia y sigió trabajando. La luz roja parpadeó de nuevo a los pocos minutos: JW0087657422-URGENTE. Ahora la orden venía directametne del coodinador general de su sección. Jorge entró en el chat y explicó personalmente los inconvenientes. A los pocos minutos recibió la respuesta:
CONFIRMADO. SERVIDOR DAÑADO. REPARACIÓN EN 16 HORAS. NO OBSTANTE, INFORMACIÓN JW0087657422 DEBE SER ENVIADA AHORA. ACUDA ARCHIVO 1008-P. PRIORIDAD ABSOLUTA.
Ya le había sucedido antes. Servidor dañado, acceso a microfilms originales. Le llevaría unos 15 minutos de monorail llegar hasta el archivo. Buscó la dirección del archvivo en la pantalla y comprobó que 1008-P no arrojaba ningún resultado en el directorio de archivos de microfilms. Introudjo la referencia en el sistema de búsqueda avanzada. A los pocos segundos, la pantalla pidió su identificación dactilar. Solía suceder en caso de datos con cierta confidencialidad especial. Colocó su mano, y al instante vió la dirección del archivo: AVENIDA 16-A. Estaba algo más lejos de lo que imaginaba. De hecho, nunca antes había descendido por debajo del nivel 30. Sin más esperas, cerró sesión en el sistema y se dirigió al monorail.
Cuando llegó a la avenida 16-A le llamó la atención la poca actividad de personas y el escaso tráfico de monorailes que habia en ella. Sebajó del monorail en la puerta 1008-P. Ubicó su ID en el lector y entro. Se sorperendió al encontrarse sólo con una pantalla táctil y una puerta de seguridad cerrada y sin lector de ID. Colocó su mano en la pantalla táctil. A los pocos segundos aparecieron en la pantalla las instrucciones:
PASILLO 5, FILA 18, EST. 3, CARP. 2-II. Clasificado 1663, microfilmar y llevar microfilm a 1623-M.
Pulsó en Ok, y un pequeño escaner de microfilmar surgió de una gaveta empotrada en la pared de la izquierda. Al retirar el aparato, la puerta de seguridad se abrió.
Jorge se detuvo unos instantes en el umbral. Aquello era... un archivo con documentos originales, sin microfilmar. Creía que todo habia sido microfilmado hacía muchos, muchos años. Entró con cierto nerviosismo. Nunca había manejado documentos, nunca había microfilmado nada, auqneue era obvio que el funcionamiento del aparato era bien sencillo.
Aquello era algo diferente: tener que caminar entre aquellos estantes repletos de carpetas selladas... Sentía una sensación extraña, un miedo... ¿Miedo a qué, a documentos antiguos? se dijo a sí mismo. Llegó a su destino: Pasillo 5, Fila 18, estante 3, Carpeta 2-II. Sintió que la mano le flaqueaba mientras tomaba la capeta. La abrió lentamente, con miedo a dañarla o a que algo extraño hubiese en su interior; extrajo con cuidado el expediente y empezó a microfilmarlo. La tarea resultaba facil: las hojas plásticas estaban en buen estado. Le pareció chistoso encontrarse con esas hojas. Aquel efímero invento de las hojas plásticas sintéticas como sustituto del papel: lo habia estudiado en clase de historia en la escuela... Que estupidez: sólo por no saltar directamente y de una vez por todas al mundo digital: no había ya árboles, no había papel, y se les ocurrió inventar las hojas plásticas. Sólo unos renegados retrógrados podían haber inventado eso, y por eso duró tan poco tiempo la tontería.
De repente, al pasar las hojas, una pequeña funda plástica se desprendió de una de las hojas. Se agachó a recogerla y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo cuando vió us contenido: hojas, pétalos del flores, secos, guardados ahí durante... ¿cuánto, 200 años o más? Todo el mundo sabia que no había plantas de hacía siglos, a nadie le importaba ya, pero... Sintió una sensación extraña. Y si... porqué no... Lentamente abrió la funda, sacó una de las hojas secas y empezó a acariciarla. se estrmeció, sintió un nudo en su garganta y empezó a llorar. Cientos, miles de veces había viajado en el sistema al bosqu, habia tocado, sentido, saboreado las hojas, las flores, verdes, secas, las había arrancado con sus propias manos..., pero el tacto de aquella hoja seca consu mano le transmitía algo más, era, era, ¿más real? ¿Cómo podía ser? ¿A caso no era perfecto el sistema? Y sin embargo, el tacto, el olor de aquella hoja...
Vació el contenido dela funda, y, se sentó en el suelo, tocando, oliendo, pasando por su rostro y sus laios aquellas hojas y pétalos secos mientras las lágrimas le caían por el rostro.
Las estrellas
Hay algo mágico en las estrellas
me lo pregunto esta noche mientras las miro
y siento como un aire especial entra en mi
y se me erizan los pelos del cuerpo
y sueño llegar alto y volar y ver gentes
que como yo viven y sueñan despiertos.
Hay algo mágico en las estrellas
ahora estoy seguro mientras las miro
y siento como mis penas
mis despesperos diarios y las cadenas
que me encierran en un mundo opaco
se rompen, y libre vuelo, y pienso
que nada es imposible, no hay quimeras.
¿Es esa la magia de las estrellas,
abrir nuestra mente a lo imposible
al tiempo cambiante que no rigen
las matemáticas y el hombre,
donde las penas a nadie afligen
que risa y llanto son parte
de la vida que eterna centellea.
Y me pregunto entonces porqué
no miramos todas las noches a las estrellas
si ellas son el aliento de nuestros sueños
si ellas hacen posibles utopias
y nos llevan a volar más alto que ellas.
Veo entonces a un hombre
abosrto en si mismo, encerrado
en cuatro paredes que dicen perfectas
enciende luces y construye techos
ensombreciendo con su arrogancia
la luz de las estrellas.
En las ciudades, en barrios muertos
y silenciosos, o en lugares llenos
del bullicio de muscia y coches,
en noches de mil colores, de neon
y otros gases oscuros y no tan nobles
el hombre ya no sueña, hoy solo
construye ficciones con lodo
que una lluvia ácida borra cayendo
desde unas nuves oscuras que ocultan
la luz de la luna y las estrellas.
El hombre abre paraguas, de acero
y telas sintéticas, y trabaja con celo
para mantener en pie un mundo
construido a su imagen y semenza
y a él vivo dentro, cambiando tuercas
aprentando tornillos, donde la ley cuadrada
sólo sabe de cifras y recursos
y a borrado del diccionario la esperanza.
Sin embargo arriba a un quedan
unas gotas de esa verdad eterna
esperanza centelleante que las estrellas
guiñando los ojos a un lazan
a una tierra poblada de criaturas
que su cabeza alzan y avanzan
demasiado orgullosos y ocupados
sin darse cuenta de que la meta
no es ser más altos y brillantes
que las estrellas, sino caminar alegres
alumbrados por la luz de luna
Y que los sueños descansan
sonrientes en una cuna
o en besos que sacia la sed
de dos labios que se juntan
cubiertos de polvo de estrellas.
me lo pregunto esta noche mientras las miro
y siento como un aire especial entra en mi
y se me erizan los pelos del cuerpo
y sueño llegar alto y volar y ver gentes
que como yo viven y sueñan despiertos.
Hay algo mágico en las estrellas
ahora estoy seguro mientras las miro
y siento como mis penas
mis despesperos diarios y las cadenas
que me encierran en un mundo opaco
se rompen, y libre vuelo, y pienso
que nada es imposible, no hay quimeras.
¿Es esa la magia de las estrellas,
abrir nuestra mente a lo imposible
al tiempo cambiante que no rigen
las matemáticas y el hombre,
donde las penas a nadie afligen
que risa y llanto son parte
de la vida que eterna centellea.
Y me pregunto entonces porqué
no miramos todas las noches a las estrellas
si ellas son el aliento de nuestros sueños
si ellas hacen posibles utopias
y nos llevan a volar más alto que ellas.
Veo entonces a un hombre
abosrto en si mismo, encerrado
en cuatro paredes que dicen perfectas
enciende luces y construye techos
ensombreciendo con su arrogancia
la luz de las estrellas.
En las ciudades, en barrios muertos
y silenciosos, o en lugares llenos
del bullicio de muscia y coches,
en noches de mil colores, de neon
y otros gases oscuros y no tan nobles
el hombre ya no sueña, hoy solo
construye ficciones con lodo
que una lluvia ácida borra cayendo
desde unas nuves oscuras que ocultan
la luz de la luna y las estrellas.
El hombre abre paraguas, de acero
y telas sintéticas, y trabaja con celo
para mantener en pie un mundo
construido a su imagen y semenza
y a él vivo dentro, cambiando tuercas
aprentando tornillos, donde la ley cuadrada
sólo sabe de cifras y recursos
y a borrado del diccionario la esperanza.
Sin embargo arriba a un quedan
unas gotas de esa verdad eterna
esperanza centelleante que las estrellas
guiñando los ojos a un lazan
a una tierra poblada de criaturas
que su cabeza alzan y avanzan
demasiado orgullosos y ocupados
sin darse cuenta de que la meta
no es ser más altos y brillantes
que las estrellas, sino caminar alegres
alumbrados por la luz de luna
Y que los sueños descansan
sonrientes en una cuna
o en besos que sacia la sed
de dos labios que se juntan
cubiertos de polvo de estrellas.
Tiempo ordinario
(Debió aparecer hace varios días, pero un rayo quemó cierto aparatito y nos volvió a dejar incomunicados en medio de la selva. No me quejo, estuvo bien desconectar una semana... La madre naturaleza sigue siendo sabia y cuidando de sus hijos.)
Si hay algo que define la alimentación en este país, y sobre todo, en el internado donde vivo, es el arroz. Arroz, arroz, arroz. Tres veces al día para no olvidarlo. Arroz con pollo, arroz con frijoles, arroz con lentejas, arroz con salchicha, arroz con huevo, arroz pasta y atún, arroz con leche... Las convinaciones son infinitas, y, aunque el acompañante cambie, la base es siempre la misma: arroz, lo quieras o no. Este país parece producir más arroz que petróleo, y gran parte de la producción la consumen las 200 personas que viven conmigo en el internado.
Es todo un ritual, una dieta especial que crea adicción, a veces yo bromeaba diciendo que era como maná del cielo, porque cuando falta los muchachos están tristes, y cuando les sirven bien, comen y se inchan de arroz, sonrientes y ansiosos. Ahora me parece que es más como una droga, blanca como la coca, o como el petróleo antes de ser refinado y mezclado con otras sustancias.
Hoy día, si no hay arroz, no hay comida, y así, pasan las semanas y acabamos viendo La vie en blanc, con perdón de Edith Piaf, y camaradería con aquel estudiante de chiste que se iba a estudiar a Noruega y acaba viendo caer "mierda blanca". Acá, es un misterio que no caguemos de color blanco y que no suframos de estreñimiento crónico. De vez en cuando, levanto mis posaderas del trono, y observo mis heces y sonrio: "todavía son marrones sigo siendo humano", contento de no ser un grano de arroz pensante.
Quizá sea que sufro manía persecutoria con el arroz. Mi cerebro da y da vueltas e inventa una y otra vez chistes y otras lucuras múltiples con arroz. Si en el Popol Vuh el hombre era de maiz, acá dios debió crear al hombre a base de arroz. Lo escribo con minúsculas porque este dios, es, según mi parecer un dios moderno y por lo tanto menor e ingénuo, aunque se las dé de importante. Si echamos la mirada atrás, o a la dieta de los indígenas cuando vuelven a sus casas, ellos sólo comen yuca y plátano verde (que por cierto son más nutrivivos que el arroz) Así que nuestra dieta blanca debe ser parte de una conspiración creada y urdida por los magnates de las piladoras de arroz de la costa en complot con la administración y las cómodas cocineras del internado. Sí esa debe ser la verdad. O más o menos.
Nos quieren cambiar la sangre por arroz. Dentro de poco iremos a misa y la ostia será de arroz. Seguro. Ya hay pan de arroz, pasta de arroz. Siento sudores y la cara está igual de pálida que el arroz. Empiezo a ver granitos blancos entre mis heces. Donde quiera que voy, me sirven arroz: "déme un pollo asado para llevar". Y el tipo del asadadero me da un pollo y unas funditas de arroz como acompañante. "Este, no, no quiero arroz, quédeselo". Y entonces me mira como si le estuviera insultando o yo estuviese loco. Siempre es así: entro en una chifa (restaurante chino) y busco un plato sin arroz: ¡tallarines con verduras a la plancha! ¡perfecto! En unos minutos la camarera, que es china de verdad y a penas chapurrea español, me trae un humente planto de tallarines con brócoli, zanahoria y demás verduras; una montaña que no voy a ser capaz de terminar. No he acabado de masticar el primer vocado, cuando la camarera regresa y me deja un plato rendondito con una montañita de blanco arroz. Nunca antes me había atragantado comiendo pasta con verduras.
En verdad, es casi imposible encontrar un plato sin arroz en este país. Lo único que -de momento- siempre sirven sin arroz, es la pizza. Por eso, cuando esta semana me encargaron la cocina (me tocó cocinar para los diez que somos en casa cuando se van los internos) decidí hacerle la guerra al arroz. "¡No entrará un grano en mi cocina!" grité bien firme. "¿No vas a concinar paella?" me preguntaro "Paella y pa'el", como decían martes y trece, contesté. ¿Por qué a los españoles nos toman siempre por comedores de paella, bailaores de flamento y aficionados a los toros? España es algo más que Andalucía y Valencia. No nada de paella, nada de arroz. Fuera el arroz por una semana.
Casi lo consigo. Casi. He tenido a todo el personal a base de cremas de verduras, verduras cocidas, ensaldas, y carne o pescando al horno, y casi, casi sin arroz. Casi porque después de un día sin poner arroz, todo el mundo empezó a mirarme con ojos de corderito, que luego se convirtieron en ojos ansiosos de adicto, y, por compasión con el hermano y amigo, acabé sirviendo arroz. Eso sí, contraté a un "arrozólogo" para que lo cocinase y lo dejé solo, en una olla en medio de la mesa, como a un ser extraño. Por eso, a pesar de las presiones, estoy contento de haber podido con el arroz durante una semana.
Fueron unos días bonitos y divertidos en la cocina, picando y pelando verduras, y esperando a ver las caras de extraña sorpresa de los comensales. Ahora ya me quitan el gorrito de cocinero y el mandil, cierran la cocina de la casa y me manda a sentarme en el comedor del colegio. Se acabó la fiesta, llegó el tiempo ordinario. Sin que nadie me lo diga, puedo leer el menú de los próximos viente días: ARROZ CON...
Si hay algo que define la alimentación en este país, y sobre todo, en el internado donde vivo, es el arroz. Arroz, arroz, arroz. Tres veces al día para no olvidarlo. Arroz con pollo, arroz con frijoles, arroz con lentejas, arroz con salchicha, arroz con huevo, arroz pasta y atún, arroz con leche... Las convinaciones son infinitas, y, aunque el acompañante cambie, la base es siempre la misma: arroz, lo quieras o no. Este país parece producir más arroz que petróleo, y gran parte de la producción la consumen las 200 personas que viven conmigo en el internado.
Es todo un ritual, una dieta especial que crea adicción, a veces yo bromeaba diciendo que era como maná del cielo, porque cuando falta los muchachos están tristes, y cuando les sirven bien, comen y se inchan de arroz, sonrientes y ansiosos. Ahora me parece que es más como una droga, blanca como la coca, o como el petróleo antes de ser refinado y mezclado con otras sustancias.
Hoy día, si no hay arroz, no hay comida, y así, pasan las semanas y acabamos viendo La vie en blanc, con perdón de Edith Piaf, y camaradería con aquel estudiante de chiste que se iba a estudiar a Noruega y acaba viendo caer "mierda blanca". Acá, es un misterio que no caguemos de color blanco y que no suframos de estreñimiento crónico. De vez en cuando, levanto mis posaderas del trono, y observo mis heces y sonrio: "todavía son marrones sigo siendo humano", contento de no ser un grano de arroz pensante.
Quizá sea que sufro manía persecutoria con el arroz. Mi cerebro da y da vueltas e inventa una y otra vez chistes y otras lucuras múltiples con arroz. Si en el Popol Vuh el hombre era de maiz, acá dios debió crear al hombre a base de arroz. Lo escribo con minúsculas porque este dios, es, según mi parecer un dios moderno y por lo tanto menor e ingénuo, aunque se las dé de importante. Si echamos la mirada atrás, o a la dieta de los indígenas cuando vuelven a sus casas, ellos sólo comen yuca y plátano verde (que por cierto son más nutrivivos que el arroz) Así que nuestra dieta blanca debe ser parte de una conspiración creada y urdida por los magnates de las piladoras de arroz de la costa en complot con la administración y las cómodas cocineras del internado. Sí esa debe ser la verdad. O más o menos.
Nos quieren cambiar la sangre por arroz. Dentro de poco iremos a misa y la ostia será de arroz. Seguro. Ya hay pan de arroz, pasta de arroz. Siento sudores y la cara está igual de pálida que el arroz. Empiezo a ver granitos blancos entre mis heces. Donde quiera que voy, me sirven arroz: "déme un pollo asado para llevar". Y el tipo del asadadero me da un pollo y unas funditas de arroz como acompañante. "Este, no, no quiero arroz, quédeselo". Y entonces me mira como si le estuviera insultando o yo estuviese loco. Siempre es así: entro en una chifa (restaurante chino) y busco un plato sin arroz: ¡tallarines con verduras a la plancha! ¡perfecto! En unos minutos la camarera, que es china de verdad y a penas chapurrea español, me trae un humente planto de tallarines con brócoli, zanahoria y demás verduras; una montaña que no voy a ser capaz de terminar. No he acabado de masticar el primer vocado, cuando la camarera regresa y me deja un plato rendondito con una montañita de blanco arroz. Nunca antes me había atragantado comiendo pasta con verduras.
En verdad, es casi imposible encontrar un plato sin arroz en este país. Lo único que -de momento- siempre sirven sin arroz, es la pizza. Por eso, cuando esta semana me encargaron la cocina (me tocó cocinar para los diez que somos en casa cuando se van los internos) decidí hacerle la guerra al arroz. "¡No entrará un grano en mi cocina!" grité bien firme. "¿No vas a concinar paella?" me preguntaro "Paella y pa'el", como decían martes y trece, contesté. ¿Por qué a los españoles nos toman siempre por comedores de paella, bailaores de flamento y aficionados a los toros? España es algo más que Andalucía y Valencia. No nada de paella, nada de arroz. Fuera el arroz por una semana.
Casi lo consigo. Casi. He tenido a todo el personal a base de cremas de verduras, verduras cocidas, ensaldas, y carne o pescando al horno, y casi, casi sin arroz. Casi porque después de un día sin poner arroz, todo el mundo empezó a mirarme con ojos de corderito, que luego se convirtieron en ojos ansiosos de adicto, y, por compasión con el hermano y amigo, acabé sirviendo arroz. Eso sí, contraté a un "arrozólogo" para que lo cocinase y lo dejé solo, en una olla en medio de la mesa, como a un ser extraño. Por eso, a pesar de las presiones, estoy contento de haber podido con el arroz durante una semana.
Fueron unos días bonitos y divertidos en la cocina, picando y pelando verduras, y esperando a ver las caras de extraña sorpresa de los comensales. Ahora ya me quitan el gorrito de cocinero y el mandil, cierran la cocina de la casa y me manda a sentarme en el comedor del colegio. Se acabó la fiesta, llegó el tiempo ordinario. Sin que nadie me lo diga, puedo leer el menú de los próximos viente días: ARROZ CON...
La musa
Cuando la musa me habla para escribir, mi
cuerpo me dice que no. Que ya se acaba el día, que tome notas y me vaya a
dormir. Un día nuevo me dará, triste engaño de la cordura mental y futura, la
oportunidad, el tiempo preciso y la mente clara para escribir. Pero es todo
engaño, pues en la lucidez del día mi musa no está.
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