El ir y venir luchando por las cosas más queridas, sin bien nos gasta las manos, nos deja abierta la vida.
- Víctor Jara

martes, 6 de agosto de 2013

Río abajo - Nuevo rocafuerte

El puerto no tiene olas, salvo cuando algún otro bote pasa a gran velocidad alterando las aparentemente apacibles aguas del río, que ancho y sin prisas ve al pasar a decenas de personas paseando por el malecón, disfrutando del frescor del río y los árboles, de jugos de frutas exóticas servidos en exóticos puestos; turistas y niños que dan de comer papas fritas a los monos; vendedores de artesanías indígenas y comidas varías.
Un puerto fluvial. Coca es quizá una de las últimas ciudades que vive pendiente de un río, arteria que la comunica con recónditos lugares selva a dentro: mágicos unos, oscuros otros. El río Napo sigue transcurriendo como una autopista natural entre la selva, más sabia, más "ecológica" que las negras carreteras de asfalto que poco a poco le quieren ganar terreno a la selva en este siglo de la velocidad. Llegar a Coca es, en cierto modo, llegar a un balcón que mira atento e impasible a una selva lejana, cambiante, llena de retos y de añoranzas.

Hace ya años que Coca quedó definitivamente unida a la civilización por carreteras (hasta no hace mucho aún sin la negra capa de asfalto) y por un aeropuerto. Decenas de buses recorren hoy las vías Coca-Quito y varios vuelos diarios hacen que las 7 horas de bus parezcan tortuosamente insufribles frente a los escasos 30 minutos del vuelo. ¿Y más allá de Coca?
Ahí es donde todavía comienza la aventura. La selva, si bien ya no es virgen, sigue resistiéndose en estos lugares a recibir a los visitantes con los brazos abiertos: hay que introducirse en ella lentamente, en barcos a través de ríos, con paso lento y cauto observando bien donde se pone el pie, apartando suavemente las ramas de árboles que pueden esconder secretos. Es parte de la aventura de la vida y del aprender con ella.

De todos modos, viajar por el río Napo, no es ya la aventura de un Orellana o un Lope de Aguirre, ni siquiera de los caucheros del siglo XIX, o de tantos misioneros que han surcado sus aguas en los siglos precedentes al nuestro. Ni siquiera tiene el novelesco ambiente de un río perdido en la espesura de la selva por el que circular hacia el corazón de las tinieblas. Todo se tiñe en estos tiempos, de las lenta velocidad de las gentes del lugar, del regateo de pasajes y la desesperación del extranjero que ve impasible como le dicen "no hay" y le convocan a otra madrugada el día siguiente, o como gentes "vivas" se saltan pasarelas, filas, y turnos para subir al barco.
A las 6 de la mañana, el embarcadero empieza a llenarse de personas, que, compitiendo con los pájaros, empiezan con su bullicio a despertar la mañana: pasajeros cargados de bultos y más bultos, desde bolsas de mano pasando por cartones repletos de enseres, cocinas de gas, colchones, motores, y cualquier otro moderno enser que la selva no les provee ni tampoco sus humanas manos; también comerciantes dispuestos a cargar artículos de primera necesidad y alimentos frescos y enlatados que luego despacharán al doble de precio allá donde sólo el río llega; turistas y viajeros con la mochila al hombro y la cámara de fotos colgando del cuello; trabajadores vestidos de azul vaquero (uniforme no oficial de las compañías petroleras) y cientos de vendedores ambulantes que brinca a dentro y afuera del barco vendiendo calientes desayunos, el recién llegado periódico de la mañana o aquella cosa que al viajero se le olvidó comprar ayer o que nunca pensó comprar hasta que la labia de un habilidoso vendedor, ávido por hacer los primeros dólares del día, logró convencerle de que no debía partir sin tan preciado objeto.

El barco, sin horario fijo, parte cuando se llena. Los pocos turistas que van en él, temen que se hunda por sobrepeso. Entre personas y carga no hay donde clavar un alfiler. El destino, Nuevo Rocafuerte, el último puerto fluvial de Ecuador, río abajo, en esa siempre imaginaria frontera con Perú. Diez lentas horas por un río que carga en su vientre vidas repletas de sueños, aventura, penas, frustraciones y ansias de riqueza y dinero.
La primera mitad del viaje transcurre sin parada alguna. El barco o barcaza avanza poco a poco, vadeando los bancos de arena, los enormes troncos que bajan arrastrados por la corriente, ocultos como un enorme iceberg, y las olas levantadas por aquellos con más prisa viajando volando sobre el agua en deslizadores. Acompañando en la travesía río abajo, van también barcazas y remolcadores cargados de contenedores, vehículos y materiales para las distintas explotaciones petroleras que pueblan ambas orillas del río durante sus primeros 150 kilómetros río abajo desde Coca. La tranquilizad y paz del río se ve alterada por un intermitente fluir de estas modernas ballenas de metal, y por los metálicos muelles de los campamentos y pozos petroleros, algunos de ellos tocados por la flameante corona de los "mecheros" que noche y día queman gas sin descanso.

A medio camino el barco se detiene en Pañacocha, un hasta ahora pequeño pueblo que parece vivir de los barcos y los hambrientos pasajeros que se detienen en él a diario y que el gobierno ha decidido convertir en una "ciudad del milenio" colocando en una situación quizá un tanto inverosímil los últimos adelantos de la tecnología en medio de la selva. De Pañacocha para abajo, durante los otros 150 kilómetros que restan para llegar a Nuevo Rocafuerte, el río se torna más tradicional y más puro. Ya no hay explotaciones petroleras, y las riveras se ven jalonadas de pequeños pueblos y chakras (caseríos para el foráneo) que conservan aún su arquitectura de madera y paja, además de pueblos más grandes cuyo estatus lo marca la escuela y cancha cubierta de deportes y algún que otro edificio de cemento. El barco, se detiene para dejar pasajeros y mercancías en playas e improvisados puertos tallados a golpe de pie en las laderas del río.

A Nuevo Rocafuerte se llega en el mejor de los casos con la última hora de sol: el tiempo suficiente para dar una primera mirada a este tranquilo pueblo y secar un poco las ropas después del aguacero que refrescó, quizá demasiado, las cansadas horas del viaje en barco. Nuevo Rocafuerte es en si dos docenas de casas, distribuidas en dos adoquinadas calles paralelas, flanqueadas en un extremo por la misión y la hoy abandonada pista de aterrizaje -realizada hace años por la misión-, y en otro por el hospital, también de la misión; en medio, la casa de la marina militar y el edificio del municipio, hoy medio sin uso por ciertas peculiaridades políticas ecuatorianas demasiado largas para explicarlas aquí. En sí, el pueblo no parece tener mucho especial, y además, se le notan los años: un agradable paseo por el río un tanto abandonado y descuidado; es cuando pasan las primeras horas y uno se deja llevar por el fluir del inmenso río Napo (mide casi 2 km. de ancho en este lugar) que la magia del pueblo se refleja: no hay otros ruidos que los insectos, monos y pájaros de la selva y el lejano ronroneo de algún bote a motor. En Nuevo rocafuerte no hay tráfico, no hay automóviles,  no existe el bullicio de la música y de las calles repletas de gente de las ciudades. La gente parece vivir tranquila, ajena al ruido y a las tensiones y prisas del resto de la sociedad.

Una hora más río abajo, ya en Perú, el pueblo de Cabo Pantoja muestra una vida similar a la de Nuevo Rocafuerte, si acaso más viva y más tranquila. En Cabo Pantoja ni siquiera hay calles para un posible tránsito de vehículos, en su lugar el pueblo, sembrado en una colina a orillas del Napo, está recorrido por sinuosas veredas de cemento a cuyos lados se reparten sencillas casas de campesinos. El pueblo es también parada de los enormes barcos que bajan hasta Iquitos, la gran ciudad peruana de la selva amazónica, situada unos 4 días río abajo, ya en el Amazonas.

Aunque en Nuevo Rocafuerte llega la televisión satelital, hay señal de celular e internet, aunque los más rápidos deslizadores son capaces de cubrir los 300 km. de río que lo separan de Coca en unas 4 horas, aunque el pueblo se encuentra en la entrada del Parque Yasuní, que quizá será a futuro el principal parte natural-atractivo turístico de la amazonía ecuatoriana, hoy todavía sigue siendo un pequeño lugar, allá en la selva, donde la vida corre a un ritmo distinto, donde las gentes miran al río, que día a día se lleva sus penas y les devuelve su alegría, donde nadie parece querer ser más grande que este ancho y largo río, verdadero dios de estas tierras y esta gente.

sábado, 27 de julio de 2013

Comunidad natural

Cuando pienso en la sociedad actual, en esta llamada "aldea global", las imágenes de las personas, sus vidas, su vivir, pasa delante de mi en forma de miles de luces de colores ruidosas, surcando una noche sin inicio ni fin, como el tráfico en alguna gran ciudad.
Después siento cierta pena y con ella miedo a caer en las garras de ese vivir: vidas reducidas en muchos casos a una familia nuclear: hombre + mujer = hijos, encerrada en una casa, vinculada por rápidas vías de comunicación a un trabajo (segunda casa) y una escuela (tercera casa). Todo ello a merced de un sistema (económico) que pregona que el individuo se realiza en sí mismo, que todo depende exclusivamente de él mismo. No es coincidencia que la familia nuclear, esa que nos quieren vender como la única que alguna vez haya existido, sea un producto de la Revolución Industrial del s. XVIII.

¿Acabar ahí, en la ecuación "familia de 3 o 4, casa-educación reglada-trabajo-jubilación"? Me asusta pensar en acabar ahí, y me da pena por la gente que ya forma parte de esa fórmula comercial y no es capaz de salir de ella, que ni siquiera se ha dado cuenta de que es parte de ella.
En la frase "aldea global" ya no encuentro el concepto de aldea. Nos hemos ido olvidando poco a poco de la "comunidad" que era realmente el corazón de la aldea: un grupo de personas que compartían juntas un vivir sin que les uniesen necesariamente lazos familiares entendidos estos como lazos sanguíneos, y sin embargo forjando entre ellas unos lazos tan fuertes o más que los sanguíneos.
Hoy en día la gente se encierra en sus casas, "en los suyos" y desconfía del resto. Sopesa en balanzas de oro la amistad y busca signos de aprecio en objetos netamente materiales. Viaja de una casa a otra sin fijarse en el camino, viendo éste un mero estorbo, un sufrimiento que intenta paliar con grandes dosis de velocidad.
Me marea ese vivir. Siento la necesidad de frenar y aminorar la marcha de la vida. Buscar un lugar tranquilo, donde se pueda escuchar la naturaleza, sentir la naturaleza, donde la comunidad humana encuentre espacios para construirse, para reconocerse, donde el camino de una casa a otra sea un paseo en el que descubrirse como uno como un todo: hombre-tiempo-naturaleza: un mismo ritmo, un mismo latir.

Personalmente he ido reencontrándome con esa "comunidad humana" al irme a vivir a lugares donde esa velocidad postmoderna está aún por llegar, donde las gentes caminan despacio, se levantan con la salida del sol y se acuestan con la puesta. Lugares también en los que una vida de "comunidad" de "equipo" crea unos vínculos familiares, sustitutorios o fortalecedores de esos lazos sanguíneos, para juntos encontrar la dimensión humaCreo que cada vez hay más gente que poco a poco va buscando esta comunidad humana: pienso en el as llamadas "eco-aldeas" que hace ya años aparecieron por distintos rincones de Europa, en las comunidades religiosas que más allá de la experiencia de congregación se abren al compartir con laicos, o en las personas que encuentran esa comunidad en claustro. Pero también en los que huyen de las ciudades, recuperan las casas de los pueblos y lejos de hacer de ellas una vivienda temporal para el verano, acaban haciendo de ellas su vivir, su lugar, recuperando poco a poco esa olvidada vida de verdadera aldea. Y pienso también en gentes con el morral al hombro que viven seis meses acá y seis meses allá, tejiendo lazos de comunidad en los caminos, atravesando con ellos océanos y continentes.

Hay muchos otros ejemplos de comunidad, incluso pueblos y sociedades enteras que no han olvidado esa "convivencia en comunidad" y siguen creciendo y floreciendo en torno a ella. Algunos de estos modelos se asemejan a movimientos lutistas, movimientos contraculturales, movimientos de comunismo primigenio y radical. Sin embargo, no necesariamente se trata de ir en contra del progreso y la tecnología. Se trata de buscarse, de reconocerse en ese progreso, de hacer el progreso se amolde a nuestras necesidades como humanos, como comunidad, como verdadera aldea. Hace ya más de 300 años que dimos un gran impulso a ese progreso y ahora parece que es él el que nos controla. Debemos represar ese progreso. El ser humano tiene que volver a formar comunidad. Tiene que salir de sí mismo y entregarse con los ojos cerrados y las manos abiertas a sus semejantes y a la naturaleza, haciendo de nuevo con ella y con sus semejantes ese pacto que rompió hace ya tiempo. ¿Qué es lo que nos hace humanos sino es el reconocernos en los demás, en nuestros semejantes?
La comunidad humana no puede morir, porque con ella muere el ser humano. Aún estamos a tiempo de reconocernos; en realidad siempre estamos a tiempo, pues el tiempo nunca importó al ser humano que sabía que él mismo, en esencia, es infinito.

miércoles, 24 de julio de 2013

Te veo en lo pequeño

En lo pequeño te veo,
en lo sencillo te siento;
en un suspiro cual viento,
en un llanto sereno.

En unas manos ajadas
por el arado y el tiempo,
en unas voces hablan
con sencillez y sosiego.

En unos pies descalzos
jugando en la plaza del pueblo;
en unos ojos curiosos
que lloran y ríen y sueñan despiertos.

En unas vidas sin prisa
formadas de amor y sufrimiento
movidas por la suave brisa
que es tu voz y tu aliento.

En lo pequeño te veo,
en lo sencillo te siento.

Los nombres

"Tamya era la lluvia, y Tzanda el trueno, y Killa la Luna, y Kuyllur las estrellas. Inti el Sol. Nuestros nombres nos daban vida, igual que la lluvia y el sol y la luna y el rayo dan vida a la tierra: lavan los árboles de impurezas y hacen que crezcan fuertes y den nuevos frutos, iluminan nuestras noches y mueven las aguas de los ríos para que crezcan y fertilicen nuestras tierras; nos avivan con violencia para que crezcamos fuertes y libres de miedo, nos calientan, secan nuestro cuerpo y le hacen madurar a fuego lento.
Todo lo que nos rodea tiene nombre. Hay que aprender a escuchar para averiguarlo; e igualmente nosotros tenemos un nombre, uno que no está escrito en ningún papel, no es el nombre que nos pusieron nuestros padres. Ese nombre es el que nos da la vida, el que nos hunde los pies en la tierra para que el barro nos forme y firmes y fuertes. Si olvidamos ese nombre, olvidamos nuestra tierra, nuestras raíces, nuestro origen ¿qué somos, que nos queda? Somos entonces como un tronco seco que no siente ya el sol y la lluvia, unas ramas secas que se lleva el viento, y, desarraigados y secos, desaparecemos arrastrados sin rumbo por el viento.
No olvidéis vuestros nombres: escuchad a la tierra, caminad sintiéndola latir en vuestro interior, cabalgad al viento, no os dejéis llevar por el como hojas secas."

El anciano maestro se levantó y caminó lentamente hacia afuera de la escuela. Un viento fresco hablando de lluvias próximas acarició los rostros morenos de los niños y niñas, apartándoles el pelo de sus ojos vivos y grandes, penetrando dentro de su cuerpo, hinchándoles el pecho, haciendo que las palabras del maestro resonasen aún con más fuerza en su interior.
La lluvia, colándose por las goteras de la vieja escuela, comenzó a caer lavándoles el rostro, volviéndoles de nuevo al barro.

martes, 16 de julio de 2013

Usos de la Derecha

Todos los políticos
caminan escorados
a la derecha
les falta una mano
se la cortaron los bancos
aplicando recetas.

Todo lo hacen
desde que nacen
con la diestra:
firmar leyes
a los ricos fieles
contar monedas,

cobrar millones
más comisiones
engordar de dietas;
limpiarse el culo
saludar al vulgo
y repartir mierda.

jueves, 11 de julio de 2013

Las tripas del secador

"Vaya mierda, diez minutos para ir a trabajar y deja de funcionar el secador y yo con estos pelos..." Seguro que les ha pasado alguna vez, y mientras se dan tirones con el peine o cepillo siguen pensando "a la salida del trabajo paso por el almacén y compro uno nuevo". ¡Alto el carro!

Séquense y péinense como puedan esa mañana, y vaya poco a poco deshaciéndose de su mal humor. Cuando regresen a casa en la tarde, ya más tranquilos, cojan un destornillador (si no tienen, cómprense uno por el camino) siéntense en una mesa vacía y con buena luz y desarmen su secador. La causa de todos sus males es posiblemente una maraña de pelos atascados en el interior del aparato o un cable suelto o cortado. Lo pueden arreglar en menos que canta un gallo. Y sí, puede que después se note que han abierto el secador, puede que las juntas del armazón no queden tan pegadas como antes, o que se haya estallado un poco el plástico. No son más que males menores. Tienen secador para rato.

Podríamos poner mi y un ejemplos como ese. Y créanme que todos estamos en capacidad de hacer eso. No hace falta ser primo-hermano del tipo de bricomanía o un chapuzas en casa, ni haber recibido un máster en electricidad. Lo que aprendieron en la escuela -porque por suerte son anteriores a la Ley Wert- les es suficiente. Sus hijos, lo tendrán peor, por culpa de ustedes además, pero eso ya otro cantar.

Yo aún recuerdo las clases de pretecnología, y doy gracias por todas las horas que mi padre me tuvo de "pinche" mientras él -relojero de profesión- le sacaba las tripas al radiocasete, el horno, la lavadora, el frigorífico, o cualquier otro aparato que se pusiese en huelga en casa. Aún hoy recuerdo cuando se estropeó la vitrocerámica y mi padre desmontó la resistencia quemada, la sacó y se fue al distribuidor a comprar otra igual: "¿Pero de dónde saco eso... quién.. quién lo va a montar?" El incrédulo tipo no sabía sin vendernos o no el repuesto. Yo me siento muy afortunado por tener a un padre "manitas" sin miedo a lo desconocido. Quizá ustedes no tienen esa suerte. Les toca entonces aprender. Echen mano de San Google cuando se pierdan, y caminen sin miedo, al final del camino la experiencia será para ustedes mucho más gratificante que volver del hipermercado con un secador nuevo bajo el brazo.

Inspección Técnica de Computadoras. O como seguir utilizando tu viejo ordenador aunque te digan que se ha quedado viejo.

Hace unos días escribí un artículo en el blog invitando a la gente a reciclar, a seguir utilizando sus viejos electrodomésticos y cachivaches en general en vez de comprar unos nuevos llevados por las "leyes del mercado". Decía entonces que, por ejemplo, resulta muy sencillo alargar la vida de nuestro ordenador, que no es necesario comprarse uno nuevo, y que nos podemos ahorrar con ello bastante dinero.

Después de echar un vistazo por internet, he visto que no hay ninguna página sencilla en español que diga cómo hacer eso, o de las nociones generales, así que he decido hacerla yo mismo, que no soy por lo demás ningún especialista en informática. Lo que a continuación sigue está escrito pensando en personas que sólo utilizan el ordenador para sus necesidades diarias, pero nunca se han parado a hacerle mantenimiento, formatearlo, instalar o desinstalar programas, y casos en similar. Así que quizá a algunos les parezca demasiado básico. Tampoco voy se entra en detalles de cómo hacer cierta configuración específica. Para eso sí que hay páginas por internet.

Para escribir esta pequeña guía me he propuesto además tres principios:
1. Ahorrar dinero, buscando siempre alternativas baratas o gratuítas.
2. Utilizar software gratuito (libre o no). Es decir, nada de piratería, no es necesaria.
3. Animar a la gente a que se interese por el software libre y que de paso aprenda y comparta un poco de informática.

Pongámonos en el caso. Supongamos que tiene una computadora con Windows XP, o que está utilizando alguna versión pirata de éste o otro Windows, y quiere dejar de usar programas piratas sin gastarse dinero.

La solución es bien sencilla. Se llama Linux. A muchos les sonará a "cosa rara para gurúes de la informática". Nada más lejos de la realidad. En los últimos años linux se ha acercado mucho al usuario promedio, sin abandonar por ello al otro usuario (ingeniero, técnico, curioso, etc...). Simplemente hay que buscar la distribución de Linux que se acomoda a nuestras necesidades.

Siguiendo nuestro supuesto arriba escribo, para poder disfruta de una computadora para nuestro uso diario, ya sea portátil o de escritorio, personalmente recomiendo linux de la familia Debian/ Ubuntu. ¿Por qué? Porque mi breve experiencia me dice que Ubuntu es la distribución de linux que más a trabajo el crear un sistema operativo sencillo, fácil de manejar y práctico y funcional a su vez. Además, con las nuevas versiones de soporte extendido (LTS) que ofrecen actualizaciones gratuitas por 5 años, se ofrece al usuario común una estabilidad que antes no tenía en linux. En general podríamos decir que linux nos ofrece una serie de ventajas respecto a Windows:
  • Podemos elegir un sistema operativo que se adapte a nuestro ordenador, de manera que podemos seguir utilizando nuestro viejo compador con normalidad. Linux en general requiere menos recursos de hardware que windows, y además existen distribuciones de linux pensadas para ordenadores viejos o lentos.
  • La mayoría de distribuciones de Linux han desarrollado interfaces de usuario y escritorios de trabajo que hacen del utilizar Linux tan fácil y atractivo como utilizar Windows.
  • Muchas de estas distribuciones de Linux ofrecen además actualizaciones gratuitas y automáticas durante un periodo de tiempo razonable (de 3 a 5 años en algunos casos) lo que nos da estabilidad y comodidad.
  • Además, son completamente gratuitas, sin virus, y existen multitud de programas con los que podremos hacer las mismas tareas que hacemos en Windows.  
Añadiría además, que gracias a las comunidades de usuarios y a los desarrolladores de software libre, uno pasa a formar parte de una aldea global donde seguro encontrará ayuda desinteresada para adaptar su ordenador a sus necesidades y a su vez ayudará a otros sin darse cuenta.

Me parece atractiva la propuesta, pero ¿cuál linux escojo?
Depende de gustos y factores. Vamos a verlos brevemente. Como dije antes, yo recomiendo usar linux de la familia Debian/ Ubuntu debido a la comodidad de las versiones con soporte por largo tiempo.

  • Por lo general, recomiendo siempre instalar Ubuntu 12.04 LTS, que es la última versión de Ubuntu con soporte por largo tiempo. La principal pega que muchos verán en Ubuntu es que su diseño es bastante distinto a windows.
  • Si queremos una distribución de linux con un escrito más parecido al de windows, entonces la elección sería Kubuntu 12.04 LTS o Linux Mint 13 Cinnamon. Ambos están basados en ubuntu e incluyen el soporte por largo tiempo.
También pueden instalar Ubuntu y después probar en él los distintos modelos de escritorio. Ubuntu usa por defecto Unity, sin embargo, yo prefiero Genome Shell, y en el caso de personas ancladas al modelo windows les suelo instalar Cinnamon. Otros prefieren KDE (que también es parecido a la estética windows) o XFCE o LXDE... Linux como dice arriba es adaptable al gusto y necesidades de cada uno.

Por ejemplo, a la gente que trabaja en educación y en cuyo colegio o comunidad no han desarrollado su propio linux (en España muchas Comunidades Autónomas ya usan en educación su propia versión de Linux) les suelo recomedar Edubuntu 12.04 LTS, o si quieren algo estéticamente más "windows" MAX Linux 7, que es el linux desarrollado por la consejería de educación de la Comunidad Autónoma de Madrid, y que también está basado en Ubuntu y ofrece el consabido soporte.

Puede ocurrir también que nuestro ordenador sea algo viejo para funcionar con la última versión X de linux. Aunque en general linux utiliza menos recursos de harware que windows, existen también distribuciones de linux pensadas para ordenadores más viejos o lentos. Si este es vuestro caso yo recomiendo las sigueintes:

  • Linux Mint 13 Mate. Una versión sencilla, más rápida en PCs viejos y con una estética similar al windows.
  • Xubuntu 12.04 LTS. Versión pensada para ahorrar recursos de ordenador, un escritorio sencillo y a la vez moderno.
¿Cómo saber si mi ordenador es viejo o nuevo a la hora de cambiar de sistema operativo? Para eso, si partimos de Windows, en las propiedades del sistema de Windows podemos ver las características del procesador y la memoria RAM que tenemos.
  • En general, con un procesador dual core o superior y con 2 GB de RAM o más, podemos instalar cualquiera de los linux normales arriba descritos en su versión de 64-bit
  • Si nuestro ordenador es dual core pero tiene menos de 2 GB de RAM, la recomendación sería instalar cualquier versión de 32-bit.
  • Si tenemos un ordenador que no es dual core, pero el procesador es rápido (por ejemplo Pentium IV a 3.O) y tiene mínimo 1 GB de RAM, también nos podemos decantar por cualquier versión de 32-bit, o si queremos curarnos en salud y tener un ordenador rápido y ágil, instalar alguna de las versiones que recomiendo para computadoras "viejas" en sus versiones de 32-bit
  • Si nuestro ordenador es inferior al caso anterior, entonces Xubuntu o Linux Mint 13 Mate, de 32-bit, son seguramente nuestra mejor opción.
¿Y la instalación, cómo de sencilla es?
Es bien simple.
  1. Lo primero que debéis hacer es copiar a un CD, DVD, pendrive o disco duro externo todos vuestros archivos personales. En general, sería Mis Documentos más otra carpetas fuera de esta que tengáis con datos personales.
  2. Hecho esto, descargáis el linux de vuestra elección y grabáis la imagen en un CD o DVD. Cualquier programa de grabación de CD/DVD os permite grabar imágenes de CD o DVD fácilmente. También se pueden usar pendrives pero es más complicado.
  3. Arrancáis o reiniciáis vuestro ordenador desde el CD o DVD. La mayoría de ordenadores están preconfigurados para hacer esto, con lo que simplemente dejar el cd metido y reiniciar debería ser suficiente. Si no es así, aplastar la tecla de inicio se indica en la primera pantalla que aparece al encender el ordenador (suele ser alguna tecla F) y elegid CD/DVD.
  4. Seguid los sencillos pasos de instalación de vuestro linux. Si tenéis dudas, preguntadle a San Google en el proceso, aunque lo dudo porque son muy todos muy intuitivos. Muchos ofrecen también simples guías de instalación y configuración que se pueden ver y/o descargar de internet.
Creo que todos las distribuciones de Linux que os he recomendado dan la opción de instalarlo junto a Windows o instalar sólo linux (eliminando windows) Recomiendo esta segunda opción, pues es la mejor manera de aprender de una vez por todas y acostumbrase a linux. No obstante, si tenéis instalado un Windows original, más moderno que el XP, a lo mejor os interesa conservarlo. Cada cual que elija según su caso o gustos.

Animaos. Aprended a re-cyclar, adaptar, reutilizar su ordenador en lugar de sucumbir a las directrices del mercado gastar dinero en una máquina más moderna, que, en principio, no tienen necesidad de comprar. Os aseguro que al final del camino la satisfacción personal será mucho mayor a la que tendrías saliendo del hipermercado con un ordenador nuevo bajo el brazo.

Nota final:


Sobre el Windows XP. Sí, como escuchan, el Windows XP caduca en abril del 2014. ¿Quiere decir eso que un ordenador con XP va a dejar de funcionar? No, quiere decir simplemente que dejará de actualizarse. Seguirá funcionando pero al no recibir actualizaciones se hará más inseguro: será más propenso a virus y otros problemas similares, dejará de ser compatible con las últimas versiones de los distintos programas, etc. Podríamos decir que si no van a utilizar internet -cosa poco probable- no tendrán prácticamente ningún problema. Pero están conectados a internet, es más que recomendable que instalen un sistema operativo más moderno y actualizado.