Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

domingo, 2 de marzo de 2014

Cultivar el espíritu

Religión. Religiones. Organización. Líneas de pastoral, de evangelización. Lo "políticamente correcto". Eso otro que queremos hacer pero no nos atrevemos. Hasta dónde tenemos que llegar. Hasta dónde debemos llegar. Qué somos. De qué grupo formamos parte.

Unos rezan y no entienden, otros no entienden para que rezan y ansían seguir con las manos en el arado, abriendo surcos y sembrando sin ton ni son. Y ambos se echan a la cara sus defectos sin aprender de ellos.

Religión, sí. Esa palabra, esa institución que hemos creado en torno a nuestro espíritu, que nos clasifica, nos encierra en cajas y no nos permite ver más allá de nuestro propio horizonte. Esa palabra que a fin de cuentas, a llevado a crear una terrible brecha entre religión y laicismo en nuestra sociedad. Unos rezan, otros trabajan. Unos predican, siembra esperando que el fruto germine solo, y otros abren surcos en el barro y se desesperan a intentar hacer crecer y cuidar a todas las plantas por igual, en un campo inmenso, hasta desfallecer.

Y ambos, con los ojos vendados por su propia ceguera autoinducida. Lo uno no puede darse sin lo otro. En la religión como en la educación, como en las distintas facetas de esta vida, debemos labrar los campos movidos por la tranquilidad y la sabiduría del espíritu.

El religioso que se encierra en su hábitos y sus estructuras eclesiásticas y predica sin mancharse las vestiduras con el barro del pueblo, que se niega a mirar dentro de los ojos de sus feligreses, repitiendo un evangelio fuera de contexto, es como el maestro que marca su ritmo escolar por el timbre de entrada y salida hasta el punto de mimetizar a sus alumnos con los muros de un colegio que no conoce como tampoco conoce a sus alumnos. Él escribe palabras líquidas en la pizarra mientras el religioso predica al viento: palabras sonoras que todos oyen y nade escucha, palabras que se diluyen en cuadernos-mares de tinta azul.

Y a su lado, los otros, los laicos-activistas-hiperactivos- que tampoco entiende y hace y hacen y mueven montañas, cargando tierra de un sitio a otro, desfalleciendo al final del día, enfadados de ver a los que rezan y no hacen, a los que hablan pero no se implican, olvidando que hay un hueco en ellos mismos que no llenaran nunca con acción social y trabajo.

Ambos debemos aprender los unos de los otros. Esta sociedad de hoy día no necesita religiones, necesita recuperar su parte espiritual, entender que cultivar su espíritu, es la única manera de dar ritmo y candencia a su devenir cotidiano. Hemos construido estructuras tan grandes y burocráticas a su alrededor que le hemos asfixiado: unos corriendo maratones sociales, otros encerrándose tras hábitos y conventos.

Dios está en los caminos, vive intra-gentes, de eso no me cabe duda. Y sin embargo cuánto huimos de los caminos, y cuántas veces los recorremos sin Él.

Mi cuerpo es comida
(P. Casaldáliga)

Mis manos, esas manos y Tus manos
hacemos este Gesto, compartida
la mesa y el destino, como hermanos.
Las vidas en Tu muerte y en Tu vida.

Unidos en el pan los muchos granos,
iremos aprendiendo a ser la unida
Ciudad de Dios, Ciudad de los humanos.
Comiéndote sabremos ser comida,

EI vino de sus venas nos provoca.
El pan que ellos no tienen nos convoca
a ser Contigo el pan de cada día.

Llamados por la luz de Tu memoria,
marchamos hacia el Reino haciendo Historia,
fraterna y subversiva Eucaristía.