Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

domingo, 9 de febrero de 2014

Y al final, superman.

Historias individualistas, cada vez más, construyendo el mundo en torno al individuo, como único artífice autosuficiente responsable único de su propia existencia y supervivencia.

Ésa puede ser la definición genérica para la gran mayoría de películas que llegan hoy día de la meca del cine. Pastiches multicolor recargados de efectos especiales que venden en su interior la píldora mágica del éxito, contenido en la palabra yo, o mejor dicho, en las palabras "usted puedes, TÚ puedes, olvídate del resto".
Son cientos de historias similares, en muy variados escenarios, pero siempre repitiendo el mismo patrón: el o la protagonista es él o ella solo/a quien al final debe apañárselas para salir adelante, para sobrevivir, para lleva a su familia/ país/ planeta al éxito. Y los demás, dependen de él, saben que sin él no son nada, que si él no lo hace nadie lo hará y estarían todos por lo tanto condenados al fracaso y la extinción. Un individuo es el que importa, el resto pierden toda esencia de individuos o personas y se convierten en meras marionetas que sólo sirven para formar el decorado que acompaña al protagonista omnipotente. Él solo se basta.

¿Alguna vez han leído los estadounidenses algo más que su propia historia? ¿Alguien les ha enseñado alguna vez a leer su propia historia? No les culpo, pues todos somos herederos de nuestro pasado, y el pasado de Estados Unidos es ese: el individuo frente al Estado. Un puñado de familias anglosajonas que se metieron en un barco y ocuparon unas tierras que no eran de nadie (nadie que ellos considerasen persona, estamos en pleno s. XVIII), se organizaron, y poco a poco se fueron constituyendo en Estado, primero dependientes de la Madre Reina, luego independientes. Pero siempre, y si entrar en detalles -la historia completa está ahí, léanla-, anteponiendo al hombre frente al Estado: la imagen del colono, con un rifle o un revolver en su mando, matando indios, conquistando el oeste, sobreviviendo con su propio ingenio, dominando la naturaleza, creando una sociedad "próspera", manteniendo siempre a salvo a la familia. El Estado llegó después como un estorbo, una molestia que no queda otra que soportar, por desgracia, para mantener cuando aparecen discrepancias de opinión, individuos en un grupo que se ha hecho ya muy amplio como para que todos obedezcan  a ciegas la ley del líder. Hace falta entonces un marco legal más amplio.
De pronto, se cae en pedazos esa sociedad construida sobre el Yo. Al final, el individuo se ve obligado a reconocer que hay muchos otros "yo", que piensan distinto que él, y sucede además que el hecho de que esos otros "yo" quieran imponer su voluntad no es todo el problema, a este se añada el hecho de que Yo necesito a esos otros "yo" para sobrevivir.

Así de simple. El ser humano, por el mismo hecho de ser humano, es un ser gregario, por más que se empeñen algunos en realzar su individualismo, en anteponer a la persona frente al grupo. La persona lo es porque forma parte del grupo. Los eremitas acaban buscando comunidad, los Robinson Crusoes añoran el día que puedan dejar su isla desierta y regresar a la sociedad, el aventurero solitario en inhóspitas selvas acaba añorando una voz humana, el calor de unos brazos ajenos, el sabor de otros labios. Sabe que no puede subsistir sin sus iguales. Es más, el tiempo le ha enseñado que si doblega a las otras personas del grupo bajo su mando y poder, esa supervivencia se torna efímera, quebradiza. No queda más que reconocerse ante el grupo y como  parte del grupo y, como grupo sobrevivir.

Pero como en todo en esta vida, siempre hay y habrá alguien que se creerá más importante que los demás, que defenderá su libertad como individuo hasta caer en el absurdo, y que para ello nos venderá la imagen de un dios humano a lo McGuiver, que acabará creando, cuando las cualidades del hombre individualizado se le tornen insuficientes, superhombres, superhéroes, cada vez con una cara más humana, pero siempre irreal, para poder justificar una idea que necesita mentiras imposibles para subsistir por falta de unos buenos cimientos.

Ese alguien es hoy día mi enemigo. La razón de mis miedos, la razón por la que me inquietan esperanzadoras historias de superhéroes o simples mortales salvadores únicos de la humanidad. No porque sepa que es mentira, sino porque soy capaz de leer la propaganda subliminal que subyace tras esas historias y me da miedo a dónde pueda llegar el poder de esta: a una sociedad de individuos inconexos, incapaces ya de leerle el mensaje subliminal y reaccionar humana y críticamente ante él, una sociedad de individuos que olviden que se necesitan los unos a los otros en igualdad para poder sobrevivir y poder asegurar un futuro común para todos, una sociedad que llegue al punto de reconocer como semejantes a sus iguales de especie, expulsándoles de la humanidad y creando una falsa humanidad sí misma.

No necesitamos hombres orquesta. Necesitamos sentirnos parte de esa gran orquesta que es la humanidad, me da igual si somos el director, el violín solista, el casi desapercibido bajo, o uno de los tantos instrumentos de cuerda en la multitud. Nos necesitamos los unos a los otros, si uno de nosotros desafina, por muy pequeño e insignificante que sea, la sinfonía fracasa. Todos somos igual de importantes.

"Los políticos deben aprender de los músicos, no todo el mundo tiene que cantar la voz solista", decía Pete Seeger.
Brindo por ello.