Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

domingo, 16 de febrero de 2014

Sociedad ágrafa

Así es, la gente no lee. No, no me refiero a los libros, aunque es verdad que la gente tampoco lee libros. Acá en Ecuador tienen su punto a favor pues los libros valen un ojo de la cara: hay muy pocas ediciones nacionales, la mayoría son importados, e importados de España, algo que no deja de llamarme la atención cuando tienen plazas editoriales importantísimas mucho más cercanas: Buenos Aires, Bogotá, México.

Pero no, no va de libros esto. Que la gente no lea libros es un mal común en el mundo, y Ecuador no es excepción en la lista de "candidatos potenciales a bomberos de Fahrenheit 451". Sin embargo, acá la explicación de la falta de hábitos de lectura se me antoja de raíz cultural. Por acá, siendo sinceros, la gente no lee nada: no lee libros, no lee diarios, no lee los circulares impresos, no los letreros de los comercios, no le las señales y carteles en la calle. Y no será por falta de ellos.

Por ejemplo. ivo en una calle de seis direcciones, tres al norte, tres al sur. En la divisora hay enormes carteles que gritan "PEATÓN, UTILICE EL PASO DE CEBRA". Nadie hace caso. Hay un paso de cebra en cada esquina, hay incluso un paso a nivel a 200 metros. Nadie lo usa, nadie mira para el semáforo. Todos los días hay gente que cruza por todo el medio arriesgando el pellejo. Yo pensé que era desobediencia cívica, pero me equivoqué.
-¿Oiga, no ha leído usted el letrero?
-¿Qué letrero?... ¡Ah, ese!. No nunca lo he leído.

Y el tipo continua cruzando la calle por donde le viene en gana.

Los buses son otro buen ejemplo. En el parabrisas llevan escritos los nombres de la infinidad de lugares, calles por las que el bus pasa hasta llegar al final, pero están ahí simplemente de adorno. Si el cobrador no va sacando medio cuerpo por la puerta gritando los nombres de las calles o de las múltiples paradas, nadie se sube al bus, o como mucho, alguien se acerca hasta la puerta del bus y pregunta "¿este bus va a tal sitio?" A lo que el conductor contesta con resignación por enésima vez "sí, señor, sí"; aunque a veces también da un resignado no por respuesta a la vez que detiene el bus para el que el ciego pasajero se apee a la vez que el cobrador le devuelve los 25 centavos.

La verdad, en los buses urbanos hasta yo pregunto a veces: es tal la contaminación visual del parabrisas, que uno necesita cerciorarse de que ha subido al bus adecuado y de que le va a llevar hasta casa y no se va a desviar dos cuadras antes; pero con los buses interprovinciales no tienen perdón. Ahí solo hay una palabra en el parabrisas y en letras bien grandes:
Terminal de buses de Guayaquil. Domingo por la tarde. Un letrero cuelga del techo indicando el número de cada dársena. Estamos en la 45. Hay un bus aparcado en ella con el letrero luminoso que dice Lago Agrio. En la puerta del bus, el cobrador medio descamisado.
-¿Disculpe, esta es la dársena 45?
-Si...
-¿Este es el bus que va a Lago?
-Si...
 Sin exagerar, el 60% del pasaje hará las mismas preguntas al chofer o al cobrador antes de subir a bordo.

Yo mismo recuerdo mi sensación de inutilidad, el año pasado en el colegio firmando los comunicados para los padres de familia, revisando el texto, sacando multicopias, gastando resma tras resma de papel, y luego entregándolas amablemente en la reunión de padres.
A la salida, cada padre de familia con su comunicado impreso en la mano, se detenía, te saludaba, y te preguntaba exactamente lo que habías escrito en el papel.
-¿Entonces la próxima reunión es el día 5?
-Si
-¿Y tenemos que traer...?
-Si, sí, sí...

 Parece desesperante el asunto, y parece aún mentira que uno llegue a acostumbrarse a ello. Yo, después de unos años pasé de perseguir a la gente con el papel en la mano para que leyese, pasé a hacer campaña para eliminar las inservibles circulares y demás papeles escritos. La gente no leía ni siquiera el tablón de anuncios, cada vez que pegabas algo, todo el mundo miraba y esperaba ansioso a escuchar el mensaje a viva voz.

En un país en el que todo sale por escrito, en el que las cartas llevan elegantes y rimbombantes encabezados de tres líneas, firmas y sellos y ratificaciones por doquier en el papel, en el que la cantidad de letreros que hay en calles, comercios, centros públicos raya a veces el absurdo, me pregunto cuál es el misterio, de qué sirve tanto letrero y tanto papel. ¿Será rebeldía de los ecuatorianos contra la contaminación visual? ¿O una herencia de la etapa de domino Inca, cuyo idioma el kichwa no tenía expresión escrita hasta que lo recogieron los misioneros?

Quien sabe. La mejor respuesta, radiografía del alma ecuatoriana, me viene ahora a la mente mientras termino estas líneas. La dio -perdón si me equivoco- Velasco Ibarra, ilustre presidente ecuatoriano, quien digo que "Ecuador es un país eminentemente fonético". Gustan las palabras que suenen, gusta sentir, saborear el vocablo en el paladar, escuchar como resuena en los oídos, lo que digan, o como lo digan es secundario; primero el sonido y el sabor.

Por eso en lugar de titular a esta entrada "La gente no lee", la titulé "sociedad ágrafa".
¡Ágrafa! Menudo vocablo. ¡Cómo suena!