Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

martes, 1 de noviembre de 2011

A 1000 km. de distancia

A veces, el estar "conectado" con el mundo no es simplemente tener internet, o teléfono, o leer o ver las noticias. Es más, "estar" en el lugar, ser partícipe de él.
Estos días me escriben desde casa, contándome como va el país, la visita de una voluntaria austriaca y de otros jóvenes españoles me ponen también un poco al día de cómo se vive la vida por el viejo continente, las noticias que leo en periódicos por internet, ahora que vuelvo a estar conectado, me hablan de lo mismo: de otras vidas, de otras tierras, de otras preocupaciones que sientro propias y ajenas, cercanas y lejanas a la vez. Me hablan de crisis, del precio de la gasolina, de recortes presupuestarios, de elecciones, de protestas...
Siento una extraña sensación al escuchar y leer todas estas noticias. Por una parte me emocionan, me preocupan, me devuelven a una realidad que viví y que quizás sigo viviendo, porque no se puede romper del todo con el pasado, y porque en este mundo global cada día es más dificil desligarse del resto.

No estoy muy seguro de esto último, de todos modos. Claro que vivo liagado a lo que sucede en España, o en el mundo occidental. Trabajo en un proyecto de desarrollo que funciona gracias al apoyo de ese mundo occidental, y, además, estoy de paso. Y la realidad habla por sí sóla: quiebra un banco en Estados Unidos y todos pagamos las consecuencias (no digo que sea justo, la economía no es justa) Pero, aquí, en esta ciudad al borde de una selva amazónica cada día más menguada, todo eso suena  a preocupaciones muy, muy lejanas.
Será la distancia, será el hecho de que vivo un modelo y un ritmo de vida a años luz del ritmo vertiginoso de las ciudades. Pero tengo la sensación de que si vuelve a quebrar un banco, acá no nos importaría mucho. La rutina diara es tal, las carencias son tales, que no tengo mucho tiempo de pensar en otra cosa. Quizá después me coja el toro, pero por ahora no tengo tiempo de pararme a cuestionar tantas cosas, hay necesidades demasiado urgentes: agua, comida, las clases,...

Me preocupa la situación mundial, vaya, pero poco más puedo hacer. Por muchos cables e internet, no estoy ya conectado a esa realidad. El único consuelo que me queda es la fe en un futuro con personas que sean más críticas y no se dejen llevar por los bocazas de arriba. Trabajo en educación, y la esperanza la pongo todos los días en educar a jóvenes, pertenecientes a un grupo excluido del sistema, para que se integren en el con voz crítica y no sea absorvidos y convertidos en desecho por el sistema.
Esa es la única esperanza que me queda. Por eso lucho cada día. Y en mi lucha y dedicación me rearfirmo y me doy fuerzas. Ahí entonces me siento conectado.