Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

domingo, 20 de diciembre de 2009

El niño pez

Estaba en cuclillas junto a la orilla del río observando su reflejo en el agua. Un pez saltó y difuminó el reflejo de su rostro unos instantes. Los rasgos que veía en ese rostro era los de ese pez que había venido a la tranquilidad de la tarde para saludarle y acompañarle en sus pensamientos. O quizá eran los rasgos del amigo lagarto, que moraba en el pantano que bordeaba la comuna por uno de sus extremos, o los de la serpiente, que habita entre las cenagosas aguas del pantano y les protegía con su presencia.
Observó una vez más su reflejo en el agua con detenimiento. Sí, no cabía duda: su nariz chata y los ojos rasgados, la piel tensa y brillante, como si alguien le tirase hacia atrás desde las orejas, que estaban pegadas a la cabeza, sobresaliendo a penas, a penas imperceptibles cuando se le miraba de frente. Y su boca, su boca también era la del pez/ lagarto: pequeña, estrecha cuando estaba callado y viva y afilada cuando reía con sus amigos. Recordó entonces las palabras del viejo chamán:
"Nosotros somos la gente del río. Vivmos en las orillas del río, nuestras casas cuelga sobre las riberas y los pantanos. Pescamos peces y nos alimentamos del río. Y viajamos por el río en canoa para visitar a nuestros hermanos y hermanas del río. Nuestros niños juegan y nada y crecen en la orilla del río, y allí buscan alimento cuando crecen y en la orilla del río son enterrados su guesos cuando mueren. Por eso somos parecidos a los animales del río, pues ellos son también nuestra familia y el río nuestra vida y la suya.
"Observad a las tribus que viven allí entre los árboles, donde acaba el pantano. Ellos son la gente del bosque. Sus casas se esconden entre los árboles, corren por el bosque sin perderse y trepan a los árboles a recoger frutos del bosque y caza pequeños animales con arcos y flechas. Son como los monos y los otros seres que habitan los árboles, y por eso su rostro es rendondo, como el de los monos.
"Y más allá de los bosques que rodéan el pantano, entre el monte bajo, vive el puma y la gente puma, personas que canzan venados, como el puma, que les protege, ypor eso visten con adornos de pieles de jaguar y su cara es ancha con la del puma, con ojos vivos y sus pies son rápidos y silenciosos cuando corren como el puma."

"-¿Y el hombre blanco?"- preguntó entonces el niño-pez.
El anciano chamán cerró los ojos e inspiró profundamente.
"El hombre blanco -contestó el chamán- hace mucho tiempo que avandonó sus raíces y su lugar en la naturaleza, olvidó a sus hermanos y por eso su rostro perdió su forma, y porque olvidó al hermano sol, su rostro perdió el color. El hombre blanco creyó un día ser más importante que el hermano sol que calentaba sus huesos e iluminaba sus, pues logró calentarse cuando no había sol y crear el día en la noche. Y creyó ser más importante que el río construyendo puentes para cruzar rápidamente las aguas, y caminos anchos y sin árboles para correr aún más rápido por donde antes había bosques, y se demostró a si mismo que podía llegar lejos, muy lejos, más allá del pantano y del bosque y de las montañas que dicen existen mucho, mucho más allá.
"Pero en su carrera olvidó al hermano árbol, y al hermano pez, y al hermano tigre, y al hermano río, y se encontró solo, con un rostro y una tierra que le eran extraños, fríos y yermos, pues había arrojado a todos su hermanos fuera de su espíritu.
"Y por eso ahora el hombre blanco tiene un rostro informe y sin color, y pasa sus días caminando por la tierra, excabando en las entrañas de la tierra, buscando aquello que perdió, creyéndolo encontrar en las negras y venenosas entrañas de la tierra, creando falsos hermanos con sus manos, siempre corriendo, siempre insatisfecho, demasiado ocupado para observar a su familia y a la tierra, demasiado orgulloso para descansar y escuchar a sus otros hermanos: al hermano río, al hermano arbol, al hermano viento, al hermano puma, al hermano sol."