Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

jueves, 22 de octubre de 2009

Fuego cruzado

Hay guerras en las que no muere nadie. Guerras internas que cada uno lucha silenciosamente en su interior sin que nadie lo sepa, sin consentir que una llama de ese fuego y esa tensión interna se asome a traves de los ojos; hay gente templada de carácter que lo consigue, hasta que la guerra ya le ha corroído todas sus mejores defensas y ésta sale afuera desmoronádole.
Hay guerras cercanas y lejanas. Guerras en las que muere gente en desiertos y tierras infértiles sembradas con sangre en lugar de semillas. Y hay guerras también acá, en estas tierras en paz. Guerras sin muertos. Guerras frías latentes, que luchan las personas de esta sociedad herida por si misma, no con armas de fuego sino con palabras, con gestos, con miradas, con cifras sobre un papel, representaciones irrisorias y ridículas de motivos materiales inútiles y falsos que son esgrimidos como motivo de guerra.

Lo peor en todas las guerras siempre resulta el estar en medio de los dos bandos que se enfrentan. No elegimos, somos puestos en medio y obligados a elegir entre blanco o negro, un bando u otro. Hay que tomar posición por uno de los dos. Todo el mundo lo hace. Todo el mundo lo debe hacer, está escrito. Es costumbre. Es lo normal.
Pero, uno entre un millón, de pronto, en algún lugar, una voz se alza y dice: "¡NO! Ninguno de los dos tiene razón en este entuerto, ninguno está totalmente equivocado, lo que sucede es que están ambos ciegos de envidia, dolor y resentimiento".
Y decidido en su determinación, se mantiene firme y seh ace a un lado. Crea su propio partido en lugar de tomar partido y es llamado "loco", "enfermo", pues, temerosos de que se caiga su sistema, los dos bandos enfrentados tienen que modificar, llevar de vuelta al redil si no desturír a aquel de la voz disonante. Y entonces, este no se ve a un lado, sino en medio de un fuego cruzado que le rodea cada vez más, que le ataca por la espalda cuando se da la vuelta y que le impulsa a huir a otras guerras, quizá personales, quizá distantes y reales...

Sin embargo, atrás, en casa, la guerra sigue y le persigue, pues ni el tiempo ni la distancia pueden apagar el fuego, solo el olvido y el perdón.