Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

viernes, 29 de junio de 2007

En un pueblo sin nombre. Décimo primera parte.

La calle estaba desierta, un viento cálido de noche de verano reocrría las calles, arrastrando un papel de aquí para allá, haciendo volar pequeñas briznas de hierba que centelleaban al pasar bajo las luces del cine. A lo lejos, el pueblo se ocultaba en la oscuridad, a penas tímidamente iluminado por la luna creciente. De pronto, parecía una noche de verano en un pueblo fantasma. Los dos amigos se quedaron inmóviles en la puerta del cine, con la vista perdida en la calle vacía.
-¿Y ahora qué? -dijo Ángel para si mismo.
Toño se tocó el brazo, miró el vendaje, y se echó la mano a la frente, mientras se dejaba caer apoyado en el marco de la puerta.
-No lo sé -Toño tenía aspecto de cansado, desesperado- Tengo ganas de irme a dormir, y despertar y ver que todo esto no es más que una horrible pesadilla, pero algo me dice que no funcionará.
-No creo que Jose esté en el cine. Ha salido, quizá a la farmacia...- Ángel se movía nervioso en la puerta del cine.
-O se lo han llevado más bien. -Contestó Toño.
-No podrían acercarse a la puerta.
-Entonces salió él.
-¿Pero para qué?
-Mira -dijo Toño-, ya estoy harto de esperar. No se qué son esas cosas, pero me parece que está claro que ya no son exactamente las personas que conocimos, quizá sean algo más grance, superior, pero no creo que a mi no me gusta, no quiero ser parte de ello.
- Y qué quieres, ¿Que nos lancemos ahí fuera como cazavampiros, linterna en mano? Has leído demasiadas veces ese libro de Matheson.
-No, no podemos limpiar el mundo nosotros solos, pero podemos largarnos de aquí, dar la alarma.
-No nos creería nadie. Lo sabes. Y por otro lado, no creo que esas cosas nos dejen marchar. Traman algo. Temen algo. Tengo la sesación de que podrían acabar con nosotros con un chasquido de dedos pero por alguna razón no lo hace. Y ahora nosotros sabemos que están aquí, y que son vulnerables, que pueden ser destruídos, y nos hemos convertido en una amenza. Una amenaza que no quieren destruir ¿Por qué?
-Hum. Yo también tramo algo. -Toño paseaba ahora de aquí para allá, frotándose el brazo herido, pensativo.- La luz les mata. No soportan la luz... Bien. Iluminémosles. Encendamos todas las luces de este maldito pueblo. Hagamos que esta noche vuelva a ser una veredadera noche de verano, con todas las farolas luciendo, rodeadas de mosquitos, y música en los bares, y gente paseando... bueno, quizá sin gente, pero sin "cosas" también.
-Supongo que podríamos... Sí, ayudaría... Podemos encencer el alumbrádo público y luego ir casa por casa...
No había acabado la frase y Toño ya estaba entrando en el cine y recogiendo las linternas. Recordaban, de una excursión con el colegio cuando eran niños, que el control del alumbrado público y otros servicios estaba en el ayuntamiento. Dese ahí, podían "encender" todo el pueblo.
Estaban listos y decididos. Y nerviosos. Encencieron una linterna de baterías cada uno, guardaron otra de acomodador en el bolsillo, y comenzaron a caminar con cautela calle alante, revisando cada portal, observando los edificios dormidos que parecían observales a ellos. La calle estaba desierta y oscura, al fondo quedaba el brillo de las luces del cine. La suave brisa estival de alguan manera, les erizaba el vello de los brazos.

La plaza del ayuntamiento estaba también desierta y oscura. Se quedaron quietos, observando el ayuntamiento: un gigante blanco dormido en la oscuridad. Era un edificio de piedra blanca, con fachada neoclásica, con una enorme puerta de madera al final de la escalera. En los bajos, se encontraba la oficina de la policía, que debería estar de guardia las veinticuatro horas, pero que hoy parecía también fuera de servicio, oscura, como todo el pueblo. La idea inicial era engañar al policía de guardia y colarse a través de la oficina de policía, pero el asunto parecía ahora más complicado. Ángel caminó hasta la enorme puerta principal y la empujó, sabiendo que estaba cerrada y no se iba a mover siquiera un milímetro. Siguió avanzando por la fachada del ayuntamiento y se detuvo en al puerta de la policía. Forcejeó. Nada. Cerrado a cal y canto.
-Habrá que forzarla con algo- Ángel se sobresalto, Toño estaba ahora detrás de el, con el peso del cuerpo carado sobre una pierna y un brazo agarrando el brazo magullado- A lo mejor en la ferretería encontramos algo, plancas, ganzúas o algo similar.
Ángel se dió media vuelta y miró a su amigo:
-Sí, las vi hoy. No pensé que necesitásemos nada de eso. Y me parece que tú con ese brazo no podrás hacer mucho dentro de poco. A ver si se te gangrena o algo parecido. Démonos prisa.

El miedo y el inesperado contratiempo les hacía avanzar rápidamente por la calle, en apenas unos pocos minutos estaban delante de la ferretería. Pegaron la cara al cristal de la puerta mientras enfocaban la linterna al interior del local, intentando discernir algo en la oscuridad. No parecía haber nadie dentro. La calle estaba vacía también. Toño miró a ambos lados, y rompió el cristal de la puerta.
-Abierto, adelante. Creo ahora me he cortado en el brazo sano... voy a sentarme...
-Tranquilo. Yo busco las palancas -dijo Ángel-, tú quédate ahí apoyado contra la puerta, vigila no venga nadie.
Ángel avanzaba lentamente entre las estanterías de la ferretería, enfocando con la linterna siempre al final del pasillo, temeroso de que algo le esperase escondido entre los estantes. Encontró las palancas. Cogió la que le pareció del tamaño más adecuada y la tanteo. Sí, esa serviría. Una brisa hizo golpearse la puerta de la entrada, varios fragmentos de vidrio, aún en el marco de la puerta, calleron al suelo. Ángel salió de sus pensamientos y caminó con premura hacia la salida.
-Vámonos, ya tengo una...
Se quedó parado en seco con la palanca en la mano, de pie, bajo el marco de la puerta, mirando la suelo, al lugar donde había dejado a su amigo hacía apenas unos minutos. Toño no estaba.
-Toño... -Quería gritar, pero las palabras ya no salían con fuerza de su boca. Le envolvía un sentimiento de impotencia. No serviría de nada gritar. Sencillamente, su amigo había desaparecido, como había desaparecido Jose media hora antes, como habían desparecido todas las personas del pueblo, dejándole solo en una noche oscura y vacía.
Consiguió calmarse y recuperar el sentido común. Las cosas, las personas no desparecen porque sí. Registró la ferretería. Nada. Toño no estaba en condiciones de ir a ningún sitio él solo, al menos tan rápido. No sabía donde ir, donde buscar. El pueblo se había vuelto demasiado grande de repente. Todos aqueños años de adolescencia, quejándose de vivir en un pueblo pequeño, de esos que los que los paseos se hacían cortos todas las tardes, en los que ya no quedaba calle por la que ir por la que uno no hubiese pasado antes, y ahora el pueblo se alzaba enorme e inabarcable. Echó a andar en dirección al ayuntamiento, por el medio de la calle, sin mirar atrás.

Se detuvo en la plaza, mirando al edificio del ayuntamiento, desafiándolo con la mirada. Comezó a caminar lentamente, pero con decisión, hacia la puerta principal, que ahora ¡Estaba abierta!