Hay algo mágico en las estrellas
me lo pregunto esta noche mientras las miro
y siento como un aire especial entra en mi
y se me erizan los pelos del cuerpo
y sueño llegar alto y volar y ver gentes
que como yo viven y sueñan despiertos.
Hay algo mágico en las estrellas
ahora estoy seguro mientras las miro
y siento como mis penas
mis despesperos diarios y las cadenas
que me encierran en un mundo opaco
se rompen, y libre vuelo, y pienso
que nada es imposible, no hay quimeras.
¿Es esa la magia de las estrellas,
abrir nuestra mente a lo imposible
al tiempo cambiante que no rigen
las matemáticas y el hombre,
donde las penas a nadie afligen
que risa y llanto son parte
de la vida que eterna centellea.
Y me pregunto entonces porqué
no miramos todas las noches a las estrellas
si ellas son el aliento de nuestros sueños
si ellas hacen posibles utopias
y nos llevan a volar más alto que ellas.
Veo entonces a un hombre
abosrto en si mismo, encerrado
en cuatro paredes que dicen perfectas
enciende luces y construye techos
ensombreciendo con su arrogancia
la luz de las estrellas.
En las ciudades, en barrios muertos
y silenciosos, o en lugares llenos
del bullicio de muscia y coches,
en noches de mil colores, de neon
y otros gases oscuros y no tan nobles
el hombre ya no sueña, hoy solo
construye ficciones con lodo
que una lluvia ácida borra cayendo
desde unas nuves oscuras que ocultan
la luz de la luna y las estrellas.
El hombre abre paraguas, de acero
y telas sintéticas, y trabaja con celo
para mantener en pie un mundo
construido a su imagen y semenza
y a él vivo dentro, cambiando tuercas
aprentando tornillos, donde la ley cuadrada
sólo sabe de cifras y recursos
y a borrado del diccionario la esperanza.
Sin embargo arriba a un quedan
unas gotas de esa verdad eterna
esperanza centelleante que las estrellas
guiñando los ojos a un lazan
a una tierra poblada de criaturas
que su cabeza alzan y avanzan
demasiado orgullosos y ocupados
sin darse cuenta de que la meta
no es ser más altos y brillantes
que las estrellas, sino caminar alegres
alumbrados por la luz de luna
Y que los sueños descansan
sonrientes en una cuna
o en besos que sacia la sed
de dos labios que se juntan
cubiertos de polvo de estrellas.
Realidad y ficción, una mirada personal al mundo exterior, una puerta de salida para pensamientos atrapados.
El ir y venir luchando por las cosas más queridas, sin bien nos gasta las manos, nos deja abierta la vida.
- Víctor Jara
Páginas
jueves, 29 de noviembre de 2012
Tiempo ordinario
(Debió aparecer hace varios días, pero un rayo quemó cierto aparatito y nos volvió a dejar incomunicados en medio de la selva. No me quejo, estuvo bien desconectar una semana... La madre naturaleza sigue siendo sabia y cuidando de sus hijos.)
Si hay algo que define la alimentación en este país, y sobre todo, en el internado donde vivo, es el arroz. Arroz, arroz, arroz. Tres veces al día para no olvidarlo. Arroz con pollo, arroz con frijoles, arroz con lentejas, arroz con salchicha, arroz con huevo, arroz pasta y atún, arroz con leche... Las convinaciones son infinitas, y, aunque el acompañante cambie, la base es siempre la misma: arroz, lo quieras o no. Este país parece producir más arroz que petróleo, y gran parte de la producción la consumen las 200 personas que viven conmigo en el internado.
Es todo un ritual, una dieta especial que crea adicción, a veces yo bromeaba diciendo que era como maná del cielo, porque cuando falta los muchachos están tristes, y cuando les sirven bien, comen y se inchan de arroz, sonrientes y ansiosos. Ahora me parece que es más como una droga, blanca como la coca, o como el petróleo antes de ser refinado y mezclado con otras sustancias.
Hoy día, si no hay arroz, no hay comida, y así, pasan las semanas y acabamos viendo La vie en blanc, con perdón de Edith Piaf, y camaradería con aquel estudiante de chiste que se iba a estudiar a Noruega y acaba viendo caer "mierda blanca". Acá, es un misterio que no caguemos de color blanco y que no suframos de estreñimiento crónico. De vez en cuando, levanto mis posaderas del trono, y observo mis heces y sonrio: "todavía son marrones sigo siendo humano", contento de no ser un grano de arroz pensante.
Quizá sea que sufro manía persecutoria con el arroz. Mi cerebro da y da vueltas e inventa una y otra vez chistes y otras lucuras múltiples con arroz. Si en el Popol Vuh el hombre era de maiz, acá dios debió crear al hombre a base de arroz. Lo escribo con minúsculas porque este dios, es, según mi parecer un dios moderno y por lo tanto menor e ingénuo, aunque se las dé de importante. Si echamos la mirada atrás, o a la dieta de los indígenas cuando vuelven a sus casas, ellos sólo comen yuca y plátano verde (que por cierto son más nutrivivos que el arroz) Así que nuestra dieta blanca debe ser parte de una conspiración creada y urdida por los magnates de las piladoras de arroz de la costa en complot con la administración y las cómodas cocineras del internado. Sí esa debe ser la verdad. O más o menos.
Nos quieren cambiar la sangre por arroz. Dentro de poco iremos a misa y la ostia será de arroz. Seguro. Ya hay pan de arroz, pasta de arroz. Siento sudores y la cara está igual de pálida que el arroz. Empiezo a ver granitos blancos entre mis heces. Donde quiera que voy, me sirven arroz: "déme un pollo asado para llevar". Y el tipo del asadadero me da un pollo y unas funditas de arroz como acompañante. "Este, no, no quiero arroz, quédeselo". Y entonces me mira como si le estuviera insultando o yo estuviese loco. Siempre es así: entro en una chifa (restaurante chino) y busco un plato sin arroz: ¡tallarines con verduras a la plancha! ¡perfecto! En unos minutos la camarera, que es china de verdad y a penas chapurrea español, me trae un humente planto de tallarines con brócoli, zanahoria y demás verduras; una montaña que no voy a ser capaz de terminar. No he acabado de masticar el primer vocado, cuando la camarera regresa y me deja un plato rendondito con una montañita de blanco arroz. Nunca antes me había atragantado comiendo pasta con verduras.
En verdad, es casi imposible encontrar un plato sin arroz en este país. Lo único que -de momento- siempre sirven sin arroz, es la pizza. Por eso, cuando esta semana me encargaron la cocina (me tocó cocinar para los diez que somos en casa cuando se van los internos) decidí hacerle la guerra al arroz. "¡No entrará un grano en mi cocina!" grité bien firme. "¿No vas a concinar paella?" me preguntaro "Paella y pa'el", como decían martes y trece, contesté. ¿Por qué a los españoles nos toman siempre por comedores de paella, bailaores de flamento y aficionados a los toros? España es algo más que Andalucía y Valencia. No nada de paella, nada de arroz. Fuera el arroz por una semana.
Casi lo consigo. Casi. He tenido a todo el personal a base de cremas de verduras, verduras cocidas, ensaldas, y carne o pescando al horno, y casi, casi sin arroz. Casi porque después de un día sin poner arroz, todo el mundo empezó a mirarme con ojos de corderito, que luego se convirtieron en ojos ansiosos de adicto, y, por compasión con el hermano y amigo, acabé sirviendo arroz. Eso sí, contraté a un "arrozólogo" para que lo cocinase y lo dejé solo, en una olla en medio de la mesa, como a un ser extraño. Por eso, a pesar de las presiones, estoy contento de haber podido con el arroz durante una semana.
Fueron unos días bonitos y divertidos en la cocina, picando y pelando verduras, y esperando a ver las caras de extraña sorpresa de los comensales. Ahora ya me quitan el gorrito de cocinero y el mandil, cierran la cocina de la casa y me manda a sentarme en el comedor del colegio. Se acabó la fiesta, llegó el tiempo ordinario. Sin que nadie me lo diga, puedo leer el menú de los próximos viente días: ARROZ CON...
Si hay algo que define la alimentación en este país, y sobre todo, en el internado donde vivo, es el arroz. Arroz, arroz, arroz. Tres veces al día para no olvidarlo. Arroz con pollo, arroz con frijoles, arroz con lentejas, arroz con salchicha, arroz con huevo, arroz pasta y atún, arroz con leche... Las convinaciones son infinitas, y, aunque el acompañante cambie, la base es siempre la misma: arroz, lo quieras o no. Este país parece producir más arroz que petróleo, y gran parte de la producción la consumen las 200 personas que viven conmigo en el internado.
Es todo un ritual, una dieta especial que crea adicción, a veces yo bromeaba diciendo que era como maná del cielo, porque cuando falta los muchachos están tristes, y cuando les sirven bien, comen y se inchan de arroz, sonrientes y ansiosos. Ahora me parece que es más como una droga, blanca como la coca, o como el petróleo antes de ser refinado y mezclado con otras sustancias.
Hoy día, si no hay arroz, no hay comida, y así, pasan las semanas y acabamos viendo La vie en blanc, con perdón de Edith Piaf, y camaradería con aquel estudiante de chiste que se iba a estudiar a Noruega y acaba viendo caer "mierda blanca". Acá, es un misterio que no caguemos de color blanco y que no suframos de estreñimiento crónico. De vez en cuando, levanto mis posaderas del trono, y observo mis heces y sonrio: "todavía son marrones sigo siendo humano", contento de no ser un grano de arroz pensante.
Quizá sea que sufro manía persecutoria con el arroz. Mi cerebro da y da vueltas e inventa una y otra vez chistes y otras lucuras múltiples con arroz. Si en el Popol Vuh el hombre era de maiz, acá dios debió crear al hombre a base de arroz. Lo escribo con minúsculas porque este dios, es, según mi parecer un dios moderno y por lo tanto menor e ingénuo, aunque se las dé de importante. Si echamos la mirada atrás, o a la dieta de los indígenas cuando vuelven a sus casas, ellos sólo comen yuca y plátano verde (que por cierto son más nutrivivos que el arroz) Así que nuestra dieta blanca debe ser parte de una conspiración creada y urdida por los magnates de las piladoras de arroz de la costa en complot con la administración y las cómodas cocineras del internado. Sí esa debe ser la verdad. O más o menos.
Nos quieren cambiar la sangre por arroz. Dentro de poco iremos a misa y la ostia será de arroz. Seguro. Ya hay pan de arroz, pasta de arroz. Siento sudores y la cara está igual de pálida que el arroz. Empiezo a ver granitos blancos entre mis heces. Donde quiera que voy, me sirven arroz: "déme un pollo asado para llevar". Y el tipo del asadadero me da un pollo y unas funditas de arroz como acompañante. "Este, no, no quiero arroz, quédeselo". Y entonces me mira como si le estuviera insultando o yo estuviese loco. Siempre es así: entro en una chifa (restaurante chino) y busco un plato sin arroz: ¡tallarines con verduras a la plancha! ¡perfecto! En unos minutos la camarera, que es china de verdad y a penas chapurrea español, me trae un humente planto de tallarines con brócoli, zanahoria y demás verduras; una montaña que no voy a ser capaz de terminar. No he acabado de masticar el primer vocado, cuando la camarera regresa y me deja un plato rendondito con una montañita de blanco arroz. Nunca antes me había atragantado comiendo pasta con verduras.
En verdad, es casi imposible encontrar un plato sin arroz en este país. Lo único que -de momento- siempre sirven sin arroz, es la pizza. Por eso, cuando esta semana me encargaron la cocina (me tocó cocinar para los diez que somos en casa cuando se van los internos) decidí hacerle la guerra al arroz. "¡No entrará un grano en mi cocina!" grité bien firme. "¿No vas a concinar paella?" me preguntaro "Paella y pa'el", como decían martes y trece, contesté. ¿Por qué a los españoles nos toman siempre por comedores de paella, bailaores de flamento y aficionados a los toros? España es algo más que Andalucía y Valencia. No nada de paella, nada de arroz. Fuera el arroz por una semana.
Casi lo consigo. Casi. He tenido a todo el personal a base de cremas de verduras, verduras cocidas, ensaldas, y carne o pescando al horno, y casi, casi sin arroz. Casi porque después de un día sin poner arroz, todo el mundo empezó a mirarme con ojos de corderito, que luego se convirtieron en ojos ansiosos de adicto, y, por compasión con el hermano y amigo, acabé sirviendo arroz. Eso sí, contraté a un "arrozólogo" para que lo cocinase y lo dejé solo, en una olla en medio de la mesa, como a un ser extraño. Por eso, a pesar de las presiones, estoy contento de haber podido con el arroz durante una semana.
Fueron unos días bonitos y divertidos en la cocina, picando y pelando verduras, y esperando a ver las caras de extraña sorpresa de los comensales. Ahora ya me quitan el gorrito de cocinero y el mandil, cierran la cocina de la casa y me manda a sentarme en el comedor del colegio. Se acabó la fiesta, llegó el tiempo ordinario. Sin que nadie me lo diga, puedo leer el menú de los próximos viente días: ARROZ CON...
La musa
Cuando la musa me habla para escribir, mi
cuerpo me dice que no. Que ya se acaba el día, que tome notas y me vaya a
dormir. Un día nuevo me dará, triste engaño de la cordura mental y futura, la
oportunidad, el tiempo preciso y la mente clara para escribir. Pero es todo
engaño, pues en la lucidez del día mi musa no está.
jueves, 15 de noviembre de 2012
Inventando...
Algún profesor dirá que este estudiante es un zoquete. A mi me parece inteligentísimo.... Alguien con tanta imaginación tiene que ser alguen muy especial... Claro que, como nosotros seguimos empeñados en meter a todo el mundo en cajitas, perdemos la esencia en el proceso.
(ver imagen - clic para agrandar)
(ver imagen - clic para agrandar)
Pedagogía tradicional
¡Ala, castigado, me copias cien veces "no debo irme al baño sin pedir permiso antes al profesor"!
(cerebro del alumno trabajando mientras el profesor le riñe...)
Resultado del método: ver imagen (clic para agrandar)
(cerebro del alumno trabajando mientras el profesor le riñe...)
Resultado del método: ver imagen (clic para agrandar)
lunes, 12 de noviembre de 2012
Adiós a la piratería
Así es, ya me cansé de andar por páginas raras buscando lo último y además gratis. Alguno de mis amigos me llamará tonto y se reirá de mí, pero ayer, después de un tiempo pensándolo me decidí: adiós a todo el software pirata, a todos los programas de pago crackeados, pirateados, modificados, etc.
Prácticamente todas las personas que conozco, desde que empecé a estrebillar en esto de la informática, usan programas piratas, ya sea el sistema operativo, los programas de ofimática, de grabación de dvds,... la lista es larga. Parece como si sólo hubiese un fabricante de estos programas, como si sólo existiese Microsoft Office, o Nero, o el Photohop, al menos esa es la impresión que se le queda a uno: son los programas más usados, más conocidos, y por ende, los únicos. Así que, si no tienes plata para comprarlos, rebuscas y rebuscar por internet hasta que encuentras una versión crackeada o algo similar.
Una vez que la instalas, comienzan los problemas: virus, computadora lenta, programa que "se cuelga", etc. Y de nuevo, vuelta a buscar el parche, el modo de mantener tu computadora adecuadamente.
Yo ayer ya me cansé de todos esos quebraderos de cabeza y empecé a indagar por internet. Si existen alernativas reales a Windows, gratis, y con las mismas o similares características (las últimas ediciones de Linux están pero que muy bien), tiene que haber programas gratuitos para Windows que hagan las funciones de los programas de pago. No estaba nada desencaminado. ¡Los hay, y a patadas!
Después de vistar varias páginas y leer un poco, cogí la escoba y me puse a hacer limpieza en la portatil. Os invito a hacer lo propio. Alguno me acusará de demasiado "legal". Creo que se equivoca. Si no existiesen verdaderas alternativas al software de pago, le daría la razón, pero visto lo visto, ya no hay razón para ello. (Y, además, añadiría, si se tiene dinero, y se quiere algo de verdad, rásquense el bolsillo)
Mi bolsillo no está muy voyante estos días, así que aquí dejo una página con un buen montón de alternativas gratis al los programas de pago:
Gizmo's Freeware
Prácticamente todas las personas que conozco, desde que empecé a estrebillar en esto de la informática, usan programas piratas, ya sea el sistema operativo, los programas de ofimática, de grabación de dvds,... la lista es larga. Parece como si sólo hubiese un fabricante de estos programas, como si sólo existiese Microsoft Office, o Nero, o el Photohop, al menos esa es la impresión que se le queda a uno: son los programas más usados, más conocidos, y por ende, los únicos. Así que, si no tienes plata para comprarlos, rebuscas y rebuscar por internet hasta que encuentras una versión crackeada o algo similar.
Una vez que la instalas, comienzan los problemas: virus, computadora lenta, programa que "se cuelga", etc. Y de nuevo, vuelta a buscar el parche, el modo de mantener tu computadora adecuadamente.
Yo ayer ya me cansé de todos esos quebraderos de cabeza y empecé a indagar por internet. Si existen alernativas reales a Windows, gratis, y con las mismas o similares características (las últimas ediciones de Linux están pero que muy bien), tiene que haber programas gratuitos para Windows que hagan las funciones de los programas de pago. No estaba nada desencaminado. ¡Los hay, y a patadas!
Después de vistar varias páginas y leer un poco, cogí la escoba y me puse a hacer limpieza en la portatil. Os invito a hacer lo propio. Alguno me acusará de demasiado "legal". Creo que se equivoca. Si no existiesen verdaderas alternativas al software de pago, le daría la razón, pero visto lo visto, ya no hay razón para ello. (Y, además, añadiría, si se tiene dinero, y se quiere algo de verdad, rásquense el bolsillo)
Mi bolsillo no está muy voyante estos días, así que aquí dejo una página con un buen montón de alternativas gratis al los programas de pago:
Gizmo's Freeware
viernes, 9 de noviembre de 2012
Un pupitre vacío
No se si ha sido un juego infantil
de esos que dicen que no hacen daño.
Quizá ha sido un engaño
que alguien sacó de su chistera:
una falsa sonrisa y suaves manos
que ocultanban uñas de gato
O quizá fue un sitio osucro,
un conocido o un extraño
quien te apretó contra un rincón sucio
y penetró en tu secreto,
esé que aún no conocías tu misma
y que latía en tu ser, aún creciendo.
Todas mis conjeturas no sirven
para llenar el vacío que dejas:
un pupitre sin dueño en la segunda fila
una sonrisa de niña que se desvanece
un hueco en mi interior, que grita
impotente contra los golpes de la vida.
Una niña más que se va
de mujer lleva puesta un cuerpo
demasiado joven para entender el amor
demasiado joven para disfrutar del sexo;
carga su miedo de niña en los ojos
oculando secretos, ahogando gritos:
trece años y un hijo.
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