El ir y venir luchando por las cosas más queridas, sin bien nos gasta las manos, nos deja abierta la vida.
- Víctor Jara

lunes, 13 de agosto de 2012

Poema apresurado a un mundo caduco


Tengo 30 años,
como todo joven, sueño y pienso.
Me levanto cada día con ilusiones
abro la ventana y encaro este mundo
camino por sus calles, con él padezco y siento

Pero estos días, me levanto apesadumbrado
Camino con paso incierto
Intento ver más allá de las nubes
un futuro que se me ofrece incierto.

Una inercia tira de mí hacia la cama
me quiere hacer volver al placentero
sueño que me acuna protector
caminando con bastón de ciego.

Ya casi me he dormido,
cuando con rabia me quito
con rabia la venda de los ojos
Y desafiante por fin lo entiendo.

Me han dado vida
en un mundo muerto
Un mundo que no es mío
y que tampoco es ya vuestro.

Que cada generación construye su mundo
con sudor, sacrificio y sueños.
Y en su labor pelea con los mayores
y les  grita ¡quitaros de en medio!

Este ya no es vuestro mundo
cejad en el empeño
de intentar mantenerlo a base
de medicinas rancias y remedios

Queréis acabar vuestros días
en la seguridad de una lata de conservas
con código de barras y fecha
de caducidad eterna.

Sin embargo, bien sabido es
que eso es ilusión falsa
seréis huesos y polvo y tarjeta de crédito
que Caronte no aceptará en su barca.

El barco de latón oxidado
que construisteis para albergar vuestros sueños
va camino del fondo del mar
hacia un puerto olvidado

En él no queremos viajar los jóvenes
que en un barco de vela blanco
livianos y raudos cruzamos el mar
hacia puertos jamás soñados

Dejadnos navegar tranquilos
dominar nuestros vientos
naufragar y salir del mar a nado
con la mente clara y los sentidos despiertos

Que sean nuestros hijos y nietos
los que un día pongan en la balanza
nuestros equívocos y nuestros aciertos
como hoy día nosotros pesamos los vuestros.

sábado, 11 de agosto de 2012

Imagina...

Cuántas veces habré escrito en este blog sobre mi descontento con el sistema actual, y las posibilidades de cambiarlo, de comenzar algo distinto. Y cuántas veces me habrán contestado lo mismo: eso que dices no son más que bobadas de hippie que quiere irse a una isla desierta a berber agua de coco.

No me considero hippie, al menos en los términos en que la gente suele utilizar esa palabra, y menos aún me quiero ir a una paridisaca isla a beber agua de coco el resto de mis días. Simplemente soy consciente que hay que cambiar si queremos sobrevivir, todos y cada uno de nosotros habitanes de este planeta. Y, por desgracia para algunos cómodos, el cambio pasa por cambiar de sistema porque el actual ya no funciona, por más remiendos que le hagamos.

Y miren por donde, no soy el único consciente. ¿Algún otro consciente quiere recobrar la consciencia y comenzar a caminar de otro modo?
Quizá estas palabras os ayuden.

viernes, 10 de agosto de 2012

Carta abierta a un amigo


Hola,

¿Cómo vas? Recién entro a los años en el Facebook y me pongo un poco al día de lo que viven los amigos. De algún modo, esa actividad se ha convertido en lo más habitual para saber cómo les va a los amigos que hace ya uno tiempo que no ve, y también a la familia, aunque por suerte aún no la sustituye :)
Ahora ya tengo internet en la oficina, pero la verdad, es que el trabajo es tal, y mi formalidad para utilizar la oficina sólo para trabajar también es tal, que no entro mucho en el Facebook o en el Messenger. De vez en cuando me da por entrar en El País para ver que se cuece por ese país, y de las iras, lo cierro y me dedico a otras cosas. Sigo, creo, sin asumir que el gangoso ese gobierne el país, y cruzo los dedos para que mañana tenga que renunciar y llamen a elecciones anticipadas y que la gente elija a alguien con cerebro y sin ambiciones político-económicas.

Sigo soñado, supongo. Ya sabes que siempre he sido el radical de izquierda que no les cae bien a los radicales porque les cuestiona y les invita a buscar otras formas para llegar a verdaderos fines. Todo lo que pasa no hace sino reafirmarme en mi convencimiento de que el sistema no funciona, y que sólo queda otra que esperar –y por qué no ayudar- a que todo se vaya definitivamente al carajo y empezar a construir algo nuevo, distinto. Estamos tan acostumbrados a este sistema que nos hemos vuelto ciegos ante nuestros propios errores, y no nos atrevemos a cambiar, sólo ponemos parches y más parches. Pero hay que empezar a cambiar la partitura, hay que escribir una música nueva, quizá incluso aprender a escuchar nuevas frecuencias de sonidos que, nuestro atrofiado oído no puede escuchar.

Muy pocos, por desgracia, son lo suficientemente valientes como para escuchar lo nuevo, lo desconocido, porque, como todo lo nuevo y desconocido, nos da miedo. No sabemos qué viene después, no sabemos si funcionará, que aspecto tendrá. Vivimos tan amarrados al presente, que todo lo que implique cambiar de una manera radical nuestro modo de vida, nos causa un miedo atroz.
Quizá esa sea la gran enfermedad del ser humano de este recién estrenado siglo XXI: tiene miedo a soñar. A soñar de verdad, no sólo en los libros y en las películas, soñar dando el salto de la ficción a la realidad, empezando a construir sueños con manos de sabio albañil, para que duren de modo que lo en un principio fueron utopías se conviertan en palpables realidades.

Nos hemos vuelto muy prácticos. Hemos olvidado la capacidad de soñar. Desde pequeño nos educan para ser arquitectos, ingenieros, economistas, maestros de matemáticas de números fijos y reales. Piensa en cuán desvalorizada está la enseñanza de valores, de ética, de ciencias sociales y humanidades. En los currículums de las escuelas, la filosofía tiene sus días contados, y luego seguro que vendrán la historia, el arte, las lenguas muertas, hasta llegar al punto en que, enseñaran técnicas de lectura rápida y escritura cibernética en una matera de lengua castellana vacía de análisis, crítica, comprensión.

Caminamos hacia el hombre-práctico. Un cuasi-robot que sabe de ingeniería pero nos sabe –ni le importa- quien fue Stephenson, o que es arquitecto pero desconoce quienes fueron Le Corbusier o Frank Lloyd Wright, que nunca se ha parado a buscar el lado humano de su trabajo porque desconoce que éste existe. Un hombre-robot que construye puentes que se caen, y ciego, los vuelve a construir una y otra vez porque es lo único que sabe hacer, sin preguntarse nunca a dónde le lleva el puente. Un hombre-práctico que rendirá culto a un nuevo dios informático o material, que viajará por las autopistas reales o virtuales sin mirar a su alrededor y empaparse de olores, paisajes y sonidos. Un hombre-práctico que, en momentos de remordimiento, acudirá a escuchar un sermón hueco y una comunión rancia, entregada por unos hombres de negro prácticos que rezan a Dios pero que ya no Le escuchan o no Le entienden.

Cuánto más nos adentramos hacia el futuro, cuanto más avanzan la ciencia y la técnica, más nos alejamos de nuestro ser como seres humanos, y ciegos, caminamos como máquinas movidos por movimiento perpetuo y uniforme, hasta que se gasten los engranajes de nuestro mecanismo, y entonces, cabizbajos, como marionetas sin amo, miremos al piso, sin fuerza siquiera para mirar a lo alto y pedir perdón.
Volvamos, volvamos al principio, busquemos en el camino todas las gotas de humanidad que hemos perdido, y cuando nuestra alma esté llena de nuevo, echemos de nuevo a caminar hacia el futuro hacia el mañana.

En fin amigo, sólo quería enviarte un saludo, unas líneas para decirte que sigo vivo, que estoy aquí aunque esté lejos, que me preocupo por la gente, como siempre,  y por eso sigo soñado y caminando todos los días. Espero poder verte pronto, juntos, la carretera del sueño se construye más rápido.

Un fuerte abrazo,

¡Ánimo!

martes, 7 de agosto de 2012

14 horas rodando

Algunos dicen que estoy loco. Otros que tengo ganas de maltratarme y sufrir. Yo me río y a todos les digo "alomejor".

Realmente para mí, es un ritual: llegar a un ruidoso terminal de buses, comprar un billete, y luego sentarme a esperar a que, el no siempre puntual bus, haga su aparición en la estación. Y cuando por fin aparece, me subo y me acomodo en mi asiento, el bus parte y poco a poco, comienza la segunda parte de la función: un largo viaje a lo incierto, con un destino final, al que nunca tengo prisa por llegar.

Para la mayoría de la gente, supongo, tener que esperar en la estación, la imputualidad de los buses, lo lento del viaje, las incomodidades, etc., son un suplicio, y por eso, en cuanto juntan un poquito de plata, se van volando, liberados por fin, de ese castigo terrenar sobre ruedas.

Para mi, es como un viaje al circo, a una de esas películas de Fellini que tanto me gustan, un buen "chute" de realidad, un papel en esta tragicomedia que vivimos y que normalmente queremos aparentar no vivir, engañándonos a nosotros mismos y a los demás. Y sobre todo, es sentirme parte del todo, de ese todo inconexo que es la sociedad, el género humano, que camina siempre a la par, aunque algunos se emeñen en levantar vuelo y separarse del resto para ser los primeros.

No, no es cuestión de dinero, no es tacañería, no es masoquismo, ni tampoco sentimiento de culpa y de sacrificio. Quizá el hecho de que mis huesos aún son jóvenes tenga algo que ver, quizá cuando sea viejo y empiece a volver terco, cambie de idea o pierda ésta su justificación, pero, para mí, ahora,  es un pasatiempo más, una manera de sentirme vivo y aprender, de seguir siendo parte de este mundo que da vueltas y vueltas sin esperar girar más rápido que otros planetas, girando simplemente porque es lo que tiene que hacer. Girar. Y como el mundo gira, yo vivo, y vivo con él. Ni más deprisa, ni más despacio, con él.

Tranquilo, sin resignación ni pesar, sin miedo a lo que venga, me siento en el bus y callado, observo a mi alrededor: las mañas de la gente para sentarse donde no es su puesto, los equilibrios de la mamá que viaja con 2 niños y sólo tiene un asiento, el cobrador encorbatado contando los puestos y reubicando a la gente que no acaba de ver el número de su asiento.
Cuando parece que todos están ya en su lugar, el bus arranca, no sin dentenerse veinte metros más allá para recoger al último (o penúltimo) de los pasajeros que, por alguna excusa muy peregrina pero muy válida, llegó tarde a la estación. Después de este amague de partida, el dinosaurio comienza a rodar lentamente, pasando a través de las calles semiliumidadas de la ciudad, donde polula la vida nocturna, no tan distinta de la diurna pero quizá sí más siniestra, y se dirige hacia las afueras, mientras los pasageros que viajan en su vientre empiezan a acomodarse en sus asientos, sin pensar en las rodillas de atrás, acostándose y cerrando los ojos, o esperando impacientes a que el acomodador ponga la película de acción o comedia de turno y, si hay suerte, reparta también galletitas con cola.
Todo ello tendrá que esperar, las galletas, el refresco, la película, o el sueño atroz. Si esto fuese un país europeo, todo iría de un tirón hasta el final, sin cortes publicitarios, como en un canal de pago, pero, acá todavía no existen las autopistas como tubos neumáticos por los que los pasajeros viajan de un extremo a otro sin saber por donde han pasado. 20 kilómetros más tarde, el bus se detiene en el control militar, y todos, salvo las mujeres, los niños, y alguna otra persona que los militares judguen debe ser considerada y dejada a bordo del bus, bajan a tierra, a presentar papeles, registrarse en "rigurosos" registros, abrir maletas, y volver a subir al bus, no sin antes orinar en la cuneta (el baño del bus es sólo para damas) y comprarle un baso de café y un poco de comida al tipo que, como murciélago, está toda la noche revoloteando entre los buses gritando "empanadas calientes".
Nunca he visto que los militares se lleven a nadie, y no se si alguna vez lo harán. De regreso todos a bordo del bus, mientras guardan la cédula de identidad borrosa "porque se me cayó al río", y se acomodan en sus asientos, el cobrador conecta el DVD y empieza alguna película que algunos verán mientras otros cierran sus ojos e intentan recordar qué estaban soñando antes de que los militars parasen el bus.
El viaje continua, el chofer maneja por la sinuosa carretera, el bus se bancea, cruza puentes, a la izquiera y luego a la derecha, y luego a la izquierda otra vez, sin alcanzar velocidades de vértigo pero sin pausa, siempre al son del relieve, de la cumbia-bachata-pasillo-merengue que toda la noche acompaña al conductor en el hilo musical. Como si fuese el tren de un circo, el bus cruza valles y ríos, sube y baja montañas, cambia de pronvincia, camiba el paisaje, el aire,  pasa del frio al calor, describiendo con sus movimientos un paisaje oculto por la noche, hasta que sale del oscuro tunel y camina hacia la luz del día. Cuando amanece, algunos abandonan el vientre de la ballena, satisfechos, estirándose, caminando perezosos jalando de la maleta, el saquillo y los niños. Otros, bajan a orinar a la velocidad del rayo, repostan de nuevo el puesto de las empanadillas, y se suben de nuevo al bus, que al ritmo de la música incansable, continua su viaje hacia ese destino final que nunca llega.
Durante el día la fauna y flora de la carretera es aún más variada y pintoresca. Los asientos ya no aplastan a nadie, ya no hay ningún niño durmiendo en el piso del bus, y hay suficientes asientos vacios, como para pasear por el bus y estirarse y mirar por la ventana. De reojo , el cobrador observa el bus medio-vacio, y comienza a hacer cálculos de cuanta gente puede recoger por el camino para sacarse unos cuantos dólares extra, y, dicho y hecho, durante los siguientes 20 kilómetros el bus se convierte en bus urbano, recogiendo a variopintos personajes que se bajan 20 metros más lejos de donde se subieron, después de haber pelado por el mejor asiento del bus y de haber regateado con el cobrador la tarifa de tan largo viaje.

Y mientras pasan las horas, y cambia el paisaje y pasajeros, y suben y bajan vendedores de comidas y cuentos chinos, el cuentakilométros avanza también,  y poco a poco, se hace más cercano algún terminal de buses, en alguna otra ciudad, donde, estirándome haciendo el primer recuento de horas (hoy ha sido más puntual) y de curiosidades acumuladas, agarro mi maleta y salgo de esa película en tres dimensiones, para mezclarme entre la gente de una gran ciudad, intentando ver a la persona que me viene a recibir con una mueca de resignación por mi atrevimiento de viajar en bus, y a la que yo, con una una sonrisa en la boca contesto: "¿El viaje? ¡Muy bien, sin novedad, hoy no ha habido derrumbe!

domingo, 8 de julio de 2012

Visión aérea

Por estar arriba no vi el baile
sólo vi cabezas.
Unas con pelos, otras calvas
algunas con trenzas.

Tuve que aparentar ser serío
sin hacer chistes con el de al lado
Todo ilustre, tras esa mesa
mudo y encorsetado.

Brindé al aire mi vaso
muy lejos estaban los labios
de aquel sendiento que
me miraba triste desde abajo.

Cuando acabó la fiesta
y bajé del escenario
Felicidades su señoría,
apretón de manos.

Le miré bien serio
y le respondí con una mueca,
pues no podía decir
si estuvo bien la fiesta

que por estar arriba no vi el baile
sólo vi cabezas.
Unas con pelos, otras calvas
algunas con trenzas.

Un diálogo de altura

- Hemos cambiado el orden del día, mañana te toca entregar los presentes a todos los muchachos.
- Creí que sólo tenía que estar ahí sentado y premiar al mejor estudiante.
- Sí, esto también, pero como eres autoridad, te toca entregar los presentes a tí.
-¿Y eso por qué?
- Porque eres autoridad.
- Eso ya me lo digiste, pero ¿por qué la autoridad tiene que hacer eso?
- Pues porque es autoridad.
- Pues mira, si no me defines autoridad con una palabra distinta a autoridad, yo interpreto la palabara autoridad a mi modo y como autoridad delego mi poder a otra persona.
- Deja de comportarte infantilmente.
- ¿Quién se comporta aquí infantilmente? ¿Quién no razona?

************
- Buenos días.
- Buenos días ¿Ya está todo listo?
- Casi, llevo toda la noche pensando en cómo voy a romper el protocolo.
- Mira que eres cabezón, haz lo que te venga en gana, si quieres arruinar el acto, adelante.
- Y tú mira que eres cuadriculado. Voy a entregar esos benditos presentes ya que tanto os interesa que lo haga yo como autoridad, pero no lo voy a hacer solo, voy a pedir a algunos compañeros que se suban al escenario y me ayuden.
- Bueno así visto, mejor, porque son muchos muchachos y tardarías una eternidad y la gente se aburre.
- No, no lo hago porque sean muchos, sino porque no soy yo quien los premia, sino la institución, y aunque mi foto está ahí, entre las autoridades, la institución somos todos. Y me parece un gesto de humildad y reconocimiento hacia los compañeros, los muchachos y sus padres, el reconocer que yo no soy la institución que aunque me ven ahí arriba, yo no hago ni deshago las cosas solo, sino que no soy más que una pieza del engranaje. Este país tuyo necesita unas cuantas gotas de humildad.

En la cima

Si pudiese, arrancaría del diccionario la palabra "competencia" o la haría simónimo de estupidez o destino fatal del ser humano.

Todo el mundo, en este país, en este triste mundo, quiere ser el primero, quiere estar arriba. Y si resulta que, sin quererlo, llegaste a ser uno de esos que siempre están arriba, tienes que sentarte bien arriba.
Yo no acabo de entenderlo. Debe ser que soy muy obtuso, o que mi cerebro funciona de una manera totalmente distinta a la del resto del mundo y proceso la información al revés, pero lo de estar arriba no lo entiendo. No tengo miedo a las alturas, no tengo pánico escénico, si me toca ser el jefe, soy el jefe, pero no entiendo porqué eso tiene que implicar sentarse más alto que los demás, vestir más elegante que los demás, hablar más alto que los demás.

Llevo un año, por azar, de rector (encargado) del colegio donde trabajo. Resulta que el rector encargado tiene que vestir de uniforme, tiene que tener la oficina impoluta, tiene que estar serio, no puede jugar con los estudiantes por el camino gastando bromas, tiene que poner cara de fiero ante los profesores y demás compañeros, tiene que presidir todo tipo de actos, tiene que sentarse siempre en lo alto del estrado con las demás autoridades, tiene que comer aparte, tiene que entregar presentes y dar apretones de mano...
Y todo porque "es el jefe".
Qué curioso. Recioén me entero que "ser jefe" implica ser hipócrita, demagogo, creído y egoista. Eso si que es cambiar y alterar el diccionario. Sinceramente, creo que este mundo, este país, necesita muestras de humildad, necesita líderes humildes, que se bajen de las alturas, que compartan su mesa, su plato, su conversación con la gente del montón, que bailen en el escenario y que cuenten chistes, que se saquen la corbata y la camisa cuando haga calor, y que de vez en cuanto, se sienten entre el público y dejen a otro ser el maestro de ceremonias.

No se es diferente por ser el director, el presidente o el ministro. Simplemente, se tienen deberes y responsabilidades diferentes, y la obligación de cumplir todas ellas, igual que cualquier persona. Si no las cumple, habrá que tirarle de las orejas, sancionarle, y si las cumple, dejarle seguir. Pero, ¿sentarle ahí arriba y pagarle tributo porque "es el jefe"? ¿Por qué? No tiene sentido, al menos para mí, aunque yo parezco ser el único mono humilde y sensato.
El resto, son unos trepas que no quieren más que subir y desbancar al jefe de turno para hacer su voluntad a diestro y siniestro y sentir ciertos aires de grandeza que no comparto. Durante este año, sirva de ejemplo, la gente me miraba, me felicitaba, como diciendo "lo lograste, quién puiera estar ahí". Agachaban la cabeza cuando les hablaba, y se enfadaban conmigo cuando no actuaba como se suponía que debía actuar por mi posición "de altura".

Creanme, no tiene nada de divertido estar ahí arriba. Al menos si lo comparamos con compartir con los de abajo. Ahí arriba hace frío, falta oxígeno. Esa debe ser la razón por la cual los políticos y banqueros y algún que otro jefe de otros sectores dicen y hacen tantas estupideces: falta de oxígeno, de vida, de compañía, de humildad y sencillez.
Mi consjeo es que no sigáis por esa senda. No corráis, igual da llegar primero que último, lo que importa es llegar con humildad y honradez. Lo importante no es estar arriba o abajo, sino estar con la gente. Si no podéis bajar del estrado, subid a la gente a él. Sed humildes.
Yo compito en ninguan carrera. No me gusta el "juego de la escalera". No aspiro a ser el primero, sino a ser yo mismo. A ayudar a la gente, de jefe, de copiloto o de peón. Igual me da, siempre que sea con la gente, al lado de ella.

Una vez dije que si algún día me caso, lo haré con pantalón vaquero y camisa de cuadros. Sigo dispuesto a seguir rompiendo el protocolo. Soy persona cuerda, y no aspiro a Protocolos para proto-locos. En este mundo de trepas y egoístas egocéntricos que me exasperan, seguiré poniéndome sandalias o botas de goma con el uniforme, seguiré sin cortarme el pelo, leyendo poémas en lugar de soltando discursos, sentándome del lado de la mesa del que sientan las vistas, aunque yo sea el jefe, atendiendo a la gente en el banco de la entrada o paseando por el parque, dialogando sin gritos, escapándome de tribunas para ver el desfile desde las barreras con el resto del pueblo, jugando y bromeando con los niños. Esté donde esté, arriba o abajo, porque la altura no tiene sentido y los protocólos son invenciones egoistas de aquellos que aspiran a ser más y llegar más altos. Algún día se quemarán con el sol y se sentirán sólos.

Si al final no somos más que polvo y huesos ¿merecen la pena esos minutos de supuesta gloría? ¿Merece la pena perderse el baile, el beso, el calor del sol, por estar ahí arriba? Si no puedo bailar y sacarme la ropa arriba, entonces lo haré abajo, con la gente, con el pueblo, donde realmente hay vida, donde hay oxígeno, sabiduría, cordura, amor, compañía, compartir.