Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

viernes, 10 de agosto de 2012

Carta abierta a un amigo


Hola,

¿Cómo vas? Recién entro a los años en el Facebook y me pongo un poco al día de lo que viven los amigos. De algún modo, esa actividad se ha convertido en lo más habitual para saber cómo les va a los amigos que hace ya uno tiempo que no ve, y también a la familia, aunque por suerte aún no la sustituye :)
Ahora ya tengo internet en la oficina, pero la verdad, es que el trabajo es tal, y mi formalidad para utilizar la oficina sólo para trabajar también es tal, que no entro mucho en el Facebook o en el Messenger. De vez en cuando me da por entrar en El País para ver que se cuece por ese país, y de las iras, lo cierro y me dedico a otras cosas. Sigo, creo, sin asumir que el gangoso ese gobierne el país, y cruzo los dedos para que mañana tenga que renunciar y llamen a elecciones anticipadas y que la gente elija a alguien con cerebro y sin ambiciones político-económicas.

Sigo soñado, supongo. Ya sabes que siempre he sido el radical de izquierda que no les cae bien a los radicales porque les cuestiona y les invita a buscar otras formas para llegar a verdaderos fines. Todo lo que pasa no hace sino reafirmarme en mi convencimiento de que el sistema no funciona, y que sólo queda otra que esperar –y por qué no ayudar- a que todo se vaya definitivamente al carajo y empezar a construir algo nuevo, distinto. Estamos tan acostumbrados a este sistema que nos hemos vuelto ciegos ante nuestros propios errores, y no nos atrevemos a cambiar, sólo ponemos parches y más parches. Pero hay que empezar a cambiar la partitura, hay que escribir una música nueva, quizá incluso aprender a escuchar nuevas frecuencias de sonidos que, nuestro atrofiado oído no puede escuchar.

Muy pocos, por desgracia, son lo suficientemente valientes como para escuchar lo nuevo, lo desconocido, porque, como todo lo nuevo y desconocido, nos da miedo. No sabemos qué viene después, no sabemos si funcionará, que aspecto tendrá. Vivimos tan amarrados al presente, que todo lo que implique cambiar de una manera radical nuestro modo de vida, nos causa un miedo atroz.
Quizá esa sea la gran enfermedad del ser humano de este recién estrenado siglo XXI: tiene miedo a soñar. A soñar de verdad, no sólo en los libros y en las películas, soñar dando el salto de la ficción a la realidad, empezando a construir sueños con manos de sabio albañil, para que duren de modo que lo en un principio fueron utopías se conviertan en palpables realidades.

Nos hemos vuelto muy prácticos. Hemos olvidado la capacidad de soñar. Desde pequeño nos educan para ser arquitectos, ingenieros, economistas, maestros de matemáticas de números fijos y reales. Piensa en cuán desvalorizada está la enseñanza de valores, de ética, de ciencias sociales y humanidades. En los currículums de las escuelas, la filosofía tiene sus días contados, y luego seguro que vendrán la historia, el arte, las lenguas muertas, hasta llegar al punto en que, enseñaran técnicas de lectura rápida y escritura cibernética en una matera de lengua castellana vacía de análisis, crítica, comprensión.

Caminamos hacia el hombre-práctico. Un cuasi-robot que sabe de ingeniería pero nos sabe –ni le importa- quien fue Stephenson, o que es arquitecto pero desconoce quienes fueron Le Corbusier o Frank Lloyd Wright, que nunca se ha parado a buscar el lado humano de su trabajo porque desconoce que éste existe. Un hombre-robot que construye puentes que se caen, y ciego, los vuelve a construir una y otra vez porque es lo único que sabe hacer, sin preguntarse nunca a dónde le lleva el puente. Un hombre-práctico que rendirá culto a un nuevo dios informático o material, que viajará por las autopistas reales o virtuales sin mirar a su alrededor y empaparse de olores, paisajes y sonidos. Un hombre-práctico que, en momentos de remordimiento, acudirá a escuchar un sermón hueco y una comunión rancia, entregada por unos hombres de negro prácticos que rezan a Dios pero que ya no Le escuchan o no Le entienden.

Cuánto más nos adentramos hacia el futuro, cuanto más avanzan la ciencia y la técnica, más nos alejamos de nuestro ser como seres humanos, y ciegos, caminamos como máquinas movidos por movimiento perpetuo y uniforme, hasta que se gasten los engranajes de nuestro mecanismo, y entonces, cabizbajos, como marionetas sin amo, miremos al piso, sin fuerza siquiera para mirar a lo alto y pedir perdón.
Volvamos, volvamos al principio, busquemos en el camino todas las gotas de humanidad que hemos perdido, y cuando nuestra alma esté llena de nuevo, echemos de nuevo a caminar hacia el futuro hacia el mañana.

En fin amigo, sólo quería enviarte un saludo, unas líneas para decirte que sigo vivo, que estoy aquí aunque esté lejos, que me preocupo por la gente, como siempre,  y por eso sigo soñado y caminando todos los días. Espero poder verte pronto, juntos, la carretera del sueño se construye más rápido.

Un fuerte abrazo,

¡Ánimo!