Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

martes, 7 de agosto de 2012

14 horas rodando

Algunos dicen que estoy loco. Otros que tengo ganas de maltratarme y sufrir. Yo me río y a todos les digo "alomejor".

Realmente para mí, es un ritual: llegar a un ruidoso terminal de buses, comprar un billete, y luego sentarme a esperar a que, el no siempre puntual bus, haga su aparición en la estación. Y cuando por fin aparece, me subo y me acomodo en mi asiento, el bus parte y poco a poco, comienza la segunda parte de la función: un largo viaje a lo incierto, con un destino final, al que nunca tengo prisa por llegar.

Para la mayoría de la gente, supongo, tener que esperar en la estación, la imputualidad de los buses, lo lento del viaje, las incomodidades, etc., son un suplicio, y por eso, en cuanto juntan un poquito de plata, se van volando, liberados por fin, de ese castigo terrenar sobre ruedas.

Para mi, es como un viaje al circo, a una de esas películas de Fellini que tanto me gustan, un buen "chute" de realidad, un papel en esta tragicomedia que vivimos y que normalmente queremos aparentar no vivir, engañándonos a nosotros mismos y a los demás. Y sobre todo, es sentirme parte del todo, de ese todo inconexo que es la sociedad, el género humano, que camina siempre a la par, aunque algunos se emeñen en levantar vuelo y separarse del resto para ser los primeros.

No, no es cuestión de dinero, no es tacañería, no es masoquismo, ni tampoco sentimiento de culpa y de sacrificio. Quizá el hecho de que mis huesos aún son jóvenes tenga algo que ver, quizá cuando sea viejo y empiece a volver terco, cambie de idea o pierda ésta su justificación, pero, para mí, ahora,  es un pasatiempo más, una manera de sentirme vivo y aprender, de seguir siendo parte de este mundo que da vueltas y vueltas sin esperar girar más rápido que otros planetas, girando simplemente porque es lo que tiene que hacer. Girar. Y como el mundo gira, yo vivo, y vivo con él. Ni más deprisa, ni más despacio, con él.

Tranquilo, sin resignación ni pesar, sin miedo a lo que venga, me siento en el bus y callado, observo a mi alrededor: las mañas de la gente para sentarse donde no es su puesto, los equilibrios de la mamá que viaja con 2 niños y sólo tiene un asiento, el cobrador encorbatado contando los puestos y reubicando a la gente que no acaba de ver el número de su asiento.
Cuando parece que todos están ya en su lugar, el bus arranca, no sin dentenerse veinte metros más allá para recoger al último (o penúltimo) de los pasajeros que, por alguna excusa muy peregrina pero muy válida, llegó tarde a la estación. Después de este amague de partida, el dinosaurio comienza a rodar lentamente, pasando a través de las calles semiliumidadas de la ciudad, donde polula la vida nocturna, no tan distinta de la diurna pero quizá sí más siniestra, y se dirige hacia las afueras, mientras los pasageros que viajan en su vientre empiezan a acomodarse en sus asientos, sin pensar en las rodillas de atrás, acostándose y cerrando los ojos, o esperando impacientes a que el acomodador ponga la película de acción o comedia de turno y, si hay suerte, reparta también galletitas con cola.
Todo ello tendrá que esperar, las galletas, el refresco, la película, o el sueño atroz. Si esto fuese un país europeo, todo iría de un tirón hasta el final, sin cortes publicitarios, como en un canal de pago, pero, acá todavía no existen las autopistas como tubos neumáticos por los que los pasajeros viajan de un extremo a otro sin saber por donde han pasado. 20 kilómetros más tarde, el bus se detiene en el control militar, y todos, salvo las mujeres, los niños, y alguna otra persona que los militares judguen debe ser considerada y dejada a bordo del bus, bajan a tierra, a presentar papeles, registrarse en "rigurosos" registros, abrir maletas, y volver a subir al bus, no sin antes orinar en la cuneta (el baño del bus es sólo para damas) y comprarle un baso de café y un poco de comida al tipo que, como murciélago, está toda la noche revoloteando entre los buses gritando "empanadas calientes".
Nunca he visto que los militares se lleven a nadie, y no se si alguna vez lo harán. De regreso todos a bordo del bus, mientras guardan la cédula de identidad borrosa "porque se me cayó al río", y se acomodan en sus asientos, el cobrador conecta el DVD y empieza alguna película que algunos verán mientras otros cierran sus ojos e intentan recordar qué estaban soñando antes de que los militars parasen el bus.
El viaje continua, el chofer maneja por la sinuosa carretera, el bus se bancea, cruza puentes, a la izquiera y luego a la derecha, y luego a la izquierda otra vez, sin alcanzar velocidades de vértigo pero sin pausa, siempre al son del relieve, de la cumbia-bachata-pasillo-merengue que toda la noche acompaña al conductor en el hilo musical. Como si fuese el tren de un circo, el bus cruza valles y ríos, sube y baja montañas, cambia de pronvincia, camiba el paisaje, el aire,  pasa del frio al calor, describiendo con sus movimientos un paisaje oculto por la noche, hasta que sale del oscuro tunel y camina hacia la luz del día. Cuando amanece, algunos abandonan el vientre de la ballena, satisfechos, estirándose, caminando perezosos jalando de la maleta, el saquillo y los niños. Otros, bajan a orinar a la velocidad del rayo, repostan de nuevo el puesto de las empanadillas, y se suben de nuevo al bus, que al ritmo de la música incansable, continua su viaje hacia ese destino final que nunca llega.
Durante el día la fauna y flora de la carretera es aún más variada y pintoresca. Los asientos ya no aplastan a nadie, ya no hay ningún niño durmiendo en el piso del bus, y hay suficientes asientos vacios, como para pasear por el bus y estirarse y mirar por la ventana. De reojo , el cobrador observa el bus medio-vacio, y comienza a hacer cálculos de cuanta gente puede recoger por el camino para sacarse unos cuantos dólares extra, y, dicho y hecho, durante los siguientes 20 kilómetros el bus se convierte en bus urbano, recogiendo a variopintos personajes que se bajan 20 metros más lejos de donde se subieron, después de haber pelado por el mejor asiento del bus y de haber regateado con el cobrador la tarifa de tan largo viaje.

Y mientras pasan las horas, y cambia el paisaje y pasajeros, y suben y bajan vendedores de comidas y cuentos chinos, el cuentakilométros avanza también,  y poco a poco, se hace más cercano algún terminal de buses, en alguna otra ciudad, donde, estirándome haciendo el primer recuento de horas (hoy ha sido más puntual) y de curiosidades acumuladas, agarro mi maleta y salgo de esa película en tres dimensiones, para mezclarme entre la gente de una gran ciudad, intentando ver a la persona que me viene a recibir con una mueca de resignación por mi atrevimiento de viajar en bus, y a la que yo, con una una sonrisa en la boca contesto: "¿El viaje? ¡Muy bien, sin novedad, hoy no ha habido derrumbe!