Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

domingo, 20 de octubre de 2013

El chatarrero

Es domingo, un domingo soleado en Quito, son las 9 y media de la mañana, y estoy sentado frente a la computadora leyendo la prensa extranjera, atento al chat por si se conecta alguien del otro lado del charco. La ciudad está en silencio, me han despertado las campanas de la iglesia vecina, pero son las únicas que han amanecido temprano este domingo. El resto de la ciudad duerme todavía o se mueve con paso lento.
De pronto una voz metálica de altavoz rompe el silencio: "compramos chatarra, latas, trastos viejos, baterías, chatarra". Me quedo congelado unos pasos, y curioso, me asomo al ventana de mi cuarto. La voz viene de un lugar más allá de los patios traseros que se extienden bajo mi vista, surge de alguna de las innumerables calles o avenidas de la ciudad. Siento el impulso, la necesidad, de bajar corriendo a la calle y comprobarlo, sí. Pero también me da miedo.

¿Comprobar qué? ¿Qué te da miedo? ¿Un posible trapero que va por las calles de una ciudad recogiendo trastos inservibles y chatarra, y dando algunas monedas a cambio? ¡Ni que eso fuese algo del otro mundo, me diréis! Quizá sí, quizá no, Puede que tengáis razón y no sea más que una de mis neuras, un producto más de mi mente alimentada desde crió por historias de ciencia ficción. Ojalá. Pero aún resuena en mis oídos el soniquete metálico y eterno del chatarrero...

Fue ya hace varios meses, quizás un año ya, que lo escuché por primera vez. En Lago Agrio, a 6,5 del centro de la ciudad, transitando por un polvoriento camino sin asfaltar, pasó un chatarrero en carro, soltando una y otra vez la misma canción metálica por el altavoz. Estaba en mi cuarto, escribiendo, y recuerdo que me hizo gracia el ritmo tembloso de la voz del chatarrero. Era como si a una vieja tartamuda le hubiesen dado el micro. Luego, pensé en la cantidad de trastos viejos que hay en la bodega y pensé "que lástima, ya se ha ido carretera adelante. Otra vez será". Me quedé unos segundos pensado en la chistosa voz del chatarrero: ¿iría el tipo por el camino, tragando polvo, manejando con una mano el volante y la otra aplastando el micro del altavoz, repitiendo una y otra vez la misma canción? Tonterías, seguro que era una grabación en cassette.

Una semana después más o menos, volvió el chatarrero. Yo, como buen previsor, ya había alertado a todo el mundo, y teníamos varios cacharros viejos en un rincón dispuestos a vender a peso. Salimos a su encuentro a hacer negocio y mientras un compañero intentaba renegociar el precio del kilo de chatarra, yo observaba curioso el interior de la camioneta: era una camioneta de cabina sencilla, de un color rojo o marrón, no se sabía bien entre lo viejo desgastado que estaba y el polvo del camino, y con un balde trasero repleto de trastos. Al volante un hombre de mediana edad con sombrero de paja y a su lado una señora, algo mayor que él. Por desgracia, mientras negociaban el precio, no soltaron por el altavoz la típica cantaleta, y no pude descubrir el misterio de la metálica y temblorosa voz.
No hicimos muy buen negocio. Unos minutos después, la camioneta se alejaba envuelta en una nube de polvo, y en la lejanía volvía se volvía a escuchar "compramos chatarra...".
El chatarrero volvió pasar en varias ocasiones más las siguientes semanas y meses, y, aunque en alguna ocasión corrí hasta la polvorienta carretera para resolver el misterio que rodeaba el origen de aquella canción publicitaria de compara de chatarra, nunca llegue a tiempo de ver el interior de la cabina en acción.

Pasaron los meses. Yo me encontraba ahora en San Sebastián del Coca, a una hora y media de Lago, preparando la merienda, cuando, de pronto, sonó la voz del chatarrero. La misma, voz, las mismas palabras, el mismo soniquete que en Lago!. No cabía en mi asombro. La vieja camioneta -a todas luces me pareció la misma- se detuvo justo en frente de casa. Alguien tenía chatarra para alimentar al chatarrero. Y sí, ahora por fin lo pude ver: La señora, que ahora llevaba un niño de unos 4 años sentado sobre sus piernas, tenía en sus manos el micrófono del altavoz. Mientras se hacía en negocio, el niño jugó un rato con el micrófono, y cuando acabó la compra de chatarra, la señora aplastó el botón del micro y mientras el carro comenzaba su marcha, ella empezó a recitar "compramos chatarra, chatarra, trastos viejos...".
 ¡Que increíble se me hacía que esa ajada señora fuese todo el camino, quedándose sin saliva, recitando con inusitada precisión siempre la misma canción!

Por eso cuando esta mañana volvía escuchar ese mismo poema publicitario, recitado con la misma precisión, por la misma, exacta voz, sentí un escalofrío. No, no podía ser. No puede ser. De Lago a Coca no hay mucha distancia, la gente se mueve mucho además. El chatarrero podía tener varias rutas, recorrerlas según la semana o el mes. Pero, ¿en Quito? ¿Como podía ser el mismo? No podía, evidentemente, Quito está a 260 km. de Lago o Coca, y no creo que un sólo chatarrero recorra semejantes distancias. No, no puede ser. Tiene que ser otro chatarrero, otro que recorra las calles de otras provincias recitando un eslogan similar, con una voz similar, en una camioneta similar. Pero no, no era un eslogan similar, una voz similar. El eslogan que atravesó las calles y patios de la cuidad y llegó a mis oídos era el mismo eslogan, la misma voz, con imposible exactitud.

Si hubiese sido una grabación, si hubiese visto a la señora o al conductor aplastar el play de un cassette, no estaría ahora escribiendo esto. ¡Pero yo le vi! ¡Vi a la señora coger el micrófono del altavoz y empezar a repetir el mismo poema! ¡¿Como podía ser que hoy sonase lo mismo por Quito?! ¿La vieja había dejado su empelo de acompañante de chatarrero y ahora se dedicaba a la grabación y difusión de cintas con eslóganes para chatarreros? ¿Se había mudado de provincia el chatarrero? ¿Existe algún monopolio de recogida de chatarra en manos de una sociedad unipersonal formada por el chatarrero y su acompañante de voz temblorosa, recorriendo todos los pueblos y ciudades del país? ¿Era la señora un robot autómata de una precisión infinita, uno de tantos, producidos en serie, y mantenidos por el gremio de chatarreros, o son todos ellos, chatarreros y acompañantes, robots o extraterrestres que se esconden bajo una misma apariencia -la de un sencillo chatarrero y su señora-, mientras acumulan chatarra y trastos viejos para algún oculto motivo?

Lo averiguaré, lo prometo. La próxima vez bajaré a la calle, perseguiré la camioneta del chatarrero, le daré el alto y saldré de dudas. Espero volver para contarlo y escribirlo en el blog.
Sois y seréis mis testigos.