Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

domingo, 13 de octubre de 2013

Del tiempo y el fluir de la vida

Hay recuerdos del pasado que queremos se hagan presentes, y se perpetúen a lo largo de nuestros días, para acabar falleciendo y despareciendo al unísono a nuestro lado como aquella pareja de aquel mito griego.

Sin embargo, el pasado ya no es, y el presente es caminar. Ni lejos ni cerca, simplemente caminar. Caminar en ese reloj del tiempo cuyas manecillas no podemos atrasar ni adelantar. Pero, como humanos que somos, y como por ello nos debemos y cambiamos y crecemos por un pasado, no podemos sino evocarlo y pensar en aquellos años pasados y desear revivirlos, perpetuarlos.

Cuando las distancias se acentúan, cuando uno se va a vivir lejos del pueblo (algunos muy, muy lejos) o cuando un amigo se va lejos, esa sensación de pérdida, de querer revivir el pasado se acentúa. Y uno se pregunta porqué se tuvo que ir, o porqué siento esa pulsión en mi interior que me hacer ir más allá, y buscar, vivir, y respirar otros aires. Llega entonces la nostalgia, un vuelven una y otra vez a la mente esas imágenes de momentos compartidos en años pasados, con los amigos del alma: las locuras de adolescencia y juventud, aquellos tiempos en los que todo se reducía a las calles de un pequeño pueblo o una ciudad, en que la vida giraba en torno a un mundo muy pequeño, era una tragicomedia con muy pocos actores, en la que nuestros pequeños actos, por locos y revolucionarios que pareciesen, nunca alteraban el final feliz de cada día.

Como todos, recuerdo con cariño aquellos momentos de niñez y adolescencia, cuando el mundo era más seguro y cuando los amigos estaban siempre ahí para unirse al última aventura: los paseos en bici por los caminos del pueblo, las horas sentado en el parque comiendo pipas o sentado en la cima de un depósito de agua filosofando sobre un futuro que estaba aún por llegar, las noches de alcohol hamburguesas caseras y películas que nunca acaban en otra cosa que dos personas luchando por mantener los ojos abiertos pegados al televisor, siempre lejos de llegar a ser la falsa realidad de la película... Y sí, ha veces en que quisiera sentir a mi lado a ese amigo compañero de fiestas nocturnas, de días de bricolaje, de charlas filosóficas y musicales frente a una cerveza. Todavía hoy -y creo que siempre lo haré- me siento a ver la última astracanada estúpida y sin sentido en la pantalla del televisor, y siento la necesidad de compartirla con mi alma gemela. Los zombies no son lo mismo si te acechan cuando estás solo. Pero, a pesar de todos los pesares, de todas las distancias que la vida ha ido sembrando, vivo mi presente, no añoro repetir no perpetuar mi pasado, sino que miro a él con cariño y ternura: son páginas de ese álbum de fotos que llevo cosido en el corazón, que dio forma a mis días actuales, que me hizo ser como soy.

Las distancias no marcan los cambios en nuestra vida. Es el tiempo el único culpable. Si algo siento con seguridad es la certeza de que esa sensación de lejanía o pérdida de los amigos y vientos de un pasado, me asaltaría igual si estuviese en mi pueblo natal, incluso aunque mis amigos siguiesen viviendo en ese pueblo en el mismo portal. El teatro de nuestra vida cambia, aparecen nuevos actores, nuevas obras que interpretar, no importa si hemos cambiado el lugar de la escena, pues lo que ha hecho que la escena cambie es el paso del tiempo.

Y a veces maldigo al tiempo, sí, pero no a la distancia. El tiempo es el único culpable, las distancias no existen. Los amigos laten con fuerza en el corazón, doquiera que estén ahora, y, aunque se que será raro que vuelva a pasar tardes de bricolaje con ellos, que mi casa, por llevarla hoy día acuestas, no será vecina de la suya, sé que algún día pasaré por su patio, su jardín, conoceré su casa, y, sentados juntos, con una cerveza o un café delante, diremos: ¿te acuerdas cuando...?