Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

lunes, 20 de mayo de 2013

Cuando las palabras dejan de tener efecto


Lunes, 8 de la mañana. Todos los estudiantes firmes, con el uniforme “impoluto”, el pecho enchido, comienzan a entonar las “sagradas notas del Himno Nacional” que en este país comienza rezando “Salve patria mil veces o patria”.
Perfecto, todo perfecto. ¿Todo? Si uno pasa revista, el pantalón de un par de estudiantes está decorado con un ying/yang, el siguiente tiene dibujada una esbástica y el de de más allá dice “EMO” en el pantalón del uniforme. Otro, con chompa, porque “hace frío”...
Sí, el hombre del tiempo no se ha percatado de que todos los lunes a eso de las 8, bajan trepidantemente las temperaturas en todo el país, y los padres siguen sin dar de desayunar bien a sus hijos, que, mientras regresan a sus salones de clase emocionados por las “sagradas notas del Himno Nacional”, las repiten solemnemente “Salchipapas...”.

Algo falla señores (y señoras) Algo falla cuando, después de lograr que los cerca de 200 estudiantes guarden ¡por fin!- silencio en el comedor para poder bendecir los alimentos:
“Las fuerzas se rehacen en la mesa
se olvidan los silencios sin razón,
se escucha una nueva palabra,
... vivir en torno a Él-vis!

¡Qué devoción que tienen estos muchachos por el Rey del Rock 'n' Roll! Mañana vamos a cambiar el padrenuestro por el Jailhouse Rock, pues seguro que cantan aún con más fuerza.

No paro de repetir, a propios y ajenos, en público y para mis adentros también, que esa pedagogía está ya vieja y caduca, y que, ejemplos como estos que vivimos cada día son el claro ejemplo de ello y que no son más malcriados los jóvenes de ahora que los de antes, ni hace falta “más zapatilla”. Si queremos formar jóvenes educados y respetuosos, debemos llegar hasta ellos, motivarles, enseñarles a valorar, a conocer la esencia de las cosas, para que las integren como parte de ellos, de su cultura, o de la igualmente válida cultura de otros y las respeten, no por miedo al castigo, sino por deferencia para con los demás y para consigo mismo.
Yo no lo veo tan difícil. La única dificultad está en el maestro, que debe trabajar más para dilucidar nuevas maneras de llegar a los alumnos y “conquistar” su corazón en lugar de “acongojarlo”, o “acojonarlo”, vaya, si se me permite el juego de palabras. Y como ahora la ley no deja aconojar a los estudiantes, y como a los maestros no les pagan mucho y les hacen trabajar harto y como además están ahí delante de los muchachos por rebote porque ellos querían trabajar en otra cosa pero el magisterio se antojaba “más cómodo”; por todo esto, seguimos todos como si nada, escondiendo nuestro enfado -o sonrisa-, mirando para otro lado o agachando la cabeza cada vez que terminamos la oración “viviendo en trono a Él-vis”.