Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

viernes, 29 de julio de 2011

Dos mundos paralelos

Alguna vez creo que pasé por algún suburbio de Madrid u otra ciudad grande España o Portugal, incluso en mi ciudad, León, también hay algún "barrio pobre". Pero no se asemeja lo más mínimo a la realidad de países como Ecuador.
Cuando en la televisión escuchaba y veía imágenes de países subdesarrollados o en vías de desarrollo, nunca llegué a hacerme una idea de qué querían decir esas palabras. Creo que nadie que no haya llegado a uno de esos países, y que no haya llegado a "vivir" un poco de tiempo en ellos -porque hacer turismo no es lo mismo- puede hacerse una idea de qué implican realmente estos dos términos que habrá leído alguna vez en su texto de geografía en el colegio.
Desde mi punto de vista, y por lo que he podido ver y caminar, subdesarrollo no es pobreza, pobreza extrema. Subdesarrollo es egoismo, reparto desigual de riqueza, corrupción, despiadados e inhumanos intereses internacionales.

En estos países tercermundistas existen dos mundos: uno de casas pobres, con gene pobre, que quizá nunca deje de ser pobre; y otro con lujas casas llenas de riquezas, con gente rica, que, vengan las crisis que vengan siempre sigue siendo rica.
No puedo con esos contrastes. No me acostumbro. Puedo caminar por calles polvorientas, entre niños de rostros sucios que juegan bajo los pilares de la casita de madera, entre barro, chanchos y gallinas, porque no tienen otro lugar donde jugar ni pueden irse a otro lugar, pero no puedo aguantar la rabia al cruzar el puente y encontrarme entrando en un barrio o ciudadela con calles asfaltadas, iluminación, y casas despampanates, donde no se ven niños jugando en la calle porque todos pasean ya por un centro comecial que es tan lujoso como las mansiones de sus papás. No puedo con ello. Incluso ciertas comodidades de las que habitualmente disfruto en España me parecen aquí excesivas, y eso que están a años luz del lujo de la clase alta (o media-alta) de acá.

Me dirán que exajero. Yo les digo que no. En el simple hecho de coger un bus o un avión, se ve la diferencia. En el mismo trayecto en uno y otro medio, es como si viajaran dos países distintos. En una ciudad como Guayaquil, o como Quito, uno puede, en cuestión de minutos, cruzar de una calle con alcantarillado y luz eléctrica a otra de casas de bloques (o de caña) donde no existe la más mínima salubridad. Y si se va a las afueras, se econtrará con auténticas ciudadelas-fortaleza, repletas de un lujo que le harán pensar que se ha convertido en ciudadano de segunda.
Lo más triste es que esos dos mundos nunca se dan la mano aquí. O muy rara vez lo hacen. Me gustaría que lo hiceran sí, me gustaría que los ricos salieran de sus casas-fortaleza, dieran un paso al frente, y empezaran a invertir dinero en equilibrar la balanza, en dar una oportunidad a los que viven al otro lado del río. Que se rebajasen y empezasen a dejar a un lado parte de su lujo para que los demás tengan también su parte. Pero lo veo dificil. Han sido educados de cierta manera, y llegados a cierta edad, es dificil cambia su concepción del mundo.
No por ello pierdo la esperanza. Sigo bien firme trabajando por ella. A través de ONGs, a traves de la iglesia verdadera, presionando a gobiernos, denunciando injusticias, y sobre todo, a través de la educación, educando, mostrando a esos aún pobres, que crecer no quiere decir llegar a ser ricos. Hay otras formas de riqueza.

Alguna semilla caerá en buena tierra.
Y mientras tanto, sigo haciéndome de tripas corazón cada vez que veo desde fuera esas casas tan ricas, y esa gente con celular pegado a la oreja subiendo o bajando de aviones, o a esos turistas sacándose fotos sonrientes tanto en un lujoso complejo hotelero en la costa como en una calle fangosa con chanchos y moscas, siempre sin preguntarse el porqué de ambos paisajes.
Tengo la sensación de seguir caminando hacia ese Mundo Felíz que tanto miedo me da. Si algún día llega, yo me quedaré a vivir fuera de la burbuja.

Con los pobres de la tierra
quiero yo mi suerte echar.
El arroyo de la sierra
me complace más que el mar.
-José Martí
(En la foto, una imagen de las fabelas de Guayaquil, en pleno centro de la ciudad)