Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

miércoles, 25 de mayo de 2011

¿Vivo?


Recientemente me hago esa pregunta una y otra vez. ¿Estoy vivo? ¿Si lo estoy, porqué no escribo, por qué estoy mudo? ¿Es esto vivir?: trabajar, leer, ver películas. ¿O implica algo más?

Esta noche me he obligado a sentarme delante de la computadora y contestar a estas y otras preguntas. Realmente creo que parte de mi ha estado muerta todo este tiempo y que, ahora, mientras tecleo, la estoy resucitando.
No sé bien qué fue lo que me llevó al silencio. No me abandonó la musa, de eso estoy seguro, pues miles de ideas fluyen por mi cabeza, pero por alguna razón, siempre relegaba esta tarea de escribir, siempre cerraba la puerta a los pensamientos salientes y ocupaba mi tiempo en otra actividad.

Basta de dar vueltas y de filosofar. Supongo que me he vuelto muy pragmático este año. O quizás ese pragmatismo no sea otra cosa que miedo. Miedo de expresar mis incertidumbres sobre la vida. Por primera vez este año me siento realmente vivo, me siento plantando cara a un futuro incierto, porque incierto es el futuro que se labra cada uno. Mi vida ya no es una pausa para pensar con una fecha término. Y tampoco es un caminar de la mano de los padres. A mi bici ya le quitaron los patines, y el camino recorrido es ya muy largo para poder volver a tras o buscar refugio en casa el fin de semana.

Debe ser lo mismo que sienten todas las personas cuando por fin emprenden vuelo. No volamos solos, pero al mismo tiempo somos los responsables últimos de nuestro timón.
Mi vuelo este año ha sido un despegar a toda velocidad para discurrir por un camino lleno de turbulencias. De repente, la vida toda, con lo que eso implica a entrado en mi ser y me ha sacudido: Los problemas “de papeles” y la necesidad de solventarlos para poder vivir, la conciencia palpitante por haber dejando la familia y los problemas a un lado, el desbordante trabajo diario y la obligación de encontrar un equilibrio entre la responsabilidad laboral y uno mismo, los tumbos y sustos de una sociedad que es más frágil de lo que uno creía.

Me cuesta sintetizar todo en pocas líneas. La sensación de estar demasiado lejos de la familia y la de estar lejos para poder vivir. La repentina incertidumbre de un futuro que creía bien asegurado: intentos de golpes de estado, giros bruscos en las altas esferas eclesiásticas. Y una cantidad de trabajo que acabó por convertirse en mi escusa para olvidarme del mundo y olvidarme de vivir.
Pero aquí estoy, resucitado al fin. Dispuesto a contar algo de mi día a día. A buscar esos momentos que no sean puro trabajo y obligación para lograr buscar algo bueno en cada cosa y así tener algo que compartir en forma de imágenes o palabras con los demás para poder decirles: “aquí sigo, vivo, decidido, caminando”.

Así que vuelvan a pasar de vez en cuando por las páginas de este blog. Volveré a contarles algo de mi vida. Volveré a escribir. Volveré a encontrar el camino para dedicarme a mí mismo, aunque sólo sea unos minutos al día. Lo prometo. Aunque que el trabajo sea duro, aunque los miedos lo sean aún más.

Basta de pelar mazorcas por hoy. Descansa y abre tu mente.