Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

miércoles, 25 de mayo de 2011

Los que llevan la voz


Recuerdo el título de un capítulo de la novela Una princesa en Berlín de Arthur R.G. Solmssen. Era algo así como “Sólo querían contratarle la voz”. Era un capítulo en que se hacía referencia a como la ultraderecha, cuando pensó en Hitler como líder, lo hizo sólo porque era un buen orador. Lo peor vino después.
No va sobre el nazismo esto. Aunque algo de derecha y de ultra sí que tiene el asunto. Lo que me interesa, de cualquier modo es el hecho de cómo, un buen orador puede manipular a la gente y conducir las fuerzas ocultas de las masas con un fin u otro. Que no me cuenten eso de que el pueblo se dirige a sí mismo. Pamplinas. Siempre hace falta alguien, de un signo u otro, con unas intenciones u otras, para hacer que la gente se lance en una dirección u otra y se proclame por una causa u otra.
Si el orador es bueno, la gente acabará aceptando cualquier cosa, acabará olvidando todas las verdades que ha vivido y defenderá hasta la muerte la nueva idea. Poco importa que esa idea sea mentira o verdad. En el corazón de las masas enfebrecidas es la más verdadera de todas las ideas, la única por la que merece la pena morir.

Se llega a decir –e incluso cometer- auténticas barbaridades. La prueba la tengo día a día ante mis narices, y me llena de rabia por el sentimiento de impotencia que tengo ante tanta mentira y palabra sin sentido. Pero no encuentro las formas de combatirlo. No puedo luchar contra las masas ciegamente convencías, pues no escucharán mis tenues verdades. Yo no soy buen orador. No puedo convencer al pueblo de una cosa verdadera o falsa, porque, me parece que para ello, siempre hay que saber mentir un poco, tergiversar la verdad, si se quiere usar un eufemismo, aunque lo que se cuente sea verdad.
Aquí hace unos meses desmontaron de sus caballos unos hombres con botas y cruces como espadas. Al principio creí ver en ellos a nuevos Aguirres cegados por encontrar un Eldorado divino, pero poco a poco se tornaron en una especie de carcoma social enviada por alguien desde las falsas alturas para roer el alma y la conciencia de la gente y sembrar cizaña. Porque eso, cizaña, es lo único que han alcanzado a cosechar.  No supieron escuchar a Yaya en las chacras, o le contestaron con malas formas y eso es lo que cosecharon: insultos y difamación.

Lo peor es que la cizaña es como las malas hierbas: una vez que crece es muy difícil de eliminar y ahoga al buen pasto. Hoy día ya no se a quien creer o a quién escuchar, pues todas las partes parecen haber tomado posturas radicales autojustificatorias, sin voluntad de torcer el brazo: “la culpa la tiene el de enfrente”.
La culpa no la tiene el de enfrente. La tiene el de arriba, arriba con minúsculas, que nadie me malinterprete. Me refiero a ese arriba que siempre aspira a estar más arriba, hasta que cocha con el sol y se quema, pero nunca reconoce que se ha quemado. ¿Tan mal nos hemos portado para que nos mande la peor de las plagas? ¿Tanta envidia le dábamos? ¿Tanto miedo?
Ahora que se ha quemado con el sol, él mira para otro lado, y nos deja desamparados, solos, y enfrentados para que reconstruyamos la casa que el destruyó.

Y lo haremos, claro que lo haremos. Nos costará sangre y lágrimas, nos llevará mucho tiempo, pues las cosas buenas siempre se hacen despacio, pero lo lograremos. Porque tenemos fe en El de Arriba. Porque no Le buscamos Arriba sino entre nosotros mismo. Porque no queremos subir ni tenemos miedo a bajar, sólo sabemos caminar hacia delante, con las manos abiertas y los pies descalzos.