Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

miércoles, 25 de mayo de 2011

La Tierra sin Mal


¿Cuántas veces ha buscado el hombre el Paraíso? ¿Cuántas veces ha anhelado el Cielo, el Nirvana? ¿Cuántas millas ha recorrido buscando el Jardín del Edén, o Eldorado? Todavía hoy día hay quien recorre selvas y desiertos, quien sube hasta la cima de las montañas más escarpadas esperando llegar a Sangri-La. Quien sigue códigos y leyes divinas para alcanzar la vida eterna después de la muerte.
Aquí en la Amazonía, entre los pueblos que desde tiempos ancestrales pueblan esta selva, ese paraíso es la Tierra Sin Mal. Más de un extranjero, hombre de mucha o poca fe, igual da, se ha lanzado en un momento u otro, por las quebradas  y ríos de estos bosques buscando esa tierra sin mal. Otros, esperan recibirla tras la muerte como recompensa a una vida llena de virtud.

Todos olvidan, sin embargo, lo que este hombre amazónico aún recuerda: que la tierra sin mal, como cuentan en sus mitos, como les enseñaron sus abuelos, no es un lugar de este mundo, no es un premio posterior a la muerte, sino un estado de la vida del ser humano.  Cuando todos tengamos consideración por los demás, cuando dejemos al lado nuestras rencillas, cuando demos sin esperar recibir nada a cambio, cuando abramos nuestros ojos y corazones a los demás, entonces, sólo entonces habremos llegado a la tierra sin mal.

“La Tierra sin Mal no sólo es un lugar, sino es una actitud. Cuando Diosito o el héroe cultural caminaba por las chacras, los deseos de las personas buenas se convertía en realidad, pero los malos no lograban participar del paraíso. Los que tienen una idea demasiado material de la Tierra sin Mal, considerándola únicamente un lugar, fracasan en su búsqueda. [...]"
-          Jaime Regan, S.J.: Hacia la tierra sin mal. La religión del pueblo en la Amazonía. CETA, Iquitos, 1993