Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

jueves, 25 de marzo de 2010

El joven frente al viejo

Es asunto es ya viejo. Y puede que dentro de 30 años vuelva a leer este texto y esboce una sonrisa recordando mis sueños y mi rebeldía de juventud, pero ahora no puedo sino pensar en mi vida futura, atrapada en el presente entre el conservadurismo del viejo y las ánsias de cambio de joven.
¿Son los sueños de juventud, las ánsias de cambio, de hacer galgo diferente a lo que hicieron nuestros padres, actos de rebeldía, simples sueños locos de juventud que se vendrán abajo como castillos de arena, o son proyectos realizables, nuevos edificios, nuevas estructuras a las que renunciamos forzados por la costumbre y las normas establecidas vigentes? ¿Son un sueño de fiebre veinteañera, o fuerzas de cambio que nos invitan a arriesgarnos y darles dirección y forma?
Si me encontrase escribiendo esto hace 5 o 6 años, bien podría aceptar la definición de sueños románticos de juventud, de esos locos 20 años, pero ahora, que me acerco ya a la treintena, empiezo a creer que pueden ser algo más que sueños. ¿Por qué? Porque ya no soy el veinteañero soñador que protestaba contra todo lo protestable en la universidad y que mezclaba rigor y análisis histórico con socialismo, canción protesta y cerveza. Porque el paso de los años me ha vuelto más serio y me ha afanzado en mis conviciones y encuentro argumentos sólidos y críticos a la vez para mis actos. Porque ahora, siento que los que me hace dudar de mis actos no son simplemente los viejos, por ser viejos y yo joven; ahora son los viejos por haberse vuelto cómodos, y los jóvenes pasivos y cómodos.
Si mis aspiraciones en la vida fueran las comunmente abrazadas por la mayoría, no estaría escribiendo esto, pero, por alguna razón mi cerebro funciona de una manera distinta y se niega a tocar al ritmo del tic-tac del metrónomo que sigue todo el mundo. Yo no aspiro a muchas necesidades que se entienden hoy día como básicas: una casa en propiedad, un coche, un sueldo que me de autonomía total y absoluta frente al resto de la sociedad. No comparto esos valores individualistas que mueven al ser humano de hoy en día. No comparto tampoco viejos valores y normas que creo anquilosadas, desfasadas, con una imperante necesidad de puesta al día que nunca llega.
Así, me levanto cada mañana y me pongo a caminar un tanto a tientas por esta nueva senda que intento trazar, pero a mi pesar me dejo llevar por el consejo del os viejos: cúbrete las espaldas, piensa en la vejez... A veces creo que renuncio a mi propio camino por hacer caso a los demás sólo porque ellos son mayores, es decir, han vivido más. Y entonces me siento frustrado y con rabia. Rabia por no haber sido más fuerte y decidido. Quizá deba dejar de escuchar a aquellos que nacieron en otras décadas y ahora ya solo buscan el tranquilo descanso de la vejez y buscarme compañías y consejeros más jóvenes. Buscando seguiré, pues creo que alguién más está ahí fuera en sintonía conmigo.

Miren. Yo no quiero un coche. No quiero aprender a conducir. Prefiero el tren o el bus, o el camino de tierra y un buen cayado. No me importa si tardo más en llegar a mi destino o si tengo que esperar sentado en un banco el próximo bus, pues me interesa lo mismo mi destino que el como el camino que recorro hasta él con sus gentes, sus aromas, sus sonidos y conversaciones, las penas y las alegrías del viejar.
No quiero una casa vacía para mí sólo. No cuatro paredes que compartir únicamente con mi futura mujer e hijos futuros, aislados, encerrados en casilleros toda su vida. Quiero a la comundiad, a la sociedad abierta; el ser humano es egoista, sí, pero sabe que necesita del contacto y el compartir con sus hermanos y vecinos para sentirse y ser humano. Necesito encerrarme en mi mismo y cerrar la puerta a veces, pero sobre todo dejar la puerta entreabierta para que pase el viento y sus gentes pues ellas son mi vida y el motivo de mi vida.
No aspiro a ganar dinero para construirme un castillo y comprarme sueños de oro y plata. Aspiro a ganar lo justo y necesiario por y para mi trabajo, a construir una sociedad en la que se entienda que salud, alimento, educación, son valores humanos que procura y mantiene una comunidad, que no pernecen al ámbito personal y privado.
Aspiro a una vida en comunidad como una renuncia llena de gozo y una entrega de parte de nuestras libertades para poder seguir manteniendo juntos esta gran comunidad humana y así encontrar también verdaderos momentos en que necesitemos algo de intimidad.
Busco una vida plena, realizada día a día. Ni larga ni corta; no asprio a vivir 90 años, sino a seguir caminando, dedicado a la gente, y por tanto a mi mismo, hasta que ya no me quede aliento, aunque eso haga que mis huesos y mi corazón se agonten a los 60.

Por todo ello no entiendo a los viejos que me venden sus años asegurados con pensiones como su más preciado oro, por eso me empeño en trabajos voluntarios, con las espaldas medio cuviertas, por eso no creo en pensiones y planes de futuro y sólo pido un plato de sopa caliente en la mesa y el poder dar las buenas noches y las gracias por otro día pasado.
¿Son sueños? No lo creo. Pesadillas quizá, pues me quitan el sueño. En mi desvelo, seguiré buscando mi camino, en equilibrio siempre, entre lo viejo y lo nuevo.