Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

martes, 26 de febrero de 2008

El tren de esta vida

Ganar.
El ritmo de vida está establecido en esta sociedad de una manera bastante clara. Nos educan (y luego nos controlan) dentro de unos márgenes de los que uno no debe salirse, y lo consiguen de tal manera que la mayoría de las personas no piensen siquiera en salirse de dichos márgenes o si quiera que puede darse la circustancia de que a alguien lo le gusten y que existen, otros márgenes, otros caminos, a parte del entendido como oficial y válido. Cuando uno se cuestiona este camino pavimentado y su posición en él, le diagnostican algún tipo de enfermedad e intentan por todos los modos que reconsidere y acabe aceptando su asiento en el tren, ofreciéndole la oportunidad de subir de categoría, de obtener algo supuestamente mejor. Se le educa en unos cuadros de competencia en los que debe hacer prácticamente cualquier cosa para ganar más, ser más que los demás o por lo menos no quedarse atrás respecto a ellos y tener acceso al mismo "premio" al que todos los sudorosos competidores de la sociedad tienen derecho: Un salario, ganancia económica, DINERO.
Gastar.
Luego, con este dinero consiguen rodearse de bienes materiales, cuyo objetivo es hacerles si no olvidar, por lo menos dar sentido y justificar ese "duro" trabajo, esas reglas de competencia en las que se han visto atrapados. Una serie de números en una cuenta bancaria que parecen la compensación, mucho más que suficiente, por las renuncias que han tenido que hacer obligados por la sociedad.
Gozar.
Y la sociedad, como debe de ser para que el sistema funciona, se encarga de poner a disposición del competente individuo, una gran variedad de bienes materiales por los que trocar el dinero. Sueños de plástcio, envueltos en papel de regalo, que, supuetamente satisfacen sus necesidades como individuos.

El problema se plantea cuando un individuo empieza a no ver viable para sí mismo este camino. Cuando los sacrificios que se ve obligado a hacer para entrar en este mundo de competencia no se ven del todo satisfechos con el premio obtenido al final, cuando este premio no satisface del todos sus necesidades y el obtener más y más sueños de plástico sigue sin conseguir calmar sus manos codiciosas, su espíritu.
Para los miembros de esta sociedad competitiva, este individuo está "enfermo", o por lo menos se ha salido -por alguna razón no explicable- del camino a seguir, y debe ser "re-educado" de alguna manera que vuelva a aceptar su asiento en el tren y vuelva a trabajar por obener un asiento más cómo que el suyo, donde poder relajarse, sin importar a dónde vaya el tren o dónde han quedado aquellos que no han conseguido o no han tendio la oportunidad de conseguir un asiento en el mismo, ni siguiera en tercera clase.
Si el individuo vuelve a montarse en el tren, perfecto. Pero, ¿Y si se niega, si decide caminar por su propio pié en una dirección diferente a la de las vías? Entonces se le condena casi al ostracismo. Se le aparta, se le mira como un bicho raro, se le trata de iluso, loco, vago. Se le desacredita en sus aspiraciones.
Por suerte, el individuo descarriado no está perdido. Ni loco. Hay otras opciones, otros caminos que tomar. El problema es encontrarlos. El problema es encontrase con alguno de los otros caminantes que siguen adelante por esos senderos sinuosos al margen de las autopístas de la competencia, con fe y esperanza, sintiéndose vivos, reconfortados con su caminar diario, sin renunciar a sus objetivos, a sus valores, al menos en sí mismos.

No se si ahí fuera, entre los posibles lectores de esta bitácora virtual habrá alguno que como yo, se siente como ese individuo descarriado, que ha dejado de sentirse satisfecho con los premios materiales que le brinda esta sociedad, y busca algo más para calmar su espíritu, viéndose día a día en una lucha constante entre las fuerzas centrípetas de esta sociedad, que le quieren de vuelta en los railes, y su propio espíritu y conciencia que le dice que no se deje arrastrar y luche por sus valores cueste lo que cueste.
Tengo la sensación de que, desde que tengo conciencia, como todo el mundo, he seguido los railes de este tren competitivo. He estudiado, he luchado siguiendo las directrices que me marcaron y obtenido ese premio en forma de objetos con los que reconfortarme de mi esfuerzo diario. Sin embargo, en algún punto dentro de mí, esa recompensa ha dejado de tener efecto. Ya no me sirve. He empezado cuestionar este modo de vida, no por rebeldía, sino porque, de repente, a dejado de funcionar para mi. Qué más quisiera yo que ver las cosas cosas de un modo tan sencillo como lo ven los demás y seguir trabajando y luchando, para, a fin de més tener dinero en el bolsillo y comprarme una casa, libros, un coche, etc. Ese libro, esa casa, esa bienestar futuro asegurado por una jugosa jubilación, ya no consigue llenar ese hueco dentro de mi. No es que no sea suficiente. Es simplemente, que no encaja, que no es lo que busco.
Creo sinceramente que uno tiene que sentirse realizado con su trabajo diario, sin importarle qué beneficio va a obtener del mismo. Creo que uno no puede dejar de lado así como así sus valores, su ideales, sus sueños, por muy utópicos que parezcan en aras de un prometido bienestar.
Me veo embuelto en una espiral de consumo sin que esos bienes que obtengo parezcan nunca suficientes para calmar mi espíritu. Compro un disco, un libro, y al instante necesito más y más y nunca parece haber fin, y empieco a pensar ¿realmente quiero, realmente necesito este libro? ¿me va ayudar a satisfacer mi necesidades, a calmar mi espíritu? Sí, en un principio lo hará, en el momento de su compra, de su lectura, de su audición, surtirá efecto, como una droga; pero, como tal, no funcionará a largo plazo. No para mí. Ya no.
La única manera que veo para sentirme "satisfecho" es defender mis valores, mis ideas, perseguir mis sueños, aunque no tengan cabida en esta socieda, aunque tenga que cambiar mi modo de vida, aunque no llegue a viejo.
El problema reside en encontrar ese otro camino que discurre léntamente en una dirección diferente a la de la corriente princiapal. Yo no se dónde se toma ese camino. Parece estar oculto para que nadie se descarrile por él. Pero lo tomaré. Prefiero caminar un sólo día por él a pasarme una vida luchando por un asiento de cuero en este tren.
Me he dado cuenta de que hay cosas que yo no puedo dar a cambio de unas piezas de plata.
¿Alguien más se ha dado cuenta?