Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

domingo, 2 de marzo de 2008

El deber de votar

Otra vez, como cada cuatro años, vuelvo a plantarme en mis trece, y vuelvo a llamar a la gente a reflexionar. Nuestros políticos –y digo nuestros, porque somos nosotros los que los elegimos- han perdido el norte. Su horizonte, su perspectiva de futuro, abarca como mucho cuatro años, y su principal objetivo en esos cuatro años, es convencer a la gente de qué ellos son los únicos que se merecen estar ahí ocupando los cómodos sillones del Congreso y el Senado y los diferentes ministerios.
Sin embargo, creo, que como ciudadanos, nuestras aspiraciones tienen que ir más allá. Sólo porque a la clase política le interese más este juego (ellos parecen tomárselo en el sentido literal de la palabra, como niños pequeños pero con ocultas intenciones no declaradas de adultos) nosotros no tenemos por qué aceptarlo tal cual ellos nos lo venden. Todos los votantes somos personas adultas, con capacidad de decisión propia, con capacidad crítica, capacidad de análisis, y por lo tanto tenemos el deber de pararnos a pensar y decidir qué tipo de política queremos, al margen de ideologías o de colores –ideologías pocas quedan-; teniendo en mente, además, que este deber es también un derecho nuestro como ciudadanos, un derecho por el que debemos trabajar, de manera que dicho derecho a pensar, a razonar, a adquirir unos conocimientos y unas herramientas de juicio propias, sea algo real y efectivo además de duradero: es un derecho que debemos mantener para las generaciones futuras, porque, ¿De que sirve tener libertad de voto, de palabra, de pensamiento, si poco a poco, sin que nos demos cuenta, se va recortando la capacidad de pensamiento de las personas?
Nuestra perspectiva de futuro, como ciudadanos responsables que somos, tiene que ir más allá de los cuatro años que abarca la de los políticos. Tiene, por lo tanto, que basarse en actitudes, en formas, en actos encaminados a ofrecer garantías estables y duraderas, no sólo para nosotros a fecha de 2008, sino para nuestros hijos que aún están por venir.
No nos podemos conformar con promesas electorales tangibles. No. Tenemos que pedir soluciones a largo plazo, encaminadas a resolver los problemas actuales de una manera duradera, si bien soluciones definitivas no existe, pues la sociedad cambia con el tiempo y es su deber adaptarse –no sin recelo y sin pensar- a las nuevas situaciones. Los políticos hoy día se han convertido en verduleros, en vendedores de barraca de feria, que a voz en grito ofrecen mil y un regalos, promesas palpables a los votantes. Si uno ofrece 5.000 nuevas viviendas de protección oficial y una rebaja de los impuestos de un 2% el de enfrente construye 6.5000 viviendas, y desgrava un 4%. Una auténtica guerra que no va más que destinada a tener al público contento en debates vacíos de contenido, donde los líderes se arrojan los unos a los otros un montón de basura en forma de improperios y recriminaciones, apenas rascando así la superficie del verdadero problema pero manteniendo al público contento y entretenido y dando la sensación de que de verdad, les importamos y de verdad hacen algo por nosotros y nuestros hijos.
Pan y circo.
Siempre igual.
Y nosotros nos sentamos delante de la tele y disfrutamos y reímos y discutimos quién lo ha hecho mejor. Y votamos. Al que nos parece que lo ha hecho mejor, sin realmente llegar a saber cuáles son sus verdaderas intenciones, su programa.

No pido el voto por ningún partido o ideología. Nunca lo he hecho, creo que todos somos lo suficientemente maduros como para acceder a la información que se nos ofrece, analizarla y tomar nuestras propias decisiones. Pero, en vistas del circo, cada vez de mayores dimensiones, que se monta cada cuatro años en este país, pido desde aquí a todo el mundo que vote. Es nuestro derecho y nuestro deber. Pero que vote con convicción y razonamiento, pues es nuestro derecho y nuestro deber votar de una manera responsable, convencidos de nuestra acción, sin dejarnos engañar por promesas electorales disfrazadas de caramelos para niños, sin dejarnos convencer con conceptos como voto útil, con nombres y caras simpáticas, con frases elegantes –e incluso emotivas y patrióticas- pero vacías de significado.
Nadie va a encontrar un partido, una opción política que encaje al 100% con sus aspiraciones, porque todos somos humanos y por lo tanto diferentes los unos de los otros en aspectos difíciles de discernir. Pero, como humanos, seguro que encontraremos alguna que más o menos encaje con nuestras ideas, aunque tengamos que modificar algunas para ponernos de acuerdo. Y si aún así, no encontramos ninguna que nos represente, no encontramos ninguna opción política que realmente defienda unas ideas, sean las que sean, siempre nos queda el voto en blanco.
Quedarse en casa nunca es solución. Conformarse con pan y circo tampoco.
La única es sentarse a pensar, mantenerse firme, y defender nuestras ideas de la mejor forma posible: votando responsablemente.