Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

lunes, 16 de julio de 2007

La camisa de rayas

-¿Hace calor ya, eh? -dijo Miguel.
-Sí -Contesto Sofía. -Y tú con esa camisa oscura de manga larga. No se como aguantas.
-Supongo que por pura pereza. Siempre digo que tengo que ir a comprar alguna camisa fresca, de verano, pero por pura pereza... Ya me conoces, qué te voy a contar.
-Ya, ya, el mismo cuento de siempre, no se a que esperas...
-A oirte decir eso mismo con ese tono de voz y ese semblante de resignación -contestó Miguel sonriendo- Anda, vamos, seguro que contigo como consejera encuetro la mejor camisa del mundo.
-Bobo.

Sofía arrastró a Miguel por mil y una tiendas (o al menos eso le parecía a él), probando, mirando, revolviendo. Camisas y más camisas. Esta es muy secilla, esta demasido moderan. Esta, ni se te ocurra, parece un cura... esta es muy grande... camisas, camisas. Agotado, mareado, seguían probando camisas.
-Mira esta ¿Que te parece? Tiene un diseño a rayas muy original. Parecen serpientes, o cuerdas sinuosas...
-Sí... creo que no he visto ninguna así... aunque no me atrevo a asegurarlo, tengo un colocón de camisas...
-¡Anda!, calla y pruébatela- Sofía empujó a Miguel hacia el probador.
-Parece que me sienta bien, ¿no?
-Sí, sí, me gusta
-¿Yo o la camisa?
Caminaron hacia la caja
-Me llevo esta -dijo Miguel al dependiente
-Son 25,90- Esta es de las de diseño exclusivo. No verás muchas como esta, y ahora de rebajas, un auténtico chollo

Lo mejor de la tarde de compras fue sentarse en una terraza después del mareo de las tiendas y tomarse una buena cerveza, entonces, era realmente refrescante. El sol, se resistía a decir "buenas noches" y calentaba con fuerza sobre las mesas.
-Vaya calor- Miguel resoplaba, cerveza en mano, mientras se dejaba escurrir por la silla.
-Claro, sigues con tu camisa de invierno abotonada hasta arriva...
-Me daba no sé qué decir que me la llevaba puesta.
-Pues póntela ahora.
-¿Aquí? ¿En medio de la calle?
-Uy, alomejor de detienen por exibicionista -dijo Sofía riendo.
Miguel se cambió de camisa mientras miraba de reojo hacia la calle. -Sí, sí que me queda bien ¿eh?
-Ahora cuidado no la bautices con cerveza.
Pagaron la cuenta y caminaron tranquilamente de regreso a casa. Mientras se despedían en el portal de Sofía, un vecino salió con una camisa idéntica a la de Miguel.
-¡Ala! ¿Has visto? Se suponía que era única- dijo Miguel.
-Dijo diseño exclusivo. No pensarás que la han hecho para tí. Habrá 100 mas o menos como la tuya, y repartidas por todo varios países, poca cosa. Sí que es curiosa la coincidencia, no te lo niego.
Miguel caminó tranquilamente, disfrutando de la tarde de verano, que ya empezaba a refrescar. De pronto, en la terraza de un bar, le pareció ver a un hombre con una camisa como la suya. "Ya van dos, menudo diseño exclusivo."

A la mañana siguiente Miguel se levantó perezoso. Tenía que mandar unos paquetes por correo, luego arreglar unos papeles en la oficina del paro,... menuda mañana. Se duchó y desayunó y aún tenía legañas en los ojos, diciéndole, venga hombre, túmbate en la cama y dejemos que el relój de las 12 del mediodía. Odiaba el calor del més de Julio. Era axfisiante y pegajoso. Ni siquiera en la playa podía uno refrescarse. Entró en la habitación a por una camiseta, allí en el respaldo de la silla, estaba su nueva camisa blanca de sinuosas rayas de colores que parecían bailar como serpientes encantadas. Dudo unos instantes, "¿No la colgué en el armario anoche? No, se ve que no". Cogió su nueva camisa y se la puso.
-¿Sí que me sienta bien, eh?- dijo mientras se miraba al espejo.
Cogió todos los sobres, la carpeta con los papeles, las llaves de casa y se lanzó escalera abajo.
-Hola-. Era el vecino del quinto, que volvía con la compra. Miguel se giró en la escalera y le obsevó subir. "Ala, otra camisa como la mía. Maldita moda y maldito diseño exclusivo".
Mientras caminaba hacia la oficina de correos, se fue fijando en la gente. Gente normal, gente corriente, inmersa en su quehaceres diarios, agena los unos a los otros. Vestían normal, con frescos vestidos de verano, con pantalones cortos y camisetas, y entre, todos, de vez en cuando, alguna camisa blanca con serpenteantes rayas.
-No, si al final toda la ciudad ha ido a comprar al mismo sitio...-dijo Miguel entre dientes.

En la oficina de correos había una cola inmensa, como siempre. Miró su número. 0235. El panel luminoso anunciaba el 0198, tenía para unos buenos veinte minutos. Se dejó apoyar contra una columna en el inmenso local de correos. Al fondo, un hombre de mediana edad rellenaba nerviosamente unos impresos, llevaba, como a parecer media ciudad, la misma camisa blanca de rayas sinuosas como serpientes. Miguel le miraba de reojo. No era capaz de quitarle la vista de encima. Dos o tres veces, el hombre levantó la vista y miró inquisidoramente a Miguel. Intentó olvidarse de aquel hombre y levantó la vista al frente, fijándola en el letrero luminoso que daba los turnos, le sudaban las manos, de pronto, un pitido, su turno. Miguel volvió al mundo real y avanzó rápidamente hacia el mostrador.
-Hola. Quería mandar estos paquetes. -Se quedó helado. El empleado de correos llevaba una camisa blanca de rayas como la suya.
-¿Certificado o ordinario?
Miguel pestañeó dos veces. No podía ser. Los empelados van uniformados, con su camisa amarilla. No. El empelado de correos se impacientaba
-Perdone, ¿Como lo envío, certificado u ordinario?
-¿Eh? Ah, lo siento. Ordinario, ordinario.- Miguel miró a su alrededor. Todos los empleados llevaban camisas blancas con serpenteantes rallas de colores. -Oiga, perdone, ¿Han cambiado de uniforme últimante?
-No. Son 6,70. Gracias
Miguel caminó afuera del edificio algo aturdido. ¿Que pasaba? La semana pasada iban todos de amrillo chillón. Despistado, chocó con un hombre cargado con bolsas.
-¡Cuidado, idiota, mira por donde vas!
Llevaba otra camisa idéntica. Afuera, por el parque pudo ver a varias personas, ocupadas en sus menesteres, todas con camisas blancas con rayas serpenteantes. Comenzó a caminar lo más deprisa que pudo, rápido, más rápido. Llegó a la herboristería en que trabajaba Sofía y se avalanzó sobre el mostrador.
-¡No te lo vas a creer!- exclamó Miguel excitado- ¡Media ciudad lleva camisas como la que compramos ayer, blancas y con rayas como... -Sofía llevaba una camisa exáctamente igula. Miguel empezó a retroceder asustado. Se miró a si mismo, miro a Sofía.
-Oye -dijo Sofía- ¿Te encuentras bien? Te has puesto pálido de pronto...
-Cuando, ¿Cuando compraste esa camisa?- pregunto Miguel tartamudeando.
-¿Esta? ¡Anda que no tiene tiempo! Me la habrás visto cientos de veces!
-¡Pero si es igual que la mía!
-¿Que?- Sofía se miró a si misma. Vio su camisa azul lisa y miró Miguel extrañada- ¿Es una broma? Mira que me voy a enfadar y verás.
-No es ninguna broma. Tú y media ciudad lleváis camisas como esta que...
-Perdone ¿Cuanto valen las salchichas de soja?- Una mujer gorda acababa de entrar. Llevaba otra camisa blanca con rayas de forma serpenteante. Miguel la miró y salió de la tienda rápidamente.
Se paró en la acera unos segundos, intentando repuerar el aliento y tranquilizarse. De repente, todos los transeuntes llevaban camisas como la suya. Corrió calle a través, un coche frenó de repente, el de atrás chocó y el conductor salió corriendo amenazando a Miguel. También él llevaba una camisa de rayas. Alguién agarró al Miguel del brazó.
-Tranquilo muchacho, ¿te encuentras bien? -Era un policía. Con su porra, su gorra,.. y una camisa blanca con rayas serpenteantes.
Miguel se liberó y echó a correr calle abajo. Todas y cada una de las personas con las que se cruzó llevaban camisas idénticas a la suya. Despavorido, corrió a casa, según se acercaba, se quitó la camisa y la arrojó al suelo. Subió los escalones de dos en dos. En casa no había nadie. Bebió un buen trago de agua y se miró al espejo. Se arreó un buen bofetón. Sí, esaba despierto. Se puso su vieja camiseta de estar por casa. Daba gusto mirarse y no ver esa maldita camisa blanca a rayas. De pronto, le asaltó una duda, raudo, se asomó por la ventana. Abajo en la calle, todo el mundo vestía normal. Nada de camisas blancas con rayas serpenteantes. "¡Buff, que alivio!" pensó y se dejó caer en el sofá.

-¿Miguel?, Miguel, hijo, despierta- Era su madre. Se había quedado dormido.
-¿Como se te ocurre dormirte a estas horas? ¡Es casi la hora de comer! -Su madre le miraba extrañada- A por cierto, encontré abajo tu camisa nueva, la deviste sacar a la ventana para airear y se cayó. Cuándo serás más cuidadoso. La he colgado en tu armario.
Miguel se levandó de repente, corrió a su habitación y abrió el armario de par en par. Allí, en fomación, descansaba colago todo un ejército de camisas blancas con rayas serpenteates, todas idénticas, todas brillantes e implutas, todas iguales.