Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

sábado, 3 de febrero de 2007

En un pueblo sin nombre. Cuarta parte.

Angel y Jose se miraban pensativos el uno al otro. Angel se levantó y comezó a pasear por la biblioteca, mirando a las estanterías de libros como si éstas le fuesen a revelar el misterio. Estaba nervioso, se sentía impotente, qué, ¿qué pasaba en su pueblo? No había respuestas. Toda su vida leyendo ciencia ficción y viendo películas de serie B de los años 50, con extraterrestres ladrones de cuerpos y ahora parecía estar en una de ellas. No tenía sentido.

- Mira- Jose estaba depié junto a la venta con sus dedos separando las láminas de la persiana, observando la plaza.

Ángel se acercó a su lado. La plaza empezó a llenarse de gente. De dónde habían salido, no estaban seguros. Algunos parecían rostros conocidos, algunos parecía llegar desde las calles adyacentes, otros, parecían surgir de la nada, allí en medio de la plaza. Y todos ellos estaban sumergidos en plena rutina diaria. Como si fuesen las 12 de un día cualquiera la plaza estaba llena de vida.

Alguien se dirigía a la biblioteca. Era Julia, la bibliotecaria. Estaba igual que siempre, alta, con el cabello rizado, con sus gafas redondas de pasta, un vestido liso y sencillo y un par de libros bajo el brazo. Era la mujer de los perpetuos 50 y tantos sonriente y amable, conservando su atractivo y sencillez, que había decidido entregar su vida a los libros en vez de compartirla con otra persona.

Ángel y Jose se ocultaron tras una estantería cercan al mostrador de recepción. La Srta. Julia entró en la biblioteca y automáticamente se sentó tras el mostrador y empezó a leer uno de los libros que traía. Algo les decía a los dos muchachos que ésa no era la señorita Julia que habían conocido toda su vida. Decidieron que tenían que salir de la biblioteca y localizar a los otros dos amigos, que llevaban más tiempo en el pueblo y quizás supiesen algo más, sí es que aún seguían siendo ellos. Jose resolvió que saldrían tranquilamente por la puerta principal, caminando tranquilamente, inexpresivos, sin decir una sola palabra, como caminaba toda aquella gente allí afuera en la plaza. No justo cuando pasaban por delante del mostrador de recepción, no lo pudieron resistir y volvieron la mirada hacia le señorita Julia, ésta levantó su cabeza y los miró con rostro inexpresivo, con la mirada perdida, ya no estaba aquella sonrisa regañona y amable de antaño.

- Deberían volver ustedes a sus obligaciones y dejar de perder el tiempo en bobadas.

Aquello sonó como una sentencia a muerte. Apresuraron el paso y salieron de la biblioteca, sin detenerse apenas, caminaron raudos a casa de Toño. Una vez ante el portal de su amigo, advirtieron que no había movimiento en aquella calle. Se detuvieron un instante con el dedo levantado, indecisos si llamar al portero automático o no. Dieron unos pasos hacia atrás y observaron la fachada del edificio. Era increíble. Recordaban un edificio de ladrillo visto, sucio, con la barandilla de hierro de los balcones oxidada y el descolorido cartel del abogado del segundo piso; sin embargo, el edificio estaba ahora brillante, limpio, como recién construido, con las barandillas recién pintadas, el cartel reluciente y vivo, las persianas de las ventanas todas milimétricamente tapando un cuarto del cristal. Empujaron por a la vez la puerta del porta y estas e abrió sin ningún problema. Subieron la estrecha y empinada escalera despacio y se encontraron la puerta del piso de Toño cerrada pero con un cartón blanco enganchado en el pestillo, impidiendo que la puerta cerrase del todo. Le dieron un empujón y entraron en el piso.

No les dejaban de sorprender las casas perfectamente limpias y ordenadas, y el piso de Toño no era una excepción. Caminaron por la casa, todo estaba inquietantemente perfecto, miraron en todos los cuartos, no había nadie, estaban a punto de derrumbarse en el suelo, derrotados, cuando observaron algo que rompía la armonía de toda aquella perfección: una vieja y enorme maleta de cuero marrón, mal cerrada y con ropa asomando entre sus cierres, apoyada contra la pared en la habitación de Toño. Había llegado, no estaba allí, pero, Toño había llegado al pueblo. Ahora estaban seguros de que había sido él quien les había dejado la puerta del portal abierta y quien había trabado la puerta del piso y dejado la maleta así, a la visa en su cuarto, pero... ¿para qué, si el no estaba allí? Quizás era que habían llegado demasiado tarde y Toño había sido víctima de lo mismo que fuese que había hecho algo a los habitantes del pueblo, o quizás, sí, quizás trataba de decirles algo, de decirles que estaba allí y vivo pero... ¿dónde?

1 comentario:

Kiko dijo...

Valla valla... carrerilla blogeadora jeje menuda intriga