Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

sábado, 28 de enero de 2006

Cena de sábado por la noche

Para Kiko, compañero de momentos terroríficos...

Es sábado por la tarde. Un sábado sin nada especial, frío, como suelen ser los sábados de invierno. Tienes esa pesadez en la cabeza, esa pesadez producto de estar toda la tarde encerrado en casa. Se va acercando la hora. Has quedado para cenar encasa de un amigo. Una cena más, es ay costumbre habitual todos los sábados: una cena interesante, a base de comida preparada en casa por manos inexpertas y una buena dosis de cine de terror para ayudar a hacer la digestión. ¿Acaso hay una manera mejor de pasar un sábado?
Hay otras, por supuesto, pero uno suele caer en las rutinas con bastante facilidad. Así que, te cambias de ropa, te abrigas y sales fuera de casa. 20 minutos hasta la estación del tren de vía estrecha y luego otros diez minutos de tren hasta el apeadero que es tu destino.
El frío se te queda pegado en la cara, te penetra hasta los huesos, según caminas. Apuras el paso, quieres deshacerte de esa sensación de letargo cuanto antes, es como si el frío te hiciese prisionero. Hay gente por las calles de la ciudad, absortos en si mismos, no te ven pasar, el frío también les persigue a ellos, que buscan un lugar donde vencer al frío con el calor de una copa, de una cena, una cama,...
En la estación te acompañan familias con hijos, esperando subirse a ese tren que les lleve al refugio de sus hogares. Eres el único que tiene en mente una nuche de miedo. Mientras el tren se desliza sobre los raíles, recorriendo el corazón de la ciudad hacia los suburbios, las afueras, tienes la sensación de ir en dirección contraria: “la gente va a divertirse a la ciudad los sábados por la noche, ¿no? Entonces, ¿qué hago yo huyendo de ella?
El tren llega a tu destino antes de que te des cuenta, como siempre. Bajas. Sólo un par de minutos a pie y llegas a casa de tu amigo. La calle está desierta, no hay un alma, algún coche ocasional se dirige a algún pueblo más adelante, perdiéndose en el horizonte.
- “¿Si?”
- “Soy yo.” Oyes el zumbido del portero automático. Empujas la puerta y entras. Llegas al tercer piso, la puerta esta abierta.
- “Pasa, estoy preparando la cena”
- “Bien, ya te echo una mano. Supongo que sigua en lo del menú ese made in USA para acompañar las películas de terror.”
- Claro, claro, Hamburguesas Especiales. Encontré la receta en un libro de la biblioteca.
- Vaya, yo pensé que te dedicabas al estudio del medio ambiente, ¿ahora te has pasado al mundo culinario?
- Ja, ja. Es curioso este libro. No se que hacía en el estante de química orgánica. Supongo que alguien despistado lo dejó ahí.
- De todos modos, hacer una hamburguesa no tiene mucha ciencia: pan de molde, carne picada, cebolla, queso, tomate, lechuga,... ¡oye! ¿Qué demonios es todo eso?
- Es que estas son Hamburguesas Especiales. Ya te lo dije. Es carne especial. No veas lo que me costó encontrarla.... he tenido que ir a un matadero donde había un tipo... no veas que pintas. ¿Y el queso?, el que lo vendía no creo que ligue mucho, porque con esa peste a queso podrido encima todo el día... Menos mal que el libro indica donde encontrar todo esto, porque si no...

La meseta está repleta de cosas raras: tarros con condimentos extraños, especias, todos etiquetados en un idioma que no conoces. Piensas “Se está tomando demasiado en serio esto de la cocina...”
- Listo, ahora a comer, un poco de Cerveza Especia y... Sí también es especial, la he tenido que comprar por Internet. Directa desde una abadía de Baviera. Huele a barrica vieja, a que sí, ¿eh?, prueba, prueba.

La hamburguesa tiene un gusto extraño. Sonríes, de todos modos, está buena. Comes con apetito. La cena transcurre como era de esperar: todo tranquilo, chistes, comentarios “¿Qué tal la semana?”, “¿Buff..., no veas, nunca había tenido tanto trabajo?” Te cuesta acabar la segunda hamburguesa. Comes, ánimo, demuestra que eres capaz.
Empacho. Esa es la única palabra. Parece que vas a reventar. Y encima, ahora comienza la peor parte: películas de terror. El cuarto está a oscuras, apenas sí distingues la cara de tu amigo, iluminada por el resplandor del televisor. Empieza la película; es una de esas de Zombies, de algún discípulo aventajado de George A. Romero. Las escenas son realmente impactantes, demasiado reales, parece real. Sientes náuseas. No sabes si es por la película o por la cena.
Comienzas a sentirte verdaderamente mal, mareos, sudores,... definitivamente no es miedo, no puede que tengas tanto miedo. Algo te recorre el cuerpo por dentro, es un dolor que te produce escalofríos que te suben por la médula. Enciendes la luz.
-¿Eh, qué haces?
- Oye, no me encuentro bien. Debe ser la cena
- Si, si, lo que pasa es que eres un cagao. Ya no aguantas nada, cualquier peliculucha de terror te asusta. Mira lo pálido que estás. Ja, ja , ja.
- Va en serio, me siento fatal, yo.. estoy helado.
- Oye me estas asustando. A ver si tengo que llevarte a urgencias.
- No, supongo que será la digestión, mejor será que me acueste.
- Pero, ¿acabamos la peli, no?
- Otro dia, otro día, de verdad, estoy fatal.
- Va, aguafiestas. Anda a dormir. Si te mueres dame un codazo...

Te metes en la cama. Tu amigo está en la otra cama, al otro lado de la habitación. Es un cuarto pequeño, pero ahora parece que una inmensidad separa las dos camas. Sigues sintiendo náuseas, sudor frío. Te tapas hasta la cabeza. No consigues dormir, es como si estuvieses cayendo en un abismo negro sin fin, con destellos de luz que te ciegan y forman extrañas figuras.
-¿Qué murmuras?
“Qué murmuras, qué murmuras, qué murmuras,...” Un eco que se apaga lentamente en tu cabeza. Finalmente caes dormido por agotamiento.

Te despiertas. Tienes una sensación extraña, como si no supieras dónde estás, quién eres. Te mueves como por instinto. Llegas al espejo. Estás realmente pálido. Y sucio, manchado de... ¿sangre? Miras alrededor: toda la habitación está manchada de sangre. Tu amigo no está.
Caminas lentamente por el pasillo, todo está manchado de sangre, los cuadros torcidos, rasgados, como si hubiese habido una pelea atroz.
Algo asoma en la puerta de la cocina. Es una pierna. Un poco más allá hay parte de un torso. Un trozo de ropa hecha jirones esta entre las vísceras... se parece a esa de cuadros de tu amigo. Miras alrededor. Más sangre. Echas un vistazo a tu propio cuerpo. Tienes algo en la mano izquierda. Es un antebrazo. No sabes por qué, pero te lo llevas a la boca. Masticas.Vuelves al pasillo, caminas despacio, como por inercia, te diriges a la puerta. Tiras el antebrazo, ya no está muy fresco... Sales del piso, caminas lentamente. “Quizá encuentre algo de comida fresca por el camino...”

2 comentarios:

Kiko dijo...

Muy bueno sí señor. Por un momento creí estar leyendo al mismo Ray Badbury.
Cosas como esta me animan a no invitar a amigos a cenar el sábado noche...

Rach dijo...

Miedooooooooooo mucho miedooooooo y el aaaaaaaaaaaaaaaa? donde kedó?? ya verás un día t voy a despertar x la noxe haciendolo jejeje! asiq duerme con un ojo abierto. Por cierto... no ves demasiadas peliculas de zombis?? cualkier día t levantas y me pegas un mordisco!!!! Pa la proxima cena me apunto y os hago una tortilla de patata q no es tan peligrosa....