Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

jueves, 12 de enero de 2006


Hace ya más de un mes que no escribo nada. Nunca he llevado un diario personal, ni siquiera uso agenda, porque se me olvida apuntar las cosas en ella (que desastre) Pero, en fin, me preguntan qué ha pasado, comencé esto con mucho entusiasmo y de repente, silencio total.
La verdad es que soy muy perezoso para estas cosas. Sentarse y escribir es algo que requiere calma y paciencia, al menos en mi caso. Debería haber “colgado” varias cosas interesantes el último mes, pero por pereza han quedado en el tintero. Así que, en los próximos días colocaré varios post sobre mis andanzas y pensamientos que deberían haber visto la luz hace semanas.

Por cierto, el cambio de imagen se debe a mi amigo Kiko que sigue rebuscando en sus archivos para buscar extrañas imágenes de mi pasado. Dice que era más simpático en mi época “hippie”. Supongo que con el tiempo todos cambiamos, surgen nuevas miras, nuevas perspectivas, inquietudes, cambiamos y seguimos adelante. Estamos cautivos en el carrusel de la vida, como dice esa canción de Joni Mitchell, y no podemos volver atrás, sólo podemos observar por donde hemos pasado y seguir dando vueltas y vueltas en este juego que es la vida.

De todos modos, no hay nada malo en echar la vista atrás de vez en cuando, y recordar los buenos (y los malos también) tiempos pasados. Aunque crezcamos y nuestra vida cambie, aunque marchemos a labrar nuestro destino a lugares distantes, siempre queda el recuerdo para no olvidemos aquellos lugares en los que hemos estado y a las gentes que hacen de esos sitios algo especial, para que podamos seguir dando las gracias a esas personas que nos hicieron reír y llorar, ayudándonos a crecer y seguir adelante en diferentes momentos de nuestra vida.
Y además, sigue habiendo algo místico y especial en subir al depósito de agua una tranquila tarde de verano y observar el horizonte. No me preguntéis porqué. Simplemente probad.