Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

viernes, 12 de agosto de 2016

Bajo la lluvia de agosto

La lluvia en agosto, sí. De esas cosas que sólo pueden suceder acá, en esta selva amazónica que se debate día tras día entre mantener su verdor o sucumbir al gris de la modernidad. Y entre todos su verdes, define un montón de matices también, como comentaba un querido amigo hablando el lunes en la radio de los pueblos indígenas y su compresión del mundo que habitan.

Y es que este mes ha sido una auténtica tempestad de prisas, carreras, correos cruzados, enfados, repentinos momentos de respiro, nervios, corazones enredados, despedidas e invitaciones a seguir caminando, dejando la piel por mantener todos los verdes en un proyecto que, como todos los proyectos que merecen la pena, navega contracorriente.

Como contracorriente surcaron las aguas del Napo los Omaguas hace 1000 años para dejarnos su legado en forma de urnas, platos y otros objetos de la más delicada cerámica, joyas enterradas que han llegado gracias a la decisión que los Omaguas imprimieron en ellas, hasta nosotros.

Los Omaguas. Les veo presentes en el museo, pero ausentes de la gente que viene a visitarlos. Siento que estaban hechos de otra pasta, con otro molde, y las gentes actuales no logran comprender que es lo que están viendo y apreciar y dejarse enamorar y llevar por unas gentes con otras formas de vida. La prueba son años de olvido, salpicados por las manos de alguna de esas personas que llamarán loco, que por alguna razón nació con algo distinto en su cabeza y entendió que era eso que asomaba entre la arena de las orillas del Napo y lo desenterró y lucho por devolverle su brillo y su lugar.

Este museo se me antoja algo así. El templo del loco-cuerdo que vino a soñar y sembrar acá un espacio distinto, un paisaje con formas y ritmos diferentes a los que se construyen a golpe de perforaciones y cemento, pero similar al que se ve en la quietud siempre cambiante del verde de la selva. El lugar extraño que llama la atención a los habitantes del lugar pero que nadie entiende. Un lugar que lucha todo el tiempo por mantenerse a flote contracorriente, por vivir otros ritmos mientras los nuevos dueños le quiere imprimir ese ritmo rápido de la rentabilidad, las masas, el dinero, la autosuficiencia, cuando lo que realmente necesita para vibrar y brillar es la calma, el cariño, las manos desinteresadas que lo alimenten, lo limpien, lo mantengan siempre nuevo.

La vida en este museo, en este proyecto se me antoja desde hace ya meses como un símil del clima acá en la amazonía: unas veces se vuelve gris, llueve a mares y no deja soñar, todo se tiñe de pragmatismo y utilitarismo y la lluvia lava todos los colores para volverlo todo gris como el gris plomizo del cielo. Y otros días, sale el sol. La lluvia cae suave, apenas con la suavidad necesaria para quitarle esa fina pátina de polvo a las flores, y todo empieza a crecer y florecer otra vez. Un extraño baile que me al final me agota pero que por alguna extraña magia me sigue manteniendo acá.

Supongo que soy uno de esos locos. Uno de esos que tropezó con un pedazo de barro cocido y pintado con vivos colores y se enamoró de ello y comenzó a buscar el resto de pedazos para rehacer el rompecabezas. Y supongo que como otros locos que llegaron antes por acá, yo también acabaré dejando este baile y yéndome allá donde el baile sea sólo uno y no este equilibrio inestable en entre el amor y el dinero.

Mientras tanto, seguiremos remando contracorriente, manteniendo a flote la historia de los Omaguas, soñando con otros locos soñadores y construyendo espacios sin prisas. Cuánto aguantaremos en este baile, eso nadie lo sabe. Los cambios llegan siempre sin avisar.

El martes llovió. Después de un mes de tempestades, el fin de semana llegó la calma, brilló el sol y construimos algo. Cuando abrimos las puertas el martes, un aguacero amenazó con echarlo todo al traste. No fue así, por suerte. Algún shamán Omagua calmó al espíritu de la lluvia y convocó en el museo a propios y extraños, para bajarlos del tren de las prisas y hacerles respirar tranquilos, disfrutando de los rostros, los rastros, las historias de aquellos que ayudados por el lente de una cámara capturaron aquello que los ojos no pueden o no quieren ver.

Fue un soplo de aire fresco y una emoción enorme ver a todas las piezas del puzzle encajar en su sitio durante unas horas. Y yo no puedo sino agradecer a los amigos del Archivo Blomberg, y a mis amigos y compañeros cómplices en el montaje de esta nueva exposición por dejarse enamorar otra vez por la cultura, por el arte, por los Omaguas Por esas facetas humanas, que frente a la deshumanizada vida post-moderna y neoliberal imperante, requieren de tiempo, de respirar, de aprender a ver, aprender a escuchar y a dejarse enamorar.

Mañana quizá se tambalee este baile otra vez. Pasado, quizá brillará de nuevo.