Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

sábado, 2 de abril de 2016

En 8 minutos

- ¡¿Que sucede?! ¡Han llamado diciendo que la señal satelital está estática, todo lo que se ve por la tele es el escenario vacío sin movimiento!
- No es la señal. Está vacío y sin movimiento porque aún no arranca la función.
- ¡¡¿Pero por qué?!!
- Llegaron tarde los de la TV. Están arreglando el sonido en vivo de la transmisión.

Alguien surge corriendo en el hall del auditorio cargando un manojo de cables. El aire que levanta a su paso sacude a la poca gente que queda en la entrada y los empuja al interior del teatro donde las charlas y las toses y las butacas que se abren y se cierran están tan impacientes y aburridos como el tropel de chiquillos que no acaban de entender porqué papá apago el DVD y la PlayStation y los trajo hoy al teatro ¡Si ni siquiera van a ver teatro!

Finalmente el concierto arranca, salen los cantantes, los bailarines, y los poetas del pueblo. Me quedo mirando tras las cortinas de la entrada, pues por hacer de acomodador/ recepcionista me he quedado sin puesto en platea. Arriba seguro que hay sitio, pero después de media docena de rimas y pareados autóctonos reconozco que hay cierto folclore que sólo es para la gente que se ha criado en él, y decido escurrir el bulto.

La noche está tranquila. Miro la hora en el celular y repaso los últimos mensajes.
- Licen, ¿me puedo ir ya?.- La chica-de-la-boleteria-del-día-del-concierto-gratis me mira nerviosa y da saltitos de impaciencia. - Porfa, es que a la pasante sólo le dan permiso hasta las nueve...
Miro de nuevo la hora en el celular y sonrío.
- Sí, sí, ya puedes irte.
- ¿Y usted?
- Me voy a ver a un amigo, váyanse no más.

Cómo explicar que un jefe no se va a las despedidas de niñas que tienen que estar en casa a las 9, que su función consiste sin más en dar permiso a la empleada de turno, es tan difícil de explicar como el porqué 5 minutos de pareados autóctonos me hacen huir del auditorio.

Echo a caminar raudo por la acera, dos cuadras más allá me espera alguien que con una cerveza delante entenderá y reirá mi accionar humano. En la esquina, en frente del asadero donde sirven los últimos pollos al carbón, esos en los que ya no se diferencia el pollo del carbón después de horas dando vueltas en la brasa, un pastor evangélico apoyado con una mano sobre un ridículo atril que le llega a la altura de la rodilla lee a gritos algo sobre el Arca de David y hace a la asamblea contestar con pedagogía de parvulario. Aprieto el paso. Media cuadra más allá, un tipo de cuerpo desgarbado y mirada perdida sale del parque infantil y me dice disimuladamente:
- ¿Marihuanita?
Le miro de soslayo sin detenerme y doblo la esquina unos metros más allá, donde la puerta de la oficina de mi amigo está cerrada pero deja ver la luz en el interior. Golpeo sin armar mucho escándalo. Mientras espero, alguien en el salón de la acera de enfrente, en sumarísima reunión de alcohólicos grita arrepentidamente:
- ¡Yo era un pecador...!

Todo en 500 metros. O en 8 minutos. Dos cuadras, cien historias a cual más loca e imposible. Cantantes, músicos, poetas, adolescentes, pasantes, traficantes de barrio, evangélicos, alcohólicos, pecadores. Gente. Gente que vive la vida, que vive la noche, que sacude la ciudad y se mueve con ella hoy mañana también. Llueva o haga sol. ¿Y mañana? Dios dirá. Nosotros, pobres mortales, al fin de cuentas no tenemos la culpa de nada.