Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

sábado, 16 de abril de 2016

Cuentero

A mi amigo Joseín Morán.

Las luces de candilejas se apagaron. La silla, solitaria en medio del escenario, quedó en la penumbra iluminada por la luz cálida del camerino. Una puerta se golpeó al fondo, una última carraspera aclarada con el agua del fondo del baso de la última función.
Sin grandes aires, se sacudió la camisa, guardo sus cuentos en su invisible chistera, apagó la luz del camerino y salió a saludar a la fresca luz de la luna que brillaba sobre una calle salpicada por las últimas lágrimas. Miró durante unos instantes a la dama de rostro plateado, y con un ademán de viejo actor la saludó recordando aquellos versos:

La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando...

Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos
harían con tu corazón
collares y anillos blancos...[1]

El tacto de su maleta de cartón en la mano derecha, le hizo recordar que era tiempo de andar, y como el tiempo no esperaba, ni quedaban ya en el teatro oídos con tiempo para otro cuento, echó a caminar hacia la plaza, contado los billetes gastados que le había dado el trapero al cambio de muebles y ropas que pesaban demasiado en el camino, y con el arte propio de un caballero de los de antaño, de esos de espigada figura y lanza en astillero, paró el primer taxi amarillo que mendigaba por las calles.

- ¿Dónde le sirvo?
- Buenas noches. Al terminal de buses, por favor. No se de mucha prisa, que yo no la tengo.
El taxista le miró de reojo mientras giraba por la avenida vacía.
- ¿Usted no es de aquí, verdad?
- De aquí y de allá, de todas partes un poco.
- Quiero decir, yo no se si le he visto, creo que en la televisión. Perdóneme el atrevimiento si me equivoco. Porque usted, vamos, hombre de negocios no me parece.
- No, no, -dijo entre risas-, yo soy cuentero.
- ¿Cuentero? ¿Y qué profesión es esa?
- Pues la de un hombre que vive de los cuentos, que no es lo mismo que del cuento, pues del cuento viven muchos, casi todos diría yo en estos días. Pero de los cuentos, vivimos más bien pocos.
- ¿Algo así como escritor entonces?
- Algo mismo. Y poeta también. Yo soy de esos que empiezan las conversas diciendo: "Érase una vez..."
- ¿El qué?
- Pues "érase una vez un bar de caña, en un pueblecito de la cosa, en aquellos tiempos en los que la luz eléctrica iba y venía, parecida a la luz de la luna cuando se esconde tras las nubes. Un bar humilde donde los haya, de esos donde el borracho está afuera, y adentro alguien rasga una guitarra triste, y en una esquina algún viejo entorna los ojos y aclara la voz con aguardiente mientras sacude cariñosamente el cabello a algún chiquillo de esos que siempre están donde no pueden estar.
Aquel viejo era cuentero. Y mago, diría yo. Todas las noches, se sentaba en la misma esquina, en la misma mesa de aquel bar y perdía la vista en un vaso hasta que el último borracho había salido dando tumbos por la escalera de caña de la puerta, hasta que el músico, cansado de arrancarle penas a la guitarra, compartía ahora la soledad con ella, y la luz empezaba a parpadear iluminando los ojos vivos de media docena de chiquillos que no temían despertarse a media noche, y espiaban a través de las cañas aguardando el momento preciso. Entonces, sin que el cómplice camarero dijera nada, entraban sigilosos al bar, y se sentaba en torno al viejo, quién, alzando un ojo, comenzaba a hablar con voz grave "Hubo una vez, en un pueblo...".
Noche tras noche, el viejo les contaba cuentos. Cuentos de vidas pasadas, de vidas ya vividas, de lugares terroríficos y fantásticos, y lo suficiente reales para estar a la vuelta de la esquina también. Y noche tras noche, los muchachos escuchaba atentamente, mirando a los ojos al viejo, asustándose con los repentinos cambios de su rostro, con cada uno de los tonos de su ajada voz.
En primera fila, había siempre un niño que le escuchaba con más atención que ningún otro, que parecía repetir en silencio cada una de las palabras que pronunciaba el viejo. Un niño, y raro es esto, que no se quejaba cuando el viejo volvía a contar algún cuento que ya había contado antes, disfrutándolo de nuevo como la primera vez. Este niño, carga además un cuaderno grande, de pastas duras y rozadas, como los de los escribanos públicos, y un lápiz de carbón que menguaba según crecía el niño.
Un día, cuando acabó la función, mientras el viejo limpiaba su garganta y los chiquillos salía silenciosos del bar, él apuraba sus últimos garabatos en el cuaderno cuando el viejo le interrumpió poniendo su enorme mano sobre la hoja de papel y cogiendo el cuaderno. El muchacho retrocedió sobresaltado, mientras miraba como el viejo alzaba el cuaderno y lo sacudía, mirándolo como a un extraño pájaro.
- ¡Tu no necesitas esto muchacho!
Y con un ademán, sacó una navaja el bolsillo y de las hojas del cuaderno empezó a recortar algo que fue tomando forma hasta que le entregó al niño unas frágiles alas de papel.
-Ten, -le dijo-, guárdalas, ¡y vuela muchacho! Que los cuentos no viven en libros ni cuadernos, no te ates a ellos.
El viejo se fue, y nunca más volvió a aquel bar de aquel pequeño pueblo de la costa. El niño, enfadado con el viejo que se había ido, no si antes romper todos los cuentos, lloró sus noches y maldijo a los viejos que dejan de ser niños y lo estropean todo.
Una noche, dando vueltas a aquel pequeño bar de caña, esperando se produjese el milagro, se quedó adormilado en una esquina. Cuando despertó los otros niños, más grandes y más chicos que él, le miraban en silencio. Fue entonces cuando con un cosquilleo en su interior, su lengua, involuntariamente, empezó a moverse diciendo "Había una vez, en un pequeño pueblo..." ¡Las palabras salían de él, y eran las del viejo, pero también las suyas, y las de cientos de otras voces que las habían pronunciado antes, y fluían como un torrente caudaloso y mágico! y no pararon hasta que, con la moraleja, desembocaron en un mar en calma haciéndose la noche y el día a la vez.
No recuerda cuántos años tenía, pues en los cuentos los años no cuenta, ni tampoco qué día del año era. Pero mientras las gaviotas gritaban a los pescadores que venían de faenar, el caminaba tranquilo hacia la polvorienta carretera, cargando sus pocas pertenencias, entre ellas dos frágiles alas de papel dentro de un viejo cuaderno, seguro de que le llevarían lejos, allá donde esperaban otros cuentos, para ser contados y ser oídos.
Y pasaron los años. Los cuentos resonaron por doquier, se mezclaron con otros cuentos, y se transformaron en vidas de otras personas. La voz a veces triste, a veces ronca o clara como de barítono lleno pequeños y polvorientos teatros de pueblo, cantinas y fondas, y bibliotecas con ilustres personales atrapados en papel, y finamente llegaron a grandes teatros aterciopelados con alfombra roja, donde la voz se fue haciendo ronca y triste, y donde se fue apagando bajo el peso de todos aquellos que, como el de niño, quisieron ponerlo todo sobre papel. No le importó entonces. La señorita fama sonreía, otras bellas señoritas sonreían también y el público llenaba los asientos igual que se llenaban los bolsillos de billetes y monedas, canjeadas en la oscuridad de alguna oficina por cuentos y poemas e historias verdaderas tornadas cuento.
Hasta que un día, cuando la luz del escenario se encendió iluminándole el rostro, la lengua se le quedó pegada, pastosa como si tuviese cola para pegar estampillas. Y allí en el silencio expectante, no surgió ningún cuento. Atónito, miraba al frente a una platea casi vacía, donde apenas una docena de personas,  le miraban, expectantes. El silencio se hizo interminable y pesado, y poco a poco fue expulsando del teatro alas pocas personas que habían llegado, y él, viéndolas salir, comenzó a llorar, roto ahora el hechizo de la fama y el dinero que le habían impedido ver cómo los cuentos se habían vuelto papeles, tristes papeles sin magia, y él, mago sin varita ni chistera, triste bufón sin gracia, se había quedado solo, solo y sin cuentos.
Cuando bajo de la silla del cuentero, encontró a una niñita, que sentada sobre el escenario, le miraba tiernamente llorar. Respiró profundo, y con una sonrisa se secó las lágrimas y camino hacia el extremo del escenario. Allí tiró con fuerza de la tramoya hasta que un polvoriento telón rojo cayó sobre ambos, y con un ademán de mago, sacó una vieja navaja y cortó un pedazo de tela con el que hizo dos alas.
- Ten, -le dio a la niña entregándole una de ellas- una para ti y otra para mí. Las perdí hace mucho tiempo ahí arriba. Gracias por recordarme dónde estaban.
Y besando a la niña en la frente, caminó hacia el camerino mientras decía "Hubo una vez, en un pueblo chiquito..."

- El terminal, señor. ¿Le ayudo con la maleta?
- ¿Eh? No, no gracias. No pesa, ahí sólo guardo mis alas, para que no se mojen. ¿Qué le debo?
- Nada señor. Gracias por el cuento.
- Pues gracias a usted también. Para servirle estamos.
- Disculpe señor, ¿puedo hacerle una pregunta?
- ¿Otra? Bueno, pregunte.
- Y ahora, ¿a dónde va?
- ¡Cómo que a dónde voy! ¡Qué pregunta es esa! ¡Pues con el cuento a otra parte, hombre!

Los dos rieron juntos mientras se deseaban suerte, mientras en alguna casa vecina alguien arropaba a sus hijos en la cama después de contarles un cuento, y en alguna pequeña ciudad, perdida en el camino, en un pequeño y humilde teatro, o en un bar con escenario, gentes sencillas esperaban que alguien diera vida a sus monótonas vidas con cuentos con los que como si fuesen alas, volar y soñar, y ser y sentirse ellos, vivos de verdad.

[1] Federico García Lorca, "Romance de la luna", en Romancero Gitano (1928)