Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

domingo, 20 de marzo de 2016

Tras el marco de plata

Conocí al presidente. Me dio la mano. Incluso posó conmigo en la foto. Muchos guardarían este momento en un marco de plata, el recuerdo preciado en la mesa camilla o en el mueble del salón.

Yo, por azares de la vida podría estar entre ese grupo, y sin embargo, no tengo foto, no vibré con el apretón de manos, no se alteró mi vida el día del encuentro. No, no soy opositor. Tampoco partidario. Soy una persona sencilla, que por mi forma de ser, despojo a las personas de todo halo de grandeza, de riqueza, de poder, e intento quedarme con la persona que hay detrás. Quizá la diferencia con los demás, con los coleccionistas de momentos, es que no ansío llegar más arriba, no quiero ni fama ni fortuna, no busco ver mi nombre en libros de historia y la eternidad es para mi un cuento chino. Las personas son todas iguales, todas igual de importantes y necesarias, desde el conserje hasta el presidente, y todas tan ricas y dignas de ser conocidas como personas.

El presidente que yo conocí hace poco más de una semana, era una persona más, un ciudadano más de este país. De rostro cansado, sudado por culpa del clima tropical y el ajetreo, de apretón de manos firme y mente de ecónomo estadista, pero con la suficiente curiosidad y ganas de descubrir y dejarse descubrir como para preguntar los mismos pequeños detalles sobre las olvidadas culturas amazónicas que preguntan día tras día los visitantes del museo, esos que no son presidentes de nadie, y que no aparecen acompañados de todo el enjambre de esos que construyen hombres no en base a sus cualidades humanas sino en base al momento. El presidente que yo conocí tuvo la misma mirada de asombro de todos los ciudadanos al descubrirse ante un pasado olvidado y unos objetos que le decían lo que fueron, lo que podrían haber sido.

Me hubiera gustado poder haber conversado con él de arqueología, de historia. En aquella ajetreada mañana, hubiese querido que todo el séquito de cámaras, de micrófonos, de genes de anónimas que abarrotaban el museo, desapareciesen para poder hacer la guianza por el interior de las salas con el mismo detalle y cariño con que se la hago al resto de turistas día tras día. Hoy mismo, sigo pensando en él, en la posibilidad de que vuelva, ya desembarazado de toda la parafernalia que el sistema crea en torno a su cargo, y que por fin disfrute, tranquilo, de este otro mundo pasado.

Desnudar y desnudarse. Eso es lo que necesita hacer esta sociedad, este sistema. Abandonar la carrera de los puestos de carrera, despojarse de uniformes y tarjetas VIP y empezar a conocer a la gente mirándola a los ojos. Cuánto nos enseña eso. Oh, no piensen, no busco la bondad innata, pues no exite. Pero a veces la encuentro, igual que a veces me encuentro con auténticos imbéciles debajo de un traje y un cargo; no todos los que han pasado por el museo, y ya van varias eminencias, han tenido la curiosidad e intención de quedarse y aprender que el presidente mostró atrapada bajo la urna de cristal construida para su cargo por otros.

Cuánto aprenderíamos entonces, sí. Cuántos farsantes que escriben canciones sólo por dinero, que actúan sólo por la foto en la revista, que gobiernan sólo por ego y por ansias de poder y dinero aprenderíamos a detectar, y a condenar a nuestro desprecio; y cuantas gentes sencillas, con ganas de construir y ayudar aparecerían: francas, sentadas en sillones, ante mesas que empezarían a parecerse mucho a la de esa humilde casa del campesino. Entonces, el sueldo del conserje sería igual al del gerente, y ambos se saludarían y compartirían un plato en el comedor de la esquina y conversarían de sus trabajos, tan importantes ambos, tan iguales.

No hay engranaje en la sociedad que por pequeño sea menos importante que otro. Es únicamente el ego de algunos lo que los vuelve grandes, y por lo tanto falsos. Nosotros, ilusos, solemos creernos la mentira, ayudamos a inflar el globo porque en el fondo queremos subirnos a él. Abajo quedan unos pocos, cada vez menos, que no ansían convertirse en mentira. No recogerán los pedazos cuando explote el globo, no les interesa. Alguno incluso tira flechas para ayudar a desinflarlo.