Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

sábado, 19 de marzo de 2016

Espejismo en la miseria

Voy rodando lentamente por una carretera estrecha, que discurre casi en línea recta por unos campos anegados, salpicados aquí y allá por manchas de un color verde intenso, como pequeños oasis en el mar de la desolación. Y entre ellos, perdidas como barcos sin rumbo, casitas sobre pilares, con frágiles escaleras de madera que de pronto conducen a un sendero que ya no es, que se pierden mirando al agua.

Me gusta el paisaje. Me atrapa. Si fuera pintor, me pasaría horas bajo los grandes samanes pintando la escena, quisiera poder detener el bus, abrir la hermética ventana y sacar mi objetivo, allá, al campo, allá donde ya no llega el aire acondicionado. Pero el espejismo es pasajero, pronto la escena se tiñe de realidad en las puertas de las casas aparecen niños semidesnudos, con rostros sucios y tristes, en un pequeño corral unos chanchos se apiñan en la parte más alta, mientras varios metros más allá, un vecino con el pantalón arremangado aparca su moto en el filo del camino, y la deja ahí, sostenida en precario equilibrio, alejándose, pensativo, preguntándose si mañana lloverá y si no que hoy es camino mañana ya no será.

Parece que puedo ver el paisaje de mañana, del mes próximo cuando la estación de lluvias haya pasado y este enigmático paraje de islas verdes y blancas se convierta en un lodazal tremendo donde se hundan y se pierdan pobreza y esperanza, donde la lucha sea una convivencia entre charcas infectadas, y baldes de plástico cultivando mosquitos, esos que traerán la última enfermedad de nombre impronunciable pero a su vez sinónimo del verdadero nombre de todas las plagas: miseria. Me siento atrapado en ese fango viscoso, rodeado de mosquitos hasta que un chorro de aire frío me golpea en la nuca y me vuelve a mi realidad, a la del bus que circula seguro, aislado herméticamente de las lluvias y los mosquitos, a mi vida, mi suerte de haber nacido en otro lugar, lejos de los campos anegados, lejos de las casas sobre pilares, lejos de esas gentes envueltas en el círculo de la miseria... y la vez tan cerca. Herméticamente aislado, sí, tal vez. O tal vez no.

Miro al televisor del bus buscando imágenes distintas a las de eso campos verdes tornados que se torna marrones lodazales en un espejismo mental, y me encuentro con una película más, llena de tiros, de sangre, de héroes invencibles. Hoy son zombies, zombies nacidos por una enfermedad sin vacuna, que contamina, contagia y se expande sin posibilidad de ser detenida. ¿Lo logrará el héroe? "¿Acaso importa?" me digo en mi interior. Sí, sí importa. Hay que dar un poco de esperanza a esta gente perdida en un mar artificial, cultivo de enfermedades, cultivo de miseria.

Zika, Chikunkunya, Dengue, Paludismo,... ¿Cuál será la próxima? ¿Que otra plaga meteremos en la sangre esos mosquitos, únicos seres en el planeta que parecen poder moverse libremente a través de las fronteras, sin necesidad de pasaportes ni salvoconductos? De pronto me parecen enfermedades perfectamente orquestadas. Un nuevo virus mutado para el que no hay cura. Un mosquito que está en todas partes del mundo, y unos campos anegados continuamente, aguas estancadas dejadas ahí, a propósito, para ser el caldo perfecto para un criadero de mosquitos a gran escala. Suena paranoico. Pensar que alguien, en algún lugar pueda unir todos los pedazos del puzzle con un fin tan maquiavélico, tan inhumano. Y sin embargo parecen encajar perfectamente: Destinemos el dinero a crear enfermedades y vacunas contra las enfermedades, y dejemos la otra enfermedad, la de la miseria ahí tal cual está: no invirtamos en casas, en carreteras, en escuelas, en planes de reordenamiento territorial, en talleres de planificación familiar, en educación. No. Todo eso tarda mucho en llegar, y no da réditos. Busquemos la vacuna. Esa que dura sólo un año, o unos meses, hasta la próxima mutación. Entonces hará falta una nueva vacuna, y luego otra, y luego otra más. El sistema se encadena y funciona. Unos fabrican miedo y vacunas para vivir cómodos, otros escarban en el barro para encontrar unas monedas para pagar por la vacuna y su desdicha, su miseria, les ata a un destino planificado.

La orquesta toca. El héroe se levanta, un viento le aparta los pelos del rostro iluminado con fuerza, como el de un Lenin o un pionero en el lejano oeste. Aún hay mucho por hacer, no podemos acabar la batalla acá, ¿cómo sería esta sociedad sin guerras ni héroes?