Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

miércoles, 28 de mayo de 2014

Una selva, tantas visiones

Un mar verde. Misterio para unos, fuente de riqueza para otros, el mundo conocido y finito para unos pocos, una zona innota del mapa para la gran mayoría.

Y sin embargo, el país de hoy en día no podría existir sin ella, sin lo que ella esconde bajo el exuberante pero frágil manto vegetal. Para la mayoría de habitantes del país, la amazonía no es más que una mancha uniforme y sin definir en el mapa. Ahí hay indios, de ahí sale petróleo, manado limpiamente como maná caído del cielo para nuestras necesidades. Tan ingenuos como aquel turista estadounidense que, viajando hacia Cuyabeno me preguntó señalando a los tubos de los oleoductos:
-What are these pipes for?
- They carry oil, crude oil.
Me miró extrañado. No era que no entendiese mi mala pronunciación, era simplemente que en su imagen mental de la selva, esa que le habían transmitido desde niño, no había una selva sembrada de oleoductos, campos petroleros, contaminación, bosques devastados por la acción extractora y descuidada del hombre. Cómo lamenté que en la carretera hacía Tarapoa y Cuyabeno no se viesen las marcas patentes de esta actividad durante décadas; mi explicación, ni breve narración de la historia reciente de la amazonía no hizo sino asombrar más que inquietar a mi compañero turista, que prefirió olvidar mi cuento de horror y conservar en su mente esa imagen idílica de la selva, afianzada por su aventura personal durante cuatro días en el Parque Nacional Cuyabeno.

Así, verde y prístina, o verde y hedionda, ven la selva la mayoría de ecuatorianos. Pocos parecen conocer la realidad, a pesar de los miles de personas que se han visto y se siguen viendo forzados a trasladarse e incluso hacer su vida en la llamada región oriental; ni siquiera éstas parecen conocer la selva: a veces tengo la sensación de que la amazonía a penas roza la vida de estas personas que pisan su suelo; para ellas podría ser cualquier otro rincón del país, y cada uno de estos pocos viajeros, tiene una visión completamente distinta, incompleta quizás, incomprendida, seguramente, de esta región del país, que se extiende fuera de las fronteras de aquellos que la quieren hacer exclusivamente suya.

No suelo decir a donde voy ni de donde vengo, pero por mi carnet de extranjero, la pregunta siempre acaba saliendo al aire, y ante mi respuesta, todo es silencio -por desconocimiento geográfico en todas sus ramas- o un "está loco, qué se le habrá perdido allá".
Otras veces, uno se sorprende al encontrarse con otra alma errante del oriente. Basta una simple carrera en taxis por el intrincado tráfico de Quito para conocer a un hombre ya curtido en años, que, cansado de las noches al raso, los carreteros enlodados, las lanzas de los waoranis, y las picaduras de los zancudos, acabó cambiando su tanquero de petróleo por un taxi. Para este hombre la selva es el peor de los infiernos, un agujero verde y fangoso que no está hecho para que viva el ser humano, únicamente esos indios que -para él- de humanos no tienen nada.

En otra ocasión, el compañero es un petrolero, que habla del progreso de la técnica, de la maravilla de poder llegar al corazón mismo de la selva, sacar el petróleo, construir un oleoducto y escapar volando en helicóptero de vuelta a la "civilización", donde un más que generoso sueldo le permite vivir por todo lo alto, en los andes, manteniendo una casa de campo en la selva, hijos de dos o tres mujeres, todos creciendo sanos, y él en medio, narrando a sus amigos y compañeros sus aventuras en la selva, mostrando fotografías de lugares "de película" las fotos de las bestias más feroces en peligro de extinción, consciente, y aceptando la realidad, de que la contaminación y el progreso son males necesarios: él ya tiene en su celular la foto de la pantera y la anaconda ¿para qué más?

Visiones de ciudadanos de a pie, como lo son también la visión del ecologista que mira la selva como un gran zoológico donde el hombre -cualquier hombre- está de más, o del romántico viajero, misionero o aventurero que sigue viendo esa selva de "antes del caucho",  donde los indígenas aún incorruptos vivían en una perfecta simbiosis con un medio ambiente aún no profanado. Visiones también como la de un gobierno-Estado que de pronto salta de un mapa al terreno verde extendiendo sus cálidos brazos de papá estado hacia los desamparados y durante décadas olvidados sin ver realmente a esos desamparados, extendiendo planificaciones económicas y políticas de desarrollo que entierran bajo su progreso la riqueza última y verdadera de estas tierras: su diversidad humana.


Y frente a todas estas visiones, la de ese indígena, ese que parió la selva, cuyo mundo llegaba donde las nieblas que se agarraban al atardecer o al amanecer al cauce de los grandes ríos y las estribaciones de las ocultas cordilleras marcaban el fin del mundo, un mundo finito, rodeado de grandes abismos, de grandes peligros en los que era mejor no aventurarse. Qué poco sabía él que esos peligros innotos, narrados sabiamente el mitos, iban un día a dar el salto apoderándose de su frágil mundo.

Una selva. Un verde misterioso que palidece cada día ante nuestras miradas, recordándonos nuestra propia fragilidad como especie humana, nuestra propia ignorancia no reconocida, queriendo explicar el porqué y la razón de la existencia este mundo, siempre sometiéndolo bajo el prisma de nuestras necesidades personales como caprichosos dioses del Olimpo, inconscientes de nuestra humanidad y de nuestra dependencia de la razón última de toda esa creación, ésa que dejamos en el olvido, condenándonos nosotros mismos al olvido como aquellos dioses griegos de los que hoy día sólo quedan ruinas.