Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

viernes, 4 de mayo de 2012

En la "C": Ciudadano


Estos días tengo la sensación de ser algo así como un habitante más –o quizá el alcalde- de aquel pueblito español del “Bienvenido Mr. Marshall”. Y es que, aquellas comedias de Fellini, de Berlanga, han resultado recoger mejor la realidad de aquí y allá, que el más crudo y duro drama.

Para contarles mi astracanada –real como la vida misma- tengo que retroceder hasta el mes de noviembre, cuando un azorado ejecutivo, se bajo de su todo terreno para decir que ¡el sr. Presidente viene a visitar el colegio! El Presidente de la República, claro. Yo, que a veces me vuelvo español castizo y bruto como el tío Genaro que nunca salió del pueblo, pensé: “pues que venga, aquí estamos”; pero claro, las cosas no se pueden hacer así, hay que ser “formales”.
 Así que durante los siguientes días mi tranquilo colegio se vio envuelto en todo un proceso de lavado de cara, cortado de césped, ensayos apresurados y a todas horas del himno nacional, arreglos, decoraciones, gastos estúpidos en cosas estúpidas... todo ellos porque “venía el presidente”. Entre carrera y ensayo y limpieza se acercaba el día, y solo llegaban rumores, y, como una nube negra que se ve venir pero nunca acaba de llegar, finalmente llegó, por celular y a pocos minutos del supuesto recibimiento, la noticia que todos temían: el sr. Presidente no viene. Pero, miren por dónde, resulta que va a estar en la ciudad, así que, como se dice, si Mahoma no va a la montaña...
Primero íbamos con 20 estudiantes para danzar delante del presi –lo voy a escribir así, con cariño que es más corto- luego, eran 40, y finalmente el chofer tuvo que hacer dos viajes para llevar a todo el ejército de muchachos que iban simplemente a hacer bulto pero que no sabía –felices ellos por salir del colegio- a qué mismo iban-.

Ni siquiera yo estaba seguro de para qué estábamos ahí. ¿Una oportunidad quizás de acercarse y pedirle algo al señor presidente, de entregarle una hoja con algún proyecto? Bailar, bailaron, pasearon por los puestos de la feria, y, llegada la hora, todos adentro al coliseo para que nos vean bien juntos como una piña y nos identifiquen. Eso sobre el papel, claro. En la realidad, a la media hora empezó el “¿profe puedo ir al baño?”, “mire, mi primo, voy a saludarle” “me aburro”, “tengo hambre”... Esto último, sobre todo, porque el tipo del catering llegó tarde, cuando ya estaba a punto de aparecer el mandatario. Ya teníamos nuestra posición tomada en las gradas, cuando aparece el tipo del arroz con pollo y dice: “no dejan entrar con el almuerzo, tendrán que salir”. ¿Y ahora? ¡Plan de emergencia! Imposible juntarse a hablar con el rector, o con el resto de profesores, perdidos entre estudiantes en unas gradas saturadas de gente y con un montón de personas más queriendo subir a buscar un hueco.
No quedaba otra. A la porra el presidente, el puesto en las gradas, la foto y todo lo demás: ¡a comer por turnos, que se quedan que guarden el puesto!
-       Señora, no puede sentarse ahí, esta ocupado
-       ¿Ocupado?
-       Sí.
-       No hay nadie.
-       Es que salió a comer, ya mismo vuelve.
Mirada intensa de la señora diciendo “no entiendo, explíquemelo en chino a ver”. Finalmente, la mujer se sienta. Media hora después, comidos a la carrera o mal comidos, éramos un grupo de personas dispersas por medio coliseo que más que hacer presión, nos perdíamos como una hormiga más en medio del populacho.

“Profe, profe, pofre”. Me han dicho que voy a saludar personalmente al presidente, ¡qué le digo, que le doy!” “Pues mira hija, dale dos besos si te deja, porque con tanto lío ya no sé dónde está el proyecto, la carpeta y la....”
A las 6 se acabó el acto. Llovía. La gente aún aplaudía y cantaba, los estudiantes, cansados querían ir a merendar, subirse a un bus que no llegaba y desaparecer de una vez de ese coliseo. Por fin llegó el bus. Se fue la mitad del rebaño. Detrás, como caída del cielo, llegó una camioneta del gobierno repartiendo sándwiches y colas. “Por lo menos comerán algo, pensé”. A los cinco minutos tenía a dos estudiantes encima:
-       Profe, téngame
-       No, gracias, no quiero comer nada.
-       No, no que me guarde el Sandwich, que voy por otro......
-       ¿Cómo...?
O el tipo que repartía sándwiches y colas era un buenazo o era tonto de nacimiento o los sándwiches estaban caducados, porque ciertas personas acabaron comiéndose media docena y se llevaron alguno más para el camino. Y cierto profesor se escondía detrás de la marquesina de del bus como diciendo “a mí no me miren, no les conozco...”

Finalmente llegó el bus, recogió al resto del rebaño, y mojados, cansados, y con el estómago lleno de sándwiches, regresamos al colegio. Alguien me dijo al día siguiente: “harás un informe de la visita del presidente, para constancia”, yo le miré diciendo “¿no sería mejor hacer borrón y cuenta nueva?

Varios meses después, en abril.
Llego al colegio a última hora después de asistir a una capacitación de esas en las que piensan los asistentes no sabemos sumar dos más dos, y me encuentro con un auto oficial. “Y ahora qué.”
-       Venimos a invitarle para que asista con los chicos a los actos de recepción del presidente en la ciudad de...
-       ¿Perdón?
-       El Presidente de la República, que viene y queremos que asista el colegio con una representación de unas 150 personas.
-       ¿Perdón?
-        Mire...

No sé bien cómo, pero el caso es que acabé aceptando otra vez la invitación. Será que se me empieza a pegar parte del caduco patriotismo decimonónico de estos lugares (¡qué suerte tenemos en mi país, que el himno nacional, ni letra tiene!) Después de negociar, asistimos sólo a dos tercios de los actos. No quiero ni pensar lo que hubiese sido el lote completo. Como todo acto, bien organizado, da, para escribir bastantes páginas:
3 y media de la tarde, llegamos bien puntualitos.
-       ¿Por qué llegan tan pronto?
-       Nos citaron ustedes a esta hora.
-       ¡Pero si el acto no comienza hasta las 8!
-       ...
He aprendido a guardarme el florido vocabulario español para mis adentros. Y también a entretener a 80 estudiantes en un pueblo en medio de la amazonia donde no hay otra diversión que alcohol, y evidentemente no es diversión para menores. Así que pasea por aquí, pasea por allá, imagínate esto, vamos a la comuna de al lado, vamos a visitar esta casa que vive el papá de fulanito, señor chofer llévenos de paseo al río...

Y por fin llegó la hora de la merienda, y la de entrar al coliseo. Todoalavez. Para variar. Puedo copiar de nuevo lo que escribí para noviembre. Es como la toma dos de una misma escena. Pero esta vez, sin sándwiches a porrillo.

Ya van dos. Y yo no soy de los de a la tercera va la vencida. Hemos visto pasar la comitiva presidencia desde el balcón del ayuntamiento ya dos veces... Voy a cambiar la letra a la canción de la película de Berlanga y cantar: “Ecuatorianos...”
Sin mal para nadie, sin criticar, sin creer que en ningún país se es mejor que en otros. Somos todos del mismo molde. Cuando nos sacan de casa y nos ponen guapos, acabamos manchando la camisa nueva con salsa de tomate y grasa.
¿Qué sería de nosotros si no fuese así?

1 comentario:

Eloy dijo...

ya veo que no te van las relaciones publicas, pero tienes que acostumbrarte, la visa es así, hay cosas que no cambian estés donde estés, y todo esto va incluido en el cargo, así que a aguantar y seguir luchando, animo.