Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

jueves, 28 de enero de 2010

Felix Catus

Para Kiko y Whisky, que me inspiraron esta historia.

-Macho, no sé qué le das de comer a este bicho, está enorme.
-Hombre, no escageres. ¿Cuánto hace que lo viste por última vez? Por lo menos seis meses. Los gatos crece deprisa, su vida es mucho más breve que la de un ser humano; y además éste es de tipo grande, ¿verdad Metro? -Félix se agachó y acarició cariñosamente a su gato.
-Todavía no puedo creerme que le pusieras Metro por nombre. He visto cinéfilos pasados derosca, pero lo tuyo no tiene igual.
Felix sonrió divertido a su amigo, invitándole a entrar en el piso. Se acababa de mudar a la ciudad y lo único adsequible que encontró fue un viejo piso al final de una empinada escalera de un alto y viejo edificio. No había ascensor, no había calefacción central, había desconchones en las paredes, la cisterna de váter perdía agua, los azulejos de la bañera estaban negros de moho y humedad, daba miedo tocar el interrupto de la luz de la cocina y aún más miedo enchufar algo que consumiese másque un televisor, y si alguna vez perdía las llaves, no haría falta cerrajero: una buena patada sería suficiente para abrir la puerta de entrada al piso.
Eso sí, la comunidad de vecinos no puso ninguna pega a tener animales.
- Como ves, hay bastante trabajo -Félix caminaba de habitación en habitación, enseñándole el piso a su amigo.- Habrá que cambiar la instalación eléctrica, por lo menos las llaves y los enchufes, sino también el cableado, y revisar varias juntas en la instalación del baño, sellar azulejos,... y luego quiero comprar un par de muebles baratos, salvo el sofá de la sala de estar y esta cama, no hay mucho más. Me hace falta una nevera más grande, y alguna estantería para libros, una cómoda... En fin, los muebles, sobre la marcha, primero las chapuzas... ¿Qué dices?
- ¿De verdad no pudiste encontrar nada mejor?
- Que no pongan pegas para tener animales, no. No se que manía le ha entrado ahora a la gente de no permitir animales domésticos en un edificio. ¿Qué les importa a ellos lo que cada uno tenga en su casa? Y claro, no iba a dejar al pequeñín en la calle ¿verdad?-. Metro ronroneaba alrededor de Félix, refregandose contra las piernas de éste.
- Bueno, ya sabes, dan olor, maullan y no dejan dormir... En fin, ¿cuándo empezamos la reforma?
-¿Qué tal el sábado que viene?
-Por mi, bien.

El timbre del portero automático sóno justo a las 4 de la tarde del sábado. Eduardo, puntual como un reloj apareció en el umbral del piso de su amigo Félix, sin aliento después de subir 5 pisos a pie por unas gastadas y empinadas escaleras, mochila al ombro con un vaquero descolorido y una camisa vieja a modo de ropa para la faena.
-Aquí estamos. ¿Todo listo, compraste todo? Voy a cambiarme de ropa y empezamos a darle.
Metro apareció ahora corriendo por el pasillo, jugando con una tuerca, pasando a raudo entre las piertas de Eduardo.
-¡Juraría que este bicho está mucho más grande que la semana pasada!
-¡Ilusiones tuyas!
Al final de la tarde, con yeso en el pelo, los dedos doloridos y el baño encharcado de agua, acordaron seguir la faena la semana siguiente. Félix tendría que llamar a un fontanero, un gasto extra, pero es que hay conocimientos que escapan al común de los manitas y demás mortales.

-Mira, esta és. Y luego este armario.
-Sí, creo que quedarán bien. ¿Te las mandan a casa con el frigorífico, no?
-Eh... sí, supongo que sí, pero no las montan. Yo había pensado que ellos lleven el frigorífico entre semana y tú y yo nos llevamos hoy los muebles y así aprovechamos la tarde para montarlos. Venga, no me mires así, no pueden pesar tanto.
-Cinco pisos. Sin ascensor.
-Cinco pisos, cinco pisos. Bah. Enclenque.
-Está bien, esta bien, tú mandas. ¿Algo más?
-No... pero ya de estar aquí voy a aprovechar para comprar comida para Metro. Se me está acabando y aquí es más barata.
A Eduardo le mareaban y le hacían gracia las grandes superficies. Mil metros cuadrados llenos de los más dispares artículos, ordenados por secciones: empezando por los productos de limpieza, luego los alimentos, la ropa, e incluso muebles. Pura estrategia comercial de última generación: ibas a comparar una estantería y acababas llevando además comida para el gato, el nuevo cepillo atrapa-polvo que iba a revolucionar tu limpieza de los domingos de la mañana, y alguna película barata en DVD.
-Buff, no se qué pesará más, la estantería o ese paquetón de comida comida para gatos. Que burrada ¿Se come todo eso?
-En una semana. Está creciendo. Esta comida es especial para gatos en edad de crecimiento.
-Y es como una papilla blanca que sale de la tierra y la patentó H.G. Wells...
-Ja, ja, ja.

Sin aliento, apoyados en la pared descansando después de acarrear un armario, una estantería, y 6 kilos de comida para gatos durante 10 largos tramos de escaleras, por fin habían llegado a casa. Atrás quedaba un nuevo desconchón en la pared del descansillo del cuarto piso, la estantería de Félix estaba ahora un poco estallada en un extremo, pero serviría igual. Delante, les esperaba aún lo peor: varias horas peleando con tornillos y tablas y unos planos de montaje diseñados por algún industrial de mente enrevesada.
Metro les dió la bienvenida en cuanto entraron por la puerta.
-¡Dios mío, está aún más grande! Mira, ¡si ya me llega a la altura de la rodilla!
-Qué exagerado es el tío Eduardo, ¿verdad pequeñín? Mira, mira, comida. Jejeje.- Felix corria agachado jugando con Metro, mostrandole el enorme paquete de comida para gatos.
La tarde transcurrió sin problemas fuera de lo normal. Sobraron algunos tornillos, otros no aparecieron -Metro seguro tenía algo que ver en esto último- y en la papelera había ahora unos arrugados planos de montaje... Pero el armario y la estantería estaban en pie. El piso de Félix ya parecía más un piso y no un edificio abandonado desde los años 50. Los dos amigos observaban satisfechos su obra, lata de cerveza en la mano, mientras metro se lamia tranquilamente tumbado en el sofá.

No veía a Felix desde la fiesta de inauguración del piso, de eso hacía ya algo más de un mes. Había hablado con Félix por teléfono, invitándole a cenar, a dar alguna vuelta o a quedar a ver alguna maratón de cine clásico. La respuesta había sido siempre la misma: tengo trabajo pendiente, estoy agotado, o la última vez, ando algo mal de dinero. Un funcionario de la administración pública no es que ganase una pasta gansa, pero tampoco era un mileurista. A Eduardo en verdad le habían extrañado las negativas de su amigo, pero en fin, a algunas personas les cuesta adaptarse a nuevos sitios y nuevos trabajos, y estar todo el día en esa oficina, le tenía que volver a uno loco. al menos así creía él. De cualquier manera, era viernes, después de mucho insistir, había conseguido quedar con Félix para cenar y charlar un rato. Había elegido un lugar decente y adsequible, así, si Félix se empeñaba en pagar a medias, no sería mucho el gasto. Quizá si era cierto lo de los problemas económicos: alquiler, muebles, luz, la comida para el gato... ¡El gato! Por favor. En fiesta de inauguración todo el mundo había hecho comentarios a cerca del tamaño del pequeñín, y no sin razón. Seguía creciendo, ya era casi tan grande como muchos perros, Felix decía que era normal, y quizá lo fuese...
Eligieron cenar de tapas. Estaba de moda. Era más barato y uno provaba distintos tipos de raciones a la vez. El local era agradable, decorado con muebles de madera y aspecto rústico, la iluminación no molestaba, y Van Morrison sonaba de fondo, audible pero no tan alto como para impedir una conversación a un tono de voz normal. Eduardo miraba con curiosidad a su amigo mientras saboreaba una nuepa tapa de patatas con espaguetis y queso y no-se-qué. En verdad Felix parecía cansado, desmejorado, con ojeras, la ropa, aunque limpia y planchada para la ocasión, olía a gato.
-Sí que tienes mal aspecto, sí. ¿Tan mal te tratan en esa oficina?
-Es un trabajo cansado, sí... llega uno a casa, y está todo revuelto, y tiene que ponerse manos a la obra otra vez... ya sabes.-Félix daba vueltas con el tenedor a sus espárragos con salsa y patatas mirando el plato mientras hablaba con su amigo.-No me tratan mal pero es duro.
-Yo creo que deberías tomarte unos días libres. Descansar un poco, quizá hacer un pequeño viaje,...
-¡No, no, eso no! Estoy bien, es solo el estress. Irme... no, no.
-Solo te pido que te tomes unos días libres para tí mismo. ¿Qué te preocupa, el dinero? Yo te presto algo para el viaje. ¿O el gato? Si es por el gato, tranquilo, yo le cuido unos días.
-No. Es... muy cariñoso, muy... creo que me echaría de menos.
-Sólo es un gato, Félix. Venga, yo te presto el dinero, sal, descansa unos días, olvidate del trabajo, del gato, de ese piso, dedícate un poco a tí mismo.
-Es que no puedo. No lo entiendes, bueno, tampoco espero que lo entiendas. Tener un gato es una responsabilidad enorme. El pobre ahí solo todo el día, sin nadie que le mire de 8 de la mañana a 4 de la tarde. Y el gasto. Ni te imaginas el gasto que supone criar a un gato... terrible. ¿Que tengo mal aspecto, que voy mal vestido, no me afeito, que no salgo de viaje? ¿Cómo queréis que lo haga si tengo que cuidar de un gato? ¡Ah, pero vosotros que sabréis si no tenéis ni animales, ni hijos, ni nada!
-Vale, vale, no te enfades. Te invité a cenar porque eres mi amigo, te conozco desde hace años y me extrañaba tu cambio de actitud, eso de pasarse semanas sin salir, en casa. Pense que te vendría bien despejar un poco la cabeza, lo último que quiero es ponerte más nervioso. Si lo que crees que necesitas es quedarte unos días en casa cuidando de Metro y descansando, hazlo. Si necesitas algo, llámame. Eso es todo.
-Lo se, lo se...

Eduardo entró en la oficina en que trabaja Félix oteando por encima de los mostradores intentando localizar a su amigo. Pasaban las semanas y no sabía nada de él. No contestaba al teléfono, ni a los e-mails, ni al portero automático. Su casa tenía las persianas bajadas, daba el aspecto de que se había marchado de viaje sin avisar a donde ni por cuanto tiempo. Eduardo se había comprometido a dejarle un tiempo de descanso y reflexión, pero los días pasaban y la falta de noticias no hacía sino acrecentar su preocupación.
Una secretaria rubia y sonriente pasaba las hojas de la agenda de citas con aire despreocupado. Recordaba haberla visto en la fiesta de inauguración del piso de Felix.
-Hola, buenos días. Buscaba a Félix García. Trabaja aquí, creo. Soy Eduardo, un amigo...
-¡Chisss! Baje la voz. Si el jefe le oye...
-No comprendo...
-Hola. Miriam, encantada. No vemos a Felix desde hace más de tres semanas. Pidió cuatro días libres y desde entonces no ha vuelto. No contesta al teléfono, su casa está cerrada, nadie sabe nada. El jefe está que trina, dice que en cuanto aparezca, o tiene una buena excusa o le pone de patitas en la calle. ¿Tú tampoco le has visto?
-No, no, por eso decidí pasar por aqui. Hace ya tiempo que no se nada de él. Me preocupa, no es el típico tipo que se marcha de viaje sin decir nada a nadie, o que deja el trabajo así sin más. Debe ocurrirle algo grave, supongo.
-Eso me parece a mi también.

Desde la calle, todas las persinas del piso de Félix estaban bajadas. Había llamado a los padres de Félix, encontró el número en una vieja agenda y por suerte no habían cambaido de teléfono en todos eso años. Tampoco sabían nada de su hijo desde hacía un mes, y ahora además se habían quedado con un aire de preocupación. Les prometió que pasaría por la casa de Félix y entraría fuese como fuese. Aunque tuviese que llamar a la policía.
Llamó insistentemente al portero automático sin obtener respuesta. Estaba ya a punto irse, cuando salió un vecino.
-Hola, disculpe. No se si conoce a Félix García, el vecino del quinto. Soy Eduardo, un amigo. Nos tiene algo preocupado, no sabemos nada de él, y el piso se ve cerrado desde la calle, usted no le habrá visto...
-¿El vencino del quinto? No, no ya hace tiempo que no le veo, es verdad, no me había dado cuenta. Pero irse, no, de ningún modo, ahí hay alguien, se oye rudio.
-Quizá sea el gato. Tiene un gato y quizá lo dejo y va alguien a darle de comer...
-No, no. Se oyer ruidos comunes: los platos, la cisterna del baño, y golpes, sí golpes de puertas o parecidos. Créame, su amigo está ahí, no son ruidos de gato.
-¿Me permite subir? No contesta al telefonillo, quizá esté estropeado.
-Claro, suba.

-¡Félix, Félix! -Eduardo aporreaba la puerta con insistencia- ¡Félix! ¡Se que estás ahí! ¡No me pienso largar hasta que abras! ¡Félix! ¡Vamos, abre, echaré la puerta abajo si no lo haces!
Eduardo comenzó a golpear la puerta con más fuerza, estaba decidido a tumbarla si su amigo no contestaba.
-¡Está bien! ¡Un momento!
Eduardo dejó de dar golpes. La voz de Felíx se oía al otro lado de la puerta. Felix parecía arrastar una caja pesada, luego un portazo, un ruido de llaves, una cadena de seguridad que se soltaba. La puerta del piso se abrió a medias con Felix asomando. Tenía un aspecto desastroso. Llevaba un chandal viejo y lleno de manchas, no se había afeitado en quince días, tenía el pelo graso, ojeras marcadas y los ojos rojos de alguien que lleva viendo la tele a oscuras muchas horas, y del piso salía un hedor terrible a gato.
-¿Qué quieres?
-¿Que qué quiero? ¡Esta si que es buena! Desapareces durante un mes. No contestas al teléfono, ni a la puerta de casa, no vas a trabajar. Tu jefe te va a largar a la calle en cuanto te vea ¿sabes? Que qué quiero. Vamos Félix, reconócelo, algo te pasa, neceistas ver a un médico o hablar con alguien. Por Dios, mírate a un espejo... y ese olor, por favor, parece que huele a gato muerto ahí dentro. Vamos, ahora mismo te aseas y te vienes conmigo. -Eduardo hizo ademán de entrar en el piso.
-¡¡No!!- Felix se resistía en la puerta, pareciá fuera de sí.- ¡¡No, vete, por favo, no entres, no. Estoy bien, vete!!
Eduardo derribó a su amigo y entró en el piso. Estaba completamente a osucras. Logro encotnrar el interruptor y encendió la luz del pasillo y la sala de estar. El piso estaba un poco desordenado pero no era para tanto. Había alguna mancha de comida en el sofá y en la alfombra, algun dvd fuera de su caja encima del reproductor, una camisa y una manta arrugadas en la mesa, nada raro en un piso de soltero salvo ese olor penetrante impregnado por todas partes. Era... meín de gato, sí, Metro se había dedicado a marcar el territorio por toda la casa. Era insoportable. De pronto, se empezaron a oir golpes. Parecían venir del baño. Sí, alguien golpeaba con fuerza la puerta del baño, había alguien encerrado en el baño. Un escalofrío recorrió toda la médula espinal de Eduardo.
-¡Vete, por favor, te lo pido!- Felix volvía en sí y caminaba aturdido por el pasillo.
-¡¿Que hay ahí dentro?!
-¡No abras, vete, por favor, vete!
Eduardo se acercaba a la puerta del baño sigiloso, antes de lograr alcanzar la manilla, la puerta cedió y una enorme bestia se avalanzó sobre él. Metro tenía ahora aproximadamente 1,70 de alto, a cuatro patas. Rugiendo lleno de furia, de un zarpazo derribo a Eduardo y se avalanzó sobre él. Los maullidos eran salvajes. Felix comenzó a caminar hacia atrás, hacia la entrada, y cerró lentamente la puerta del piso. Cuando regresó, Metro mordisqueaba el cuerpo de Eduardo que yacía en el piso, sin vida, sobre un charco de sangre. Félix se acercó y empezó a acariciar al enorme gato suavemente.
-Ya pasó pequeñín, ya pasó. ¿Ves? Te dije te fueras, pero no me hiciste caso -Felix miraba el rostro desfigurado de su amigo- ahora tendré que pasarme la tarde limpiado este desastre. Bueno, mirado otro lado, ahora tendremos comida para unos cuantos días, ¿verdad, Metro? En trozos creo que entrará en la nevera. Pobrecito, que susto, ¿verdad? Esta gente, enfadada, que no sabe controlarse y grita y nos asusta... malos, malos... pobrecín Metro. Ya pasó, ya pasó.

2 comentarios:

Kiko dijo...

jaja muy bueno!

Javi dijo...

q chungo