Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

miércoles, 25 de febrero de 2009

Excusas...

Llevo creo que casi un mes sin escribir nada aquí. Mis más asiduos lectores deben estarse preguntanto qué sucede. Tranquilos, no es nada del otro mundo. ¿O sí? Cuando uno cruza el charo y aterriza en un país en vías de desarrollo, en lo que quizá podamos seguir llamando tercer mundo, cosas tan habituales como conectarse a internet dejan de ser tan habituales.
De todos modos no me quejo ni tengo derecho a queja al respecto. A pesar de que estoy en la amazonía, los cibers y locutorios telefónicos están por doquier. La emigración y las ansias deboradoras de las compañías telefónicas se han encargado de colocar un punto de internet o alcance de señar de telefonía movil casi hasta en el lugar más recóndito de la selva. O casi. Aquí en el Colegio seguimos sin internet y con una cobertura movil malísima, y de momento no queda otra que el viaje de 20 minutos en Puma (así se llama la compañía de buses) a Lago para conectarse.
Debería hacerlo, lo de conectarme, más amenudo, pero mi agenda de trabajo me lo impide o me deja tan cansado que lo último que me apetece es montarme en un bus que no entiende de "en punto" o "y media" y pasa "cuando le cuadra al chofer" e irme a Lago. Quizá sea pereza. La verdad es que irse a Lago y perderse por sus calles llenas de escombros y grupos de 10 obreros en los que 9 miran como trabaja 1 es relajante. Uno se desespera cuando la ranchera de las 11 no aparece, o cuando, de repente, la calle principal amanece cortada por unas obras de remodelación urbana sempiternas, pero, al fina, aprende de la filosofía loca y sigue caminando, sin pausa pero sin prisa, sin preocupaciones. "Ya se arreglará de alguna manera".
En el Colegio todo sigue su ritmo normal, con las salvedades y excepciones de un proyecto como este, en el que muchas cosas están a medio camino, por definirse, o incluso todavía en el aire; y en el que la escasez de recursos materiales y humanos nos hace trabajar más cada día y pensar en mil maneras de salir al paso. No dejo de pensar últimamente en cómo saldrán aquí las cosas el año que viene, cuando, siguiendo la progresión de estos años, aumente el número de alumnos y por tanto se necesite aún más personal. Dios proveerá, dicen los hermanos. Yo no estoy tan seguro. Creo que va a tocar ponerse las pilas y replantearse un montón de cosas y dejar de esperar tanto de la providencia.
Pero vasta de previsiones futuras. No se donde andaré yo de aquí a un año, y si algo me ha enseñado la vida estos meses, es a vivir más centrado en el día a día y atrapar al vuelo las oportunidades que vayan surgiendo sin pensarlo demasiado.
Así que aquí estoy, vivo, tecleando en ratos libres y otros no tan libres en la primera computadora sana que encuentro por el colegio, haciendo malavarismos entre exámenes sin corregir, clases por preparar, y los gritos e impaciencas de mis alumnos que dentro y fuera del aula de la residencia son estos días un auténtico tornado. ¿Será la luna llena? ¿La cercanía de los carnavales? ¿O simplemente que el que aquí escribe ya se está haciendo viejo y está perdiendo la energía y despreocupación de la infancia? Espero que no sea esto útlimo, o al menos que no se me pierda toda.
Es bonito -y saludable- ser niño de vez en cuando.