Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

domingo, 4 de enero de 2009

Las dos caras de toda historia

Me piden que escriba algo más sobre la vida de las gentes de este país. ¡Ni que yo fuese antropólogo o sociólogo! Siempre he sido muy observador, pero aún así…En realidad, lo que sucede es que, cuando uno lleva ya cuatro meses viviendo en un lugar, las costumbres locales o la realidad social, por muy diferente, por muy dura o incluso desgarradora que sea, se convierten en algo normal y dejan de soprender al extranjero. No es que uno se vuelva insensible o deje de preocuparse por los problemas y desigualdades del entorno en que vive y los acepte como normales o al menos como "sin solucción". Es simplemente que el estómago y el corazón se adaptan a ver pobreza y miseria y al mismo tiempo se afana en trabajar, o se ve realizado en su trabajo porque sabe, inconscientemente que está trabajando día a día para cambiar esa situación que ve y en algún sentido vive, y sabe que, aunque el no vea el cambio, éste llegara. Este cambio se está produciendo, aunque de manera inapreciable con cada gesto, con cada acto que se realiza: se da ejemplo, se educa, se siembran semillas que el día de mañana producirán el cambio o estarán al menos preparadas para realizar ese cambio.

Pero para trabajar con energía y esperanza y encontrar el motivo para no tirar la toalla y abandonar, hay primero que aceptar lo que uno ve a diario, por terrible que sea. Entonces, tranquilamente uno puede asegurarse en sus convinciones y, desde su propia fuerza, contando con muy poco más, ayudar a los demás. A ello también ayuda la forma de ser de las gentes: a pesar de la miseria, de la enfermedad, de la inseguridad económica, de la inseguridad ciudadana, de los múltiples problemas personales y familiares que este clima económico y social produce, estas gentes ponen alegría a su vida, viven de manera sencilla y tranquila, se las ingenian para rebuscarse la vida como buen pueden y vivir si no con esperanza si almenos con tranquilidad el día a día. Y los jóvenes, o almenos muchos de ellos, se afanan por aprender y descubrir nuevas enseñanzas y conocimientos a diario.

En el colegio solo se ve una cara de la moneda de estos jóvenes: Chicos y chicas alegres, más o menos sanos, revoltosos, tranquilos, y con unas ganas terribles de aprender; felices, a fin de cuentas de estar en el colegio. Sin embargo, tras esas hermosas caras sonrientes se esconde, con demasiada frecuencia una realidad social muy dura: Viven en casas en medio de la selva, mal comunicados con las ciudades o pueblos donde puedan encontrar una mínima asistencia médica, están mal alimentados, faltos de higiene, etc. Pero más que estas carencias sanitarias que poco a poco se van subsanando, están otros problemas de mayor índole: Familias muy numerosas incapaces de mantener a todos sus hijos hasta el punto de que algunos de los estudiantes mayores del colegio (15 años más o menos) tienen que trabajar para sacar los a penas 10 dólares que cuesta el internado a la semana. En las familias de muchos de ellos hay también casos endémicos de alcoholismo, suicidios,... Es realmente triste econtrarse con que algunos padres llegan borrachos a las reuniones, o aceptar que probablemente el pasado 31 adultos y jóvenes acabaron borrachos tirados por el suelo en sus comunas. Es duro escuchar que algunos estudiantes han intentado el suicio a no ver como afrontar o al no entender la dura realidad que les ha tocado vivir. Es duro ver como muchos pierden la esperanza y no acaban sus estudios, o como muchas chicas quedan embarazadas a los 13 o 14 años y se van del colegio, o, aunque no se conviertan en madre, se van porque tienen que hacerse cargo de sus hermanos pequeños porque su madre falleció o simplemente no puede hacerse ya cargo de tanto crío.

Aquí la mayoría de los y las estudiantes de lo que en España llamaríamos ESO, no sólo estudian, sino que además trabajan, ayduan en las labores domésticas -que aquí son cuidar de sus hermanos pequeños, sembrar, trabajr en el campo, etc.- a la vez que soportan una realidad social llena de alcoholismo, mala alimentación, insalubridad, y pocas prespectivas de futuro, pues los indígenas, aquí y en otras partes, siguen siendo los exlcuídos, los discriminados, el último escalón en la sociedad, los que menos cuentan, los explotados por una sociedad que les sigue viendo en muchos casos como inferiores y les explota e impide su ascenso, acceso a un trabajo mejor o simplemente una educación decente, hasta el punto de que hay quien afirma que la conquista aquí aún no ha acabado, y los propios gobiernos de estos países en vías de desarrollo y las insensibles empresas extrageras se encargan de seguir explotando a las gentes y los recursos que ellos consideran de nadie y por tanto libres de ser adquiridos y explotados sin más miramientos.

Ante esta realidad, ¿Cómo no hacer todos los posibles por tener una mano que al menos les pueda decir, "siempre hay esperanza"?

1 comentario:

Anónimo dijo...

Lo más duro es pensar que eso está pasando en una diminuta esquina del mundo, y que hay muchas de esas diminutas esquinas, unas mejor y otras peor, pero son muchas, igual que son muchos los que podrían cambiar esas situaciones pero en su lugar se lavan las manos, abren la cartera y miran para otro lado.
Javi.