Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

miércoles, 2 de julio de 2008

Una película de Fellini

Las películas de Fellini siempre me hacen sonreir. Sobre todo Amarcord. Siempre me emborrachan con su imaginería visual, las situaciones surrealistas, fantásticas, cómicas, grotescas, que desfilan sin cesar por la pantalla.
¿Fantasía? Sí, quizás ¿O quizás no? Con el tiempo me he dado cuenta de que Fellini no contaba historias fantásticas, cuentos, comedias gortescas. No. Fellini filmaba la realidad cotidiana como el mejor de los documentalistas. Sacaba la cámara a la calle dejaba que una pandilla de niños hiciese sus pantomimas y burlas delante del objetivo, o filmaba a la gente en sus actitudes más comunes, más mundanas, esas que ahora nos parecen extravagantes, sacadas de números de circo, de comedias teatrales.
Nuestra sociedad antiséptica, como yo la llamo, nos ha hecho vivir sin fantasía, sin sueños, sin risas. Ha eliminado esa capacidad para el imprevisto que teníamos cuando éramos inocentes niños y nos ha envuelto en un sentimiento del ridículo creando una falsa necesidad de aislamiento y comododidad. De ahí que el cine de Fellini nos parezca fantasía y no realidad.
Sólo hay que volver la vista atrás unos años: Cuentan mis padres cómo, cuando no tenía tele, se paraban delante del escaparate de la tienda de electrodomésticos, todos quietos, ante aquella tele muda tras el cristal, niños, viejos, gente vestida de domingo.
Como en una película de Fellini.
O cómo cuando llegaban tantos invitados y familiares que no había sitio en la cocina y tenían que comer a dos por plato para poder comer todos juntos (extraña costumbre esta de comer en familia, que por desgracia, se va perdiendo poco a poco) Otra escena de película.
Y si no, críos soltado grillos en el cine, gente viajando con gallinas sueltas por el vagón del tren, gente depié en un Diane 6 con la capota recogida asomado sus sonrientes cabezas, otros, bajando el puerto 6 en furgoneta destartalada, con los muebles a cuestas y repartiendo la merienda por el camino... mil y un esecenas de película, mil y un retales de la vida real.
Yo aún recuerdo mis porpias peripecias surrealistas, de cuando era niño y aún se nos permitía soñar y hacer cosas que hoy ya no nos atrevemos ha hacer: aquellas interminables colas para ver la película gratis en Caja León, tirados por los suelos de la sala cuando se llenaba, pataleándo cuando se encendían las luces a media película para cambiar el rollo en el arcaico proyector. Y aquel acomodador que te revisaba la boca para ver si no llevabas chicle a la entrada.O aquella foto de carnaval, que casi parecía representación artísca de uno de los libros de El Pequeño Nioclás, todos vestidos de carnaval con unos trajes rígidos y anchísimos, empujandonos y estirándos en aquella escalera, con un profesor perfeccionsita y un fotógrafo impaciente... o durmiendo la siesta esptarraos en las butacas en aquel concierto de "Música de fiesta de la corte de Felipe IV" mientras "una gorda hacía gorgoritos".

Hoy tenemos nuestra conexión de banda ancha, nuestras televisores de 16/9 con home cinema, nuestros cines insonorizados y pintados de negro... Comodidad es nuestra principal preocupación. Un amigo mío se quejaba hace tiempo porque fue al cine a ver King Kong y unos críos se pasaron toda la película diciendo "King Kong, King Kona, y los Kingkonitos". Yo hubiera pagado mi entrada bien agusto por ver el horrible remake de King Kong si me hubiesen asegurado que la pandilla de crios extra estaría sentada mi lado.
Nos hemos vuelto tan cómodos y perfeccionistas que nos molestan los bichos, las risas, las caras de críos haciendo el bobo a nuestras espaldas. Preferimos televisores de alta definición para ver la película en nuestro salón sin que nos moleste nadie. Ya ni siquiera vamos al videoculb, bajamos la película de internet y nos evitamos otro roce social más temiendo que nos haga perder nuestro preciado tiempo. Compramos miles de libros que realmente no queremos leer más que una vez en lugar de ir a la biblioteca. Paeamos por brillantes centros comerciales y cenamos en cómodos restaurantes-cadena todos igualitos y prefabricados y con camareras todas igualitas y prefabricadas, cuando podíamos estar paseando por el barrio viejo de la ciudad comiendo en un bar con el piso sucio y la barra gastada y un dependiente gracioso y cascarrabias.

No se que nos ha pasado por el camino. No se bien cuando salimos del celuloide para pasearnos por esta realidad virtual, falsa, como todo lo virtual, una supuesta realidad que nos venden como progreso y bienestar y que aceptamos a pies juntillas. No es la edad la culpable, pues antes los adultos también eran algo críos. Creo que la culpa la tiene el maldito dinero. La gente vive mejor con poco en el bolsillo. No hay que pasar hambre, pero la falta de un sobrado superábit a final de més estimula la imaginación y es bueno para el alma y la mente.