Hay que doler de la vida hasta creer,
que tiene que llover, sí, tiene que llover
a cántaros.
- Pablo Guerrero

sábado, 2 de septiembre de 2006

En un pueblo sin nombre. Primera parte.

No podía dormir de la emoción. Estaba cansado, la noche anterior la fiesta de despedida se había alargado más de lo normal, y hoy había tenido que madrugar para coger el tren. Pero a pesar de todo, a pesar de que el viaje duraba casi 10 horas, no podía dormir. Daba vueltas en su coche cama,, cambiaba de postura una y otra vez,... Finalmente se levantó y salió al pasillo del tren. Era de noche aún. Las luces del tren impedía ver qué se escondía ahí fuera, en la oscuridad. Un par de personas, que como el no podía dormir, miraban también pensativos por la ventana, intentando descifrar qué escondía la noche.

Faltaban aún casi tres horas para que saliese el sol y él llegase a su pueblo, anunciando su llegada con los primeros rayos de luz. Había pasado mucho tiempo. Sí. Parecía mentira. Cinco años. Cinco años desde que había abandonado ese pequeño pueblo apartado del mundo para estudiar en la universidad, para ser algo, para poder escapar de aquel pueblo perdido en la llanura, lejos que cualquier sitio habitado, en donde todo parecía permanecer siempre igual y al mismo tiempo envejecer y desaparecer poco a poco.

Había decidido que él no quería envejecer poco a poco con el pueblo, no quería trabajar como todo el mundo en la factoría, esa horrible fábrica en la que su padre, como muchos otros dejaba algo de si mismo todos los días, sin que se diese cuenta de cómo él también desaparecía lentamente. No. Ni el ni Toño ni Mario ni Jose. Ninguno de los tres quería acabar sus días allí. Puede que estuviese escrito el día de su nacimiento, que tuviesen que nacer, vivir, y morir en el pueblo como todo el mundo, pero ellos habían decidido plantarle cara al destino y escribir ellos mismos el suyo propio.

Hacía cinco años que había acabado el instituto y que habían desafiado las leyes imperantes haciendo las maletas y poniendo rumbo a diferentes ciudades lejanas y extrañas para ir a la universidad y llegar a ser algo, conseguir borrar esa profecía del destino que había sido escrita al nacer y cambiar el rumbo. Era difícil, no había dinero, habían ahorrado todo el año para el billete de tren y se dirigían más a sueños que realidades (una beca que no acababa de aparecer en la cuenta del banco, una tía o pariente generoso que quizá les acogiese, un trabajo para pagarse los estudios...) Habían jurado que si lo lograban, si conseguían acabar la carrera, el mismo verano de su licenciatura volverían al pueblo para verlo con otros ojos, para decirle, “Ves, soy libre, estoy aquí porque quiero, ya no soy más prisionero tuyo”.

Habían jurado que en cinco años, el 1 de julio de 1987, regresarían al pueblo y se volverían a encontrar en la cervecería del viejo Paul, aquel inglés trasnochado que por alguna razón, había decidido hace muchos años echar raíces el pueblo y compartir con los jóvenes historias de cuando él era también joven, acompañadas de una buena cerveza y el sonido de aquello discos de los cincuenta que ya casi nadie más escuchaba.

Todos estos recuerdos volvían ahora, mientras el tren se precipitaba hacia el sol, avanzando hacia el amanecer del 1 de julio en un pueblo sin nombre.

A las 6:05, puntual como un reloj el tren paró en la estación para dejar un único pasajero. Un muchacho alto y delgado de unos 23 años, con pelo largo y una ropa sintética, con un corte que hablaba de centros comerciales y luces de neón. Maleta en mano, permaneció quieto observando la vieja estación y las vías y el tren que se alejaba raudo hacia el nuevo día.

La estación estaba realmente desvencijada, la madera estropeada por el viento y el agua de un millón de tormentas y por los rayos de abrasador sol de un millón de veranos. El letrero con el nombre del pueblo estaba prácticamente borrado y entre los escalones y alrededor del edifico asomaban hierbas salvajes. Parecía como si hubiesen pasado 20 años en lugar de 5 y nadie en ese tiempo se hubiese ocupado de la estación, como si ya nadie cogiese el tren. Y es que realmente allí no había nadie. El edificio estaba completamente abandonado, la puerta de la sala de espera abierta, daba la bienvenida a un lugar lleno de polvo, abandonado hace siglos. Era realmente extraño. El tren era el casi el único medio para llegar al pueblo. Había un carretera, larga y tortuosa, y de mal firme, por la que nadie se atrevía nunca a ir. ¿La habrían arreglado y ahora el tren había sido desplazado por coches y autobuses como en tantos otros sitios? ¿O a caso habían hecho una estación nueva más adelante? En ninguna carta sus padres le habían contado nada al respecto, “aquí todo sigue como siempre” decían en la última, hace ya un mes. Realmente raro.

1 comentario:

Kiko dijo...

Guau valla historia, sigue así,
un abrazo